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22 jornadas de mujeres y niños en el rincón más duro de Ceuta: "Tres días sin comer", peleas "todas las noches", sin dormir "por si acaso"...

22 jornadas de mujeres y niños en el rincón más duro de Ceuta: "Tres días sin comer", peleas "todas las noches", sin dormir "por si acaso"...
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Es la zona cero del drama humanitario: decenas de familias magrebíes anegan unas naves junto a la frontera en una insalubridad absoluta y con niños y niñas jugando entre montones de basura Leer

Cae la noche y toda Ceuta es un inasumible campamento de refugiados a cielo abierto, pero también en esto, como en todo, hay clases.

Los magrebíes de la playa del Trampolín se calientan alrededor de fuegos improvisados después de que fueran realojados los subsaharianos de las chabolas de caña y cartones.

Otros magrebíes se desperdigan para dormir por las colinas aledañas, cerca del CETI, el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes. El miedo a la irrupción de la Policía y la deportación les ha devuelto al estado de naturaleza, a vivir en el bosque, al lado por cierto de La Colina, una urbanización de chaletazos que poco podía imaginar que iba a tener asiento de primera fila en otro drama humanitario del siglo XXI.

Los parques, medianas y parterres de Ceuta albergan también, aquí y allá, a miles de chavales magrebíes que se las apañan para cargar el móvil y echarse un poco de agua a la cara (ya van tres semanas sin ducha) en los baños de los bares, en una ciudad que en realidad es tan musulmana como cristiana (si no más), y más africana que europea, pero que no esperaba pagar un precio tan alto por sus orgullosas "cuatro culturas": niñas y mujeres evitan la calle desde hace 23 días.

Quienes no están tan mal son los magrebíes dentro del propio CETI. Ellos ya estaban aquí antes del multitudinario salto del 31 de julio. Esperando que las rendijas del sistema de asilo español, toleradas por Madrid y probablemente pactadas con Rabat, les abran el camino a la Península. Dicen los policías que custodian el CETI que los que ahí habitan salen de compras y "a los bares", que "mueven su dinerito" y ya coquetean con el sueño europeo.

Migrantes menores juegan al fútbol en el polígono de El Tarajal.QUICO ALSEDO

Pero donde todo se hace insoportable, insostenible e inadmisible es en un rincón del pequeño triángulo de tierra que es Ceuta junto a la frontera del Tarajal. En las dos docenas de sucias naves y galpones que forman el polígono del mismo nombre. El fracaso del sistema de acogida, verdadero trastero humano de todas las tensiones geopolíticas de hoy, se hace aquí carne. Carne que sufre, como también sufren los ciudadanos de Ceuta por lo que consideran una "invasión".

El polígono, desde el que casi se pueden tocar los árboles de Marruecos al otro lado de la frontera (la de las famosas concertinas, que ha registrado varios sangrientos y mediáticos saltos), contendrá unas diez o 12 callejas delimitadas por las naves, que parecen abandonadas y olvidadas desde mucho antes de su propia construcción.

Y todas esas calles están, en cada milímetro, en cada recoveco, sobre toda la mugre imaginable, repletas de niños, mujeres y familias que llevan tres semanas aguantando el hambre, el miedo y las ratas.

En la playa del Trampolín, en las colinas y bosques de Ceuta, todo, o casi, son francotiradores: adultos o varones jóvenes que viajan solos y van acumulando lazos unos con otros.

Las del polígono del Tarajal son verdaderas familias que uno no sabe cómo han podido nadar kilómetro y medio, con niños muy pequeños encima y los móviles y el dinero impermeabilizados, en una peripecia en la que murieron 140 personas ya olvidadas, porque lo acuciante es hoy.

El Tarajal es la India, Bangladesh. Ese tipo de chabolismo, digamos, 'paraindustrial'.

Unos chavales juegan al fútbol descalzos, con un balón desastrado y cuatro ruedas de camión como porterías. Un viejo se arrastra sobre unas muletas. Imposible preguntarle -muy pocos chapurrean el español- cómo demonios pudo cruzar así. Un chaval rasura a otros como un barbero medieval, a cuchillo -esto se ve mucho en los migrantes de Ceuta: el degradado tan de moda es muy demandante, y pobre no quiere decir despeinado-.

El jolgorio de los niños se enmarca, de fondo, sobre los rostros sombríos de sus padres, ellas siempre con el hiyab. Muchos otros regresaron a Marruecos al ver claro que el salto tenía un futuro difícil o ninguno. Sólo se quedaron, probablemente, quienes ya antes de saltar no tenían nada y, por tanto, como en la canción, nada tienen que perder.

Mustafa es uno de ellos. Ahí le pueden ver, en la foto. Aseado y vestido normal, pasaría perfectamente por español. Tiene 30 años, ganaba el equivalente a siete euros al día arreglando televisores en Tetuán y dice, siempre con una sonrisa y en un español al menos comprensible, que no va a volver a Marruecos: "Lo he sacado de mi cabeza".

El chico, a quien acompañan su hermana, su sobrina y un amigo, nos muestra su pasaporte: "Yo entraba en Ceuta hace años, mira". En efecto, se ven los sellos. "Pero después de 2021 [cuando se registró el anterior gran salto], se cerró, ya no más". ¿Cómo decidieron saltar? "Vimos en las noticias que la gente saltaba. Así que nosotros también". ¿Lo había hecho antes? "No, nunca. ¡Yo entraba legal en España! Pero ya no".

Sólo pide una cosa: "Poder comer. Queremos ir a España para comer. En Marruecos no podemos ni comer. Yo gano 2.000 dirhams, 200 euros, al mes. La vida está muy cara. Ya no puedo nada". Su amigo, Jouchal, trabajaba en "una fábrica de leche": "Sólo queremos un futuro". La hermana de Mustafá le pide que nos cuente su historia: "Tiene 35 años y sin trabajo, madre soltera. ¡No tiene familia, sólo yo!".

Mustafa se da cuenta de que en Tarajal tanto él como su familia corren peligro: "Sí, sabemos, pero Dios hará", repite como una letanía. Siempre uno de ellos tres hace guardia por la noche, "por si pasa algo". Admite que hay peleas "todos los días", pero en las casi dos horas nocturnas en que el redactor recorre el lugar todo es pacífico -es más, todo el mundo quiere ser tu amigo-.

"Esto es como una guerra, como una guerra", admite Mustafa. ¿Dónde hacen sus necesidades? Se encoge de hombros. ¿Cómo les trata la población local, que comprensiblemente tanto les sufre también? "Todo bien, mucha paciencia". ¿De dónde sacan el dinero? "Hay gente que cruza la frontera o lo manda a otros aquí, y nos lo dan", explica.

Jouchal, muy callado, admite que lleva «tres días sin comer». Mustafa interviene: «Bueno, ya sabes que sólo dan [Cruz Roja] una comida al día y, claro, lo vamos racionando». Los juegos del hambre llevan ya tres semanas acechando, y lo que quede.

Mientras hablamos, la pequeña Ritaj, su sobrina de ocho años, no para de correr de un lado a otro. Hace dos meses iba al colegio. Ahora protagoniza, junto con varios miles más de personas, un drama humanitario, pero quizás sea ella la que acabe llevando a toda la familia a España, si las menores son trasladadas a la Península. "Es el futuro, tiene que ser ella", dice Mustafa.

Son más de las doce de la noche y nadie duerme en el polígono del Tarajal, y menos que nadie los niños. El insomnio es ley, porque cualquier peligro acecha.

A la salida, un corro de magrebíes circunda a uno tirado cuan largo es en la acera, como desmayado, boca abajo. Llamamos al 112. "Sí, ya han llamado hace unos minutos, se ha enviado un recurso", nos contestan. "Hace 15", dice uno de los chicos. "Mucho vino", dice otro, mirando al caído. Y se sientan a esperar al lado de dos montones de basura. Todo es espera estos días en el Tarajal.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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