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45 años del secuestro de Quini: cómo unos mecánicos retuvieron a 'El Brujo' en un zulo durante días

45 años del secuestro de Quini: cómo unos mecánicos retuvieron a 'El Brujo' en un zulo durante días
Artículo Completo 5,384 palabras
Fernando, Víctor y Eduardo, sin trabajo, encerraron al mejor futbolista de aquel momento en un espacio minúsculo y en unas condiciones infrahumanas; pedían para su liberación cien millones de pesetas. Esta es la historia

Situémonos.

Un sótano, desordenado y sucio, de un

barrio humilde

El número 13 de la calle de Jerónimo Vicens de Zaragoza. Alquilado desde dos años antes por nueve euros mensuales para reparar motos. Un cajón da acceso al zulo, al que se accede por el techo, con la ayuda de una escalera de quita y pon. Apenas un hueco de 40 por 31 centímetros. El aire en su interior es denso, viciado. No hay ventanas. Solo paredes frías y grises. La habitación, de apenas 3,5 metros de largo por 2,50 de ancho. Totalmente insonorizada. Con un cristal en la parte superior que sirve para vigilar al cautivo. El suelo es rugoso, incómodo, recubierto por una moqueta, y, sobre él, un colchón de gomaespuma, una manta para taparse, una mesita, una palangana para la higiene, jabón, colonia, cepillo, crema de dientes, un cubo de basura y un televisor para ver los partidos.

También se encuentran varias revistas de pasatiempos, libros de aventuras, un ajedrez, una baraja y dos altavoces por el que se escucha música.

13

calle de Jerónimo

Vicens de Zaragoza

El acceso era

por un hueco

de 40x31 cm

2,5 metros

de ancho

La habitación

estaba

totalmente

insonorizada

Para poder acceder

al zulo este contaba

con una escalera

de quita y pon

3,5

metros

de largo

Durante su secuestro, Quini

solo contaba con lo imprescindible

para poder subsistir. Siendo esto

un colchón de gomaespuma, una

manta para taparse, una mesita, una

palangana para la higiene, algunos

productos para acicalarse y un

televisor para ver los partidos

Ningún intento de hacer sentir al prisionero un mínimo de confort. Una prisión de paredes desnudas y un techo no demasiado alto. Apenas 2,30 metros. Un pequeño espacio con mucha humedad –le darían posteriormente un saco para dormir–, una insana sensación de ahogo y muy poca aireación. No hay luz natural. La única fuente de iluminación es una bombilla colgada del techo, cuyo interruptor no está al alcance. Cada ruido resuena. En la pared, unas cadenas.

Un aviso.

Situémonos.

Un sótano, desordenado y sucio, de un

barrio humilde

El número 13 de la calle de Jerónimo Vicens de Zaragoza. Alquilado desde dos años antes por nueve euros mensuales para reparar motos. Un cajón da acceso al zulo, al que se accede por el techo, con la ayuda de una escalera de quita y pon. Apenas un hueco de 40 por 31 centímetros. El aire en su interior es denso, viciado. No hay ventanas. Solo paredes frías y grises. La habitación, de apenas 3,5 metros de largo por 2,50 de ancho. Totalmente insonorizada. Con un cristal en la parte superior que sirve para vigilar al cautivo. El suelo es rugoso, incómodo, recubierto por una moqueta, y, sobre él, un colchón de gomaespuma, una manta para taparse, una mesita, una palangana para la higiene, jabón, colonia, cepillo, crema de dientes, un cubo de basura y un televisor para ver los partidos. También se encuentran varias revistas de pasatiempos, libros de aventuras, un ajedrez, una baraja y dos altavoces por el que se escucha música.

13

calle de

Jerónimo

Vicens

de Zaragoza

El acceso era

por un hueco

de 40x31 cm

Para poder acceder

al zulo este contaba

con una escalera

de quita y pon

2,5 metros

de ancho

La habitación

estaba

totalmente

insonorizada

3,5

metros

de largo

Durante su secuestro, Quini

solo contaba con lo imprescindible

para poder subsistir. Siendo esto

un colchón de gomaespuma, una

manta para taparse, una mesita, una

palangana para la higiene, algunos

productos para acicalarse y un

televisor para ver los partidos

Ningún intento de hacer sentir al prisionero un mínimo de confort. Una prisión de paredes desnudas y un techo no demasiado alto. Apenas 2,30 metros. Un pequeño espacio con mucha humedad –le darían posteriormente un saco para dormir–, una insana sensación de ahogo y muy poca aireación. No hay luz natural. La única fuente de iluminación es una bombilla colgada del techo, cuyo interruptor no está al alcance. Cada ruido resuena. En la pared, unas cadenas. Un aviso.

Situémonos.

Un sótano, desordenado y sucio, de un

barrio humilde

El número 13 de la calle de Jerónimo Vicens de Zaragoza. Alquilado desde dos años antes por nueve euros mensuales para reparar motos. Un cajón da acceso al zulo, al que se accede por el techo, con la ayuda de una escalera de quita y pon. Apenas un hueco de 40 por 31 centímetros. El aire en su interior es denso, viciado. No hay ventanas. Solo paredes frías y grises. La habitación, de apenas 3,5 metros de largo por 2,50 de ancho. Totalmente insonorizada. Con un cristal en la parte superior que sirve para vigilar al cautivo. El suelo es rugoso, incómodo, recubierto por una moqueta, y, sobre él, un colchón de gomaespuma, una manta para taparse, una mesita, una palangana para la higiene, jabón, colonia, cepillo, crema de dientes, un cubo de basura y un televisor para ver los partidos. También se encuentran varias revistas de pasatiempos, libros de aventuras, un ajedrez, una baraja y dos altavoces por el que se escucha música.

13

calle de

Jerónimo

Vicens

de Zaragoza

El acceso era

por un hueco

de 40x31 cm

Para poder acceder

al zulo este contaba

con una escalera

de quita y pon

2,5 metros

de ancho

La habitación

estaba

totalmente

insonorizada

3,5

metros

de largo

Durante su secuestro, Quini

solo contaba con lo imprescindible

para poder subsistir. Siendo esto

un colchón de gomaespuma, una

manta para taparse, una mesita, una

palangana para la higiene, algunos

productos para acicalarse y un

televisor para ver los partidos

Ningún intento de hacer sentir al prisionero un mínimo de confort. Una prisión de paredes desnudas y un techo no demasiado alto. Apenas 2,30 metros. Un pequeño espacio con mucha humedad –le darían posteriormente un saco para dormir–, una insana sensación de ahogo y muy poca aireación. No hay luz natural. La única fuente de iluminación es una bombilla colgada del techo, cuyo interruptor no está al alcance. Cada ruido resuena. En la pared, unas cadenas. Un aviso.

45 años del secuestro de Quini: cómo unos mecánicos retuvieron a 'El Brujo' en un zulo durante días

Fernando, Víctor y Eduardo, sin trabajo, encerraron al mejor futbolista de aquel momento en un espacio minúsculo y en unas condiciones infrahumanas; pedían para su liberación cien millones de pesetas. Esta es la historia

Samantha Acosta y Eduardo Alonso

Sábado, 21 de marzo 2026, 17:22

Una prueba psíquica y física demoniaca para un futbolista, 'El Brujo', que siempre hizo tantos goles como amigos y que jamás tuvo un desplante con nadie. De hecho, Quini, fiel a cómo era, solicitaría posteriormente el perdón para sus captores –condenados a diez años–. Y renunció a los 30.000 euros de indemnización fijados por el juez. «Pero no solo eso», puntualiza Nacho García Velilla, director de una nueva serie sobre el secuestro de Quini, 'Por cien millones', que verá la luz este mes coincidiendo con el cuadragésimo quinto aniversario del suceso. Dos de las mujeres de los acusados se le acercaron para pedirle perdón. El futbolista asturiano quitó hierro a lo ocurrido. «Y justo en ese momento, la hija de uno de los secuestradores se le acercó para pedir ella también, no el perdón, sino un autógrafo», explica.

¿Pero qué hacían dos

electricistas y un mecánico

en paro sin antecedentes

de ningún tipo dispuestos

a secuestrar a una persona?

Al salir de la

cárcel regresaron

a sus barrios

de toda la vida

Eduardo

Sendino

Fernando

Pellejero

Actualmente no

se conoce ni

domicilio ni

ninguna

propiedad.

Era el único

que residia

en Barcelona

en el momento

del secuestro

Víctor Díaz

Esteban

Cumplieron una

pena de 10 años

Aunque pudiera parecerlo, no fue nada improvisado. Fernando Pellejero , Víctor Díaz Esteban y Eduardo Sendino quisieron salir de una situación económica desesperada, pero se equivocaron en el cómo. Idearon un plan para dibujar un futuro más prometedor: secuestrar al ‘Pichichi’ de la Liga y pedir un rescate. Pero fue todo una chapuza.

Los tres terminaron pagando por ello. Condenados a diez años, cumplieron su pena. No se volvió a escuchar de ellos. No incurrieron en ningún delito más. Los secuestradores de Quini se esforzaron en borrar sus rastros. De Víctor no se conoce ni domicilio ni ninguna propiedad. Era el único de los tres que residía en Barcelona y suministraba piezas al taller. Por su parte, los otros dos regresaron a su salida de la cárcel a sus barrios, aunque temporalmente, según ‘El Heraldo’. Fernando, considerado el cerebro del secuestro, se marchó con su familia a un pueblo cercano.

Y Víctor aún vuelve ocasionalmente allí donde se crió. Trabajó en la fábrica de Alfa Romeo y en Balay. Todos ellos están ya jubilados.

Quini, enrolado en el Barcelona, a dos puntos del Atlético, líder entonces de Primera, marcó aquella tarde de 1981 dos goles al Hércules (6-0), se despidió de sus compañeros y se dirigió en su Ford Granada, de color dorado, a su casa antes de ir al aeropuerto a recoger a su mujer Mari Nieves y a sus hijos Lorena y Enrique (Jorge y Óscar no habían nacido aún), que viajaban desde Asturias. Quería descansar antes un poco y poner a grabar el programa ‘Estudio Estadio’. Pero nunca llegó a El Prat.

«Al coger el coche delante de casa,

me cogen allí»,

recordaba ‘El Brujo’ en el documental ‘El secuestro de Quini’

Dos de los secuestradores lo interceptan

a punta de revólver, mientras un

tercero vigilaba desde una furgoneta

Lo hacen volver a entrar en su

Ford Granada y manejar sin destino

antes de cambiar de vehículo

Dos hombres salieron de la oscuridad y uno de ellos le enseñó un revólver. Le obligaron a entrar de nuevo al vehículo. Un secuestrador se sentó a su lado. El otro, detrás. Un tercero vigilaba desde una furgoneta DKW. Poco después, se detuvieron, le pusieron una capucha y le empujaron dentro de un cajón de madera de 75 centímetros por 65 y 105. Así, encogido, de mala manera, recorrió los más de 300 kilómetros que separan Barcelona de su destino: Zaragoza.

«Me pareció una eternidad. Y, cada vez que paraban, ponían la música muy alta para evitar que en los peajes me escucharan dar golpes a las paredes de la caja», hacía hincapié el eterno goleador.

Zaragoza

Llegaron al sótano

a eso de las tres de

la madrugada tras

cinco horas de viaje

¿Pero qué hacían dos electricistas y un mecánico en paro sin antecedentes de ningún tipo dispuestos a secuestrar a una persona?

Actualmente no se

conoce ni domicilio

ni ninguna propiedad.

Era el único que residia

en Barcelona en el

momento del secuestro

Víctor Díaz

Esteban

Fernando

Pellejero

Eduardo

Sendino

Cumplieron una

pena de 10 años

Al salir de la cárcel regresaron

a sus barrios de toda la vida

Aunque pudiera parecerlo, no fue nada improvisado. Fernando Pellejero , Víctor Díaz Esteban y Eduardo Sendino quisieron salir de una situación económica desesperada, pero se equivocaron en el cómo. Idearon un plan para dibujar un futuro más prometedor: secuestrar al ‘Pichichi’ de la Liga y pedir un rescate. Pero fue todo una chapuza.

Los tres terminaron pagando por ello. Condenados a diez años, cumplieron su pena. No se volvió a escuchar de ellos. No incurrieron en ningún delito más. Los secuestradores de Quini se esforzaron en borrar sus rastros. De Víctor no se conoce ni domicilio ni ninguna propiedad. Era el único de los tres que residía en Barcelona y suministraba piezas al taller. Por su parte, los otros dos regresaron a su salida de la cárcel a sus barrios, aunque temporalmente, según ‘El Heraldo’. Fernando, considerado el cerebro del secuestro, se marchó con su familia a un pueblo cercano. Y Víctor aún vuelve ocasionalmente allí donde se crió. Trabajó en la fábrica de Alfa Romeo y en Balay. Todos ellos están ya jubilados.

Quini, enrolado en el Barcelona, a dos puntos del Atlético, líder entonces de Primera, marcó aquella tarde de 1981 dos goles al Hércules (6-0), se despidió de sus compañeros y se dirigió en su Ford Granada, de color dorado, a su casa antes de ir al aeropuerto a recoger a su mujer Mari Nieves y a sus hijos Lorena y Enrique (Jorge y Óscar no habían nacido aún), que viajaban desde Asturias. Quería descansar antes un poco y poner a grabar el programa ‘Estudio Estadio’. Pero nunca llegó a El Prat.

«Al coger el coche delante de casa,

me cogen allí»,

recordaba ‘El Brujo’ en el documental ‘El secuestro de Quini’

Dos de los secuestradores lo interceptan

a punta de revólver, mientras un

tercero vigilaba desde una furgoneta

Lo hacen volver a entrar en su

Ford Granada y manejar sin destino

antes de cambiar de vehículo

Dos hombres salieron de la oscuridad y uno de ellos le enseñó un revólver. Le obligaron a entrar de nuevo al vehículo. Un secuestrador se sentó a su lado. El otro, detrás. Un tercero vigilaba desde una furgoneta DKW. Poco después, se detuvieron, le pusieron una capucha y le empujaron dentro de un cajón de madera de 75 centímetros por 65 y 105.

Así, encogido, de mala manera, recorrió los más de 300 kilómetros que separan Barcelona de su destino: Zaragoza. «Me pareció una eternidad. Y, cada vez que paraban, ponían la música muy alta para evitar que en los peajes me escucharan dar golpes a las paredes de la caja», hacía hincapié el eterno goleador.

Zaragoza

Llegaron al sótano

a eso de las tres de

la madrugada tras

cinco horas de viaje

¿Pero qué hacían dos electricistas y un mecánico en paro sin antecedentes de ningún tipo dispuestos a secuestrar a una persona?

Actualmente no se

conoce ni domicilio

ni ninguna propiedad.

Era el único que residia

en Barcelona en el

momento del secuestro

Víctor Díaz

Esteban

Fernando

Pellejero

Eduardo

Sendino

Cumplieron una

pena de 10 años

Al salir de la cárcel regresaron

a sus barrios de toda la vida

Aunque pudiera parecerlo, no fue nada improvisado. Fernando Pellejero , Víctor Díaz Esteban y Eduardo Sendino quisieron salir de una situación económica desesperada, pero se equivocaron en el cómo. Idearon un plan para dibujar un futuro más prometedor: secuestrar al ‘Pichichi’ de la Liga y pedir un rescate. Pero fue todo una chapuza.

Los tres terminaron pagando por ello. Condenados a diez años, cumplieron su pena. No se volvió a escuchar de ellos. No incurrieron en ningún delito más. Los secuestradores de Quini se esforzaron en borrar sus rastros. De Víctor no se conoce ni domicilio ni ninguna propiedad. Era el único de los tres que residía en Barcelona y suministraba piezas al taller. Por su parte, los otros dos regresaron a su salida de la cárcel a sus barrios, aunque temporalmente, según ‘El Heraldo’. Fernando, considerado el cerebro del secuestro, se marchó con su familia a un pueblo cercano. Y Víctor aún vuelve ocasionalmente allí donde se crió. Trabajó en la fábrica de Alfa Romeo y en Balay. Todos ellos están ya jubilados.

Quini, enrolado en el Barcelona, a dos puntos del Atlético, líder entonces de Primera, marcó aquella tarde de 1981 dos goles al Hércules (6-0), se despidió de sus compañeros y se dirigió en su Ford Granada, de color dorado, a su casa antes de ir al aeropuerto a recoger a su mujer Mari Nieves y a sus hijos Lorena y Enrique (Jorge y Óscar no habían nacido aún), que viajaban desde Asturias. Quería descansar antes un poco y poner a grabar el programa ‘Estudio Estadio’. Pero nunca llegó a El Prat.

«Al coger el coche delante de casa, me cogen allí»,

recordaba ‘El Brujo’ en el documental ‘El secuestro de Quini’

Dos de los secuestradores

lo interceptan a punta de

revólver, mientras un tercero

vigilaba desde una furgoneta

Lo hacen volver a entrar en su

Ford Granada y manejar sin destino

antes de cambiar de vehículo

Dos hombres salieron de la oscuridad y uno de ellos le enseñó un revólver. Le obligaron a entrar de nuevo al vehículo. Un secuestrador se sentó a su lado. El otro, detrás. Un tercero vigilaba desde una furgoneta DKW. Poco después, se detuvieron, le pusieron una capucha y le empujaron dentro de un cajón de madera de 75 centímetros por 65 y 105.

Así, encogido, de mala manera, recorrió los más de 300 kilómetros que separan Barcelona de su destino: Zaragoza. «Me pareció una eternidad. Y, cada vez que paraban, ponían la música muy alta para evitar que en los peajes me escucharan dar golpes a las paredes de la caja», hacía hincapié el eterno goleador.

Zaragoza

Llegaron al sótano

a eso de las tres de

la madrugada tras

cinco horas de viaje

Día 1

Nunca se imaginó que seguía en España

Mari Nieves, al no ver a su marido ni en el aeropuerto ni en su domicilio de la Gran Vía de Carles III, se alarmó. Llamó a José Ramón Alexanco, íntimo de Quini y compañero de equipo. «Recibí la llamada de su mujer sobre las dos de la madrugada. Me dice que no la ha ido a buscar al aeropuerto. 'No, no, Mari Nieves. Quini me ha dicho que iba a buscarte'», asegura el exfutbolista, que inmediatamente llamó a otro futbolista, Churruca: «Me llamó Alexanco y me dice 'oye, Iñaki, ¿sabes algo o ha estado o está contigo 'El Brujo?'. Al principio creí que era una broma». Mari Luz también se puso en contacto con el gobernador civil, quien movilizó a los Grupo Omega de la Brigada de Investigación Criminal. El presidente Josep Lluís Núñez y el vicepresidente Joan Gaspart pasaron, junto al propio central, la noche en el domicilio barcelonés del delantero. Nadie sabía nada de 'El Brujo'.

Las primeras horas fueron de incertidumbres y de falsas reivindicaciones. Una del Batallón Catalán Español. Otra del PRE... Incluso de falsos secuestradores llamados por el dinero que fueron detenidos. «Escuché a mamá alguna vez contar que lo peor llevaban era que sonara el teléfono. Lo cogían y era alguien que decía 'yo lo vi' o 'yo sé' o.... La gente no se daba cuenta del daño que estaban haciendo porque te daban pistas», recuerda uno de los hijos del delantero, Óscar Castro.

Ni una certeza hasta la tarde siguiente. Sobre las 18 horas sonó el teléfono. Solo querían hablar con Mari Nieves.

«Cada vez que llame quiero que esté usted ahí siempre. ¡Siempre! ¿Eh? Su marido ha pasado buena noche. Haga solo lo que yo le diga»

Alexanco,

uno de los

mejores amigos

de Quini

65 cm

75 cm

La esposa recibió órdenes precisas. «El secuestrador siempre la tenía presente. Más que nada, creo, intentaba tranquilizarla», añade Alexanco.

El teléfono estaba intervenido. No eran de la ETA. Se distribuyeron agentes por todas las cabinas de Barcelona para que, en el momento en el que por sus radios escucharan una frase clave –‘el pájaro está en la jaula’–, detuvieran a los que estuvieran hablando por teléfono en ese momento. En una cabina de Hospitalet apareció una carta escrita por el jugador. Se encontraba bien.

Los captores pidieron en total

100

millones

de pesetas

Actualmente

equivaldría

a 601.000

euros

El interlocutor de los secuestradores llamaba todos los días a la misma hora y se tiraba hasta 20 minutos hablando… «Él está bien, pero no va a hablar con usted. Si no me cree, le enviaré una prueba de ello. Puede ser un dedo o un pie. ¿Qué le parece?». No lo hicieron. En cambio, sí obligaron a Quini a grabar un mensaje para su familia.

Ni una certeza hasta la tarde siguiente. Sobre las 18 horas sonó el teléfono. Solo querían hablar con Mari Nieves.

«Cada vez que llame quiero que esté usted ahí siempre. ¡Siempre! ¿Eh? Su marido ha pasado buena noche. Haga solo lo que yo le diga»

Alexanco, uno de los mejores amigos de Quini, fue

un gran apoyo para su familia y sirvió

de contacto con los secuestradores

La esposa recibió órdenes precisas. «El secuestrador siempre la tenía presente. Más que nada, creo, intentaba tranquilizarla», añade Alexanco.

65 cm

75 cm

El teléfono estaba intervenido. No eran de la ETA. Se distribuyeron agentes por todas las cabinas de Barcelona para que, en el momento en el que por sus radios escucharan una frase clave –‘el pájaro está en la jaula’–, detuvieran a los que estuvieran hablando por teléfono en ese momento. En una cabina de Hospitalet apareció una carta escrita por el jugador. Se encontraba bien.

Los captores pidieron en total

100

millones

de pesetas

Actualmente

equivaldría a

601.000 euros

El interlocutor de los secuestradores llamaba todos los días a la misma hora y se tiraba hasta 20 minutos hablando… «Él está bien, pero no va a hablar con usted. Si no me cree, le enviaré una prueba de ello. Puede ser un dedo o un pie. ¿Qué le parece?». No lo hicieron. En cambio, sí obligaron a Quini a grabar un mensaje para su familia.

Ni una certeza hasta la tarde siguiente. Sobre las 18 horas sonó el teléfono. Solo querían hablar con Mari Nieves.

«Cada vez que llame quiero que esté usted ahí siempre. ¡Siempre! ¿Eh? Su marido ha pasado buena noche. Haga solo lo que yo le diga»

Alexanco,

uno de los

mejores amigos

de Quini, fue

un gran apoyo

para su familia

y sirvió de

contacto con los

secuestradores

La esposa recibió órdenes precisas. «El secuestrador siempre la tenía presente. Más que nada, creo, intentaba tranquilizarla», añade Alexanco.

El teléfono estaba intervenido. No eran de la ETA. Se distribuyeron agentes por todas las cabinas de Barcelona para que, en el momento en el que por sus radios escucharan una frase clave –‘el pájaro está en la jaula’–, detuvieran a los que estuvieran hablando por teléfono en ese momento. En una cabina de Hospitalet apareció una carta escrita por el jugador. Se encontraba bien.

65 cm

75 cm

Los captores pidieron en total

100

millones

de pesetas

Actualmente

equivaldría a

601.000 euros

El interlocutor de los secuestradores llamaba todos los días a la misma hora y se tiraba hasta 20 minutos hablando… «Él está bien, pero no va a hablar con usted. Si no me cree, le enviaré una prueba de ello. Puede ser un dedo o un pie. ¿Qué le parece?». No lo hicieron. En cambio, sí obligaron a Quini a grabar un mensaje para su familia.

El primer intento para pagar el rescate fracasó. Incluso los secuestradores contactaron con un piloto para trasladar a Quini de Zaragoza a Logroño, algo que la Policía no llegó a creerse. Todo en vano. Por fin se acordó otra intentona. Alexanco se dirigió a un hotel, donde recibió una llamada para que condujera a una estación de servicio. Allí encontró una nota donde le decían que cruzara la frontera hasta la Junquera. El jugador, en contacto con los agentes, se negó. Con 600.000 euros (entonces cien millones de pesetas) en un maletín, aportados por el Barcelona, dijo, lo detendrían de inmediato. Y los captores aceptaron dejarlo para otra ocasión.

Durante todo el secuestro, período en el que realizaron hasta 25 llamadas a su familia, alimentaron a Quini con bocadillos comprados en un bar cercano llamado 'La Mazmorra'. Fernando, Víctor y Eduardo no lograban concretar el rescate. Lo que habían maquinado para dar un pelotazo les estaba arruinando. Durante el cautiverio se gastaron 1.500 euros. Se quejaron, incluso, a la Policía de que 'El Brujo' comía como una lima.

Su delicada situación económica los obligó a salir de su guarida. Víctor, el mayor de ellos y quien hablaba con Mari Luz –tenía 28 años–, aceptó viajar a Ginebra para cobrar un adelanto, como gesto de buena voluntad, de unos 18.000 euros, aportados por la firma Omega. Era una trampa porque había un acuerdo con las autoridades suizas para levantar el secreto financiero. No lo sabían y les pareció bien. No tardó en presentarse, inocentemente, en la sucursal del Credit Suisse en Berna, en el que habían abierto una cuenta, con su pasaporte auténtico y retirar una parte, unos 6.000 euros en dólares. Fue detenido en el aeropuerto cuando se disponía a tomar un avión rumbo a París.

Berna

El plan era llegar

a Ginebra, cobrar

el dinero, y

posteriormente

viajar a París

El secuestrador

se derrumbó

y cantó: Quini estaba encerrado en el bajo de un taller mecánico

en Zaragoza

Los agentes ‘volaron’ hacia ese número 13 de la calle de Jerónimo Vicens. A eso de las diez de la noche, agentes de Barcelona y Zaragoza tiraron con una maza la puerta del local, detuvieron a un segundo secuestrador, Fernando. Tenía en su posesión un revólver y una pistola, pero no opuso resistencia. Les señaló una pequeña trampilla y liberaron al futbolista, que se cubrió con un colchón pensando que iban a matarlo. Fue, reconocería después, su peor momento. Se puso a llorar.

25 días después había

terminado la larga

espera que mantuvo

al país expectante

La primera victoria de España en el mítico estadio de Wembley tuvo lugar la noche en la que el asturiano fue liberado de su secuestro. La imagen de TVE de un Quini demacrado, con lágrimas en los ojos, con una pronunciada barba y apoyado en Núñez, recién llegado a Barcelona, recorrió el país. Quiso jugar el siguiente partido, pero no lo hizo. Aun así, se proclamó ‘Pichichi’ esa temporada con 20 goles. El Barça, que había sumado tres derrotas y un empate durante su cautiverio, no ganó la Liga ese año –lo haría la Real– y pidió una indemnización durante el juicio que no fue atendida.

«¿Cómo pude estar yo 25 días allí, día y noche? Hasta yo me lo pregunto»,

reconocía años después el propio Quini, que nunca puso distancias con nadie. Una persona muy querida.

Su delicada situación económica los obligó a salir de su guarida. Víctor, el mayor de ellos y quien hablaba con Mari Luz –tenía 28 años–, aceptó viajar a Ginebra para cobrar un adelanto, como gesto de buena voluntad, de unos 18.000 euros, aportados por la firma Omega. Era una trampa porque había un acuerdo con las autoridades suizas para levantar el secreto financiero. No lo sabían y les pareció bien. No tardó en presentarse, inocentemente, en la sucursal del Credit Suisse en Berna, en el que habían abierto una cuenta, con su pasaporte auténtico y retirar una parte, unos 6.000 euros en dólares. Fue detenido en el aeropuerto cuando se disponía a tomar un avión rumbo a París.

Berna

El plan era llegar

a Ginebra, cobrar

el dinero, y

posteriormente

viajar a París

25 días

después había

terminado

la larga espera

que mantuvo al

país expectante

El secuestrador se derrumbó y cantó: Quini estaba encerrado en el bajo de un taller mecánico en Zaragoza

Los agentes ‘volaron’ hacia ese número 13 de la calle de Jerónimo Vicens. A eso de las diez de la noche, agentes de Barcelona y Zaragoza tiraron con una maza la puerta del local, detuvieron a un segundo secuestrador, Fernando. Tenía en su posesión un revólver y una pistola, pero no opuso resistencia. Les señaló una pequeña trampilla y liberaron al futbolista, que se cubrió con un colchón pensando que iban a matarlo. Fue, reconocería después, su peor momento. Se puso a llorar.

La primera victoria de España en el mítico estadio de Wembley tuvo lugar la noche en la que el asturiano fue liberado de su secuestro. La imagen de TVE de un Quini demacrado, con lágrimas en los ojos, con una pronunciada barba y apoyado en Núñez, recién llegado a Barcelona, recorrió el país. Quiso jugar el siguiente partido, pero no lo hizo. Aun así, se proclamó ‘Pichichi’ esa temporada con 20 goles. El Barça, que había sumado tres derrotas y un empate durante su cautiverio, no ganó la Liga ese año –lo haría la Real– y pidió una indemnización durante el juicio que no fue atendida.

«¿Cómo pude estar yo 25 días allí, día y noche? Hasta yo me lo pregunto»,

reconocía años después el propio Quini, que nunca puso distancias con nadie. Una persona muy querida.

Su delicada situación económica los obligó a salir de su guarida. Víctor, el mayor de ellos y quien hablaba con Mari Luz –tenía 28 años–, aceptó viajar a Ginebra para cobrar un adelanto, como gesto de buena voluntad, de unos 18.000 euros, aportados por la firma Omega. Era una trampa porque había un acuerdo con las autoridades suizas para levantar el secreto financiero. No lo sabían y les pareció bien. No tardó en presentarse, inocentemente, en la sucursal del Credit Suisse en Berna, en el que habían abierto una cuenta, con su pasaporte auténtico y retirar una parte, unos 6.000 euros en dólares. Fue detenido en el aeropuerto cuando se disponía a tomar un avión rumbo a París.

Berna

El plan era llegar

a Ginebra, cobrar

el dinero, y

posteriormente

viajar a París

25 días después

había terminado

la larga espera

que mantuvo al

país expectante

El secuestrador se derrumbó y cantó: Quini estaba encerrado en el bajo de un taller mecánico en Zaragoza

Los agentes ‘volaron’ hacia ese número 13 de la calle de Jerónimo Vicens. A eso de las diez de la noche, agentes de Barcelona y Zaragoza tiraron con una maza la puerta del local, detuvieron a un segundo secuestrador, Fernando. Tenía en su posesión un revólver y una pistola, pero no opuso resistencia. Les señaló una pequeña trampilla y liberaron al futbolista, que se cubrió con un colchón pensando que iban a matarlo. Fue, reconocería después, su peor momento. Se puso a llorar.

La primera victoria de España en el mítico estadio de Wembley tuvo lugar la noche en la que el asturiano fue liberado de su secuestro. La imagen de TVE de un Quini demacrado, con lágrimas en los ojos, con una pronunciada barba y apoyado en Núñez, recién llegado a Barcelona, recorrió el país. Quiso jugar el siguiente partido, pero no lo hizo. Aun así, se proclamó ‘Pichichi’ esa temporada con 20 goles. El Barça, que había sumado tres derrotas y un empate durante su cautiverio, no ganó la Liga ese año –lo haría la Real– y pidió una indemnización durante el juicio que no fue atendida.

«¿Cómo pude estar yo 25 días allí, día y noche? Hasta yo me lo pregunto»,

reconocía años después el propio Quini, que nunca puso distancias con nadie. Una persona muy querida.

Créditos

  • Texto: Eduardo Alonso Gijón

  • Diseño: Samantha Acosta Gijón

  • Desarrollo: Aida G. Fresno Gijón

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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