Miles de jóvenes marroquíes llegan a la frontera entre Castillejos (Marruecos) y Ceuta para tratar de cruzar la valla que separa las dos ciudades, EFE
Reportajes 50 días de la invasión de Ceuta La invasión. 48 horas en las que Ceuta cambió para siempre: del Tarajal desbordado a 80.000 asaltantes tomando la ciudadMiles de personas cruzaron la frontera entre Marruecos y España en apenas dos días. Cincuenta días más tarde, aquella crisis todavía no ha terminado
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Joaquín Rocha Narrativas EEAlberto ViñaJuan López Cachón Publicada 19 septiembre 2026 05:00h SíguenosDesde el aire, Ceuta todavía parecía una ciudad normal. El mar estaba en calma, los edificios blancos descendían hacia la costa y Marruecos seguía ahí, a unos pocos metros, con esa proximidad que forma parte de la rutina ceutí. Bastaba, sin embargo, con llegar al Tarajal para comprender que algo se había roto.
En la orilla marroquí se acumulaban cientos de personas que descendían hacia el agua y, una vez dentro, trataban de alcanzar territorio español nadando o caminando por los lugares donde el mar apenas cubría. Al otro lado salían empapados, con los pantalones pegados al cuerpo, las zapatillas en la mano y los teléfonos protegidos dentro de bolsas de plástico.
Muchos eran adolescentes o veinteañeros. Algunos levantaban los brazos, gritaban y se abrazaban al pisar la arena; otros apenas se detenían y emprendían el camino hacia el interior. La Guardia Civil intentaba agruparlos y mantener despejada la carretera, pero cada pocos minutos aparecían nuevas cabezas en el agua y todo volvía a empezar. En aquellas primeras horas no había una cifra capaz de explicar lo que estaba sucediendo. Había personas llegando.
Varios migrantes celebran haber cruzado la frontera, este jueves. Europa Press.
Con el paso de la tarde, la frontera dejó de ser el único escenario. Grupos cada vez más numerosos recorrieron los kilómetros que separan el Tarajal del centro. Eran sobre todo hombres jóvenes, aunque también había mujeres, niños y familias.
Muchos no llevaban una mochila, ni ropa seca, ni nada que permitiera saber dónde pensaban dormir aquella noche. Los Regulares del Ejército de Tierraaparecieron en los alrededores de la frontera y durante unas horas convivieron dos imágenes difíciles de encajar: los uniformes militares y aquellos muchachos todavía mojados caminando hacia una ciudad que desconocían.
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Ceuta comenzó entonces a cerrarse. Bajaron las persianas de supermercados y restaurantes, disminuyeron los taxis y los teléfonos de los vecinos se llenaron de vídeos, rumores y mensajes que recomendaban no salir de casa. El miedo tenía algo de concreto y algo de contagioso.
Nadie sabía con certeza cuántas personas habían entrado ni dónde estaban. Durante unas horas, una ciudad de apenas veinte kilómetros cuadrados pareció no saber muy bien qué hacer consigo misma. Por ello, el viernes amaneció gris. En parques, soportales, bancos y aceras dormían jóvenes con la misma ropa con la que habían cruzado la frontera.
Algunos apoyaban la cabeza sobre las bolsas que les habían entregado las organizaciones humanitarias. Muchos comercios permanecían cerrados, pero ante las tiendas de telefonía comenzaron a formarse pequeñas colas: después de atravesar el mar, una de las primeras necesidades era conseguir una tarjeta SIM y llamar a casa.
Largas colas de migrantes a la entrada de supermercados en Ceuta. Iván Zambrano
Durante aquella mañana convivieron dos Ceutas. Una intentaba recuperar su rutina; la otra dormía en sus jardines, preguntaba cómo llegar a la Península o buscaba algo que comer. Poco a poco, muchos de los recién llegados descubrieron además una paradoja: habían conseguido alcanzar España, pero seguían separados del resto del país por otro mar y por una frontera administrativa que desconocían.
Por la tarde, el paisaje volvió a cambiar. Los vehículos militares recorrieron la ciudad y comenzaron a conducir grupos hacia el Tarajal. Parques que unas horas antes estaban cubiertos de cuerpos, mantas y bolsas fueron quedándose vacíos. Muchos emprendieron el camino de regreso a Marruecos. Otros entendieron que, si querían permanecer, era mejor dejar de ser visibles. Pareció entonces que Ceuta empezaba a recuperar su forma. No era cierto.
Aquellas primeras 48 horas sólo habían terminado en el calendario. Miles de personas se quedaron en la ciudad y las imágenes cambiaron de escenario: de los parques a los centros improvisados, de las avenidas a las playas, de las llegadas a las filiaciones, las peticiones de asilo, los retornos y la protección de los menores. Cincuenta días después, Ceuta continúa intentando resolver lo que comenzó aquella tarde en el Tarajal.
Quizá por eso la imagen más precisa de aquellos dos días siga siendo una carretera. El jueves estaba llena de personas que caminaban hacia el centro creyendo que acababan de llegar. El viernes, muchos avanzaban en dirección contraria. Entre ambos sentidos quedó una ciudad que aún hoy trata de averiguar qué hacer con todos los que no volvieron.
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