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La sensación de confort en un hotel depende de las primeras impresiones

La última del verano

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La sensación de confort en un hotel depende de las primeras impresiones

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Regala esta noticia Añádenos en Google Agatha Christie en su biblioteca. (R.C.)

J. R. Alonso de la Torre

18/08/2026 Actualizado a las 00:04h.

Al norte de Coimbra, en medio del formidable bosque de Buçaco, los últimos reyes de Portugal levantaron en 1888 un palacio espectacular que cualquier director ... de arte elegiría como escenario de una película de terror. El devenir de la historia de Portugal impidió que los reyes lusos moraran en Buçaco y el palacio se convirtió en hotel de lujo en 1917. Es tan evocador, tan gótico, tan inspirador que atrajo desde el primer día a escritores como Unamuno, Pirandello o Miguel Torga.

Atraído por su aureola literaria y misteriosa, me alojé en el Palace Hotel de Buçaco en el verano de 2019 y, en cinco minutos, su leyenda se vulgarizó y sus cinco estrellas se apagaron: en plena ola de calor, no tenía aire acondicionado; salvo el comedor, el resto de las instalaciones se encontraban en un estado decadente y Unamuno y Pirandello habían sido sustituidos por millonarios rusos que vestían camisetas verde gusanito, palpaban los cruasanes del desayuno buscando el más crujiente y se llevaban a la habitación las piñas tropicales.

Siendo inspector gastronómico, asistí al curso de una profesora del Basque Culinary Center que explicaba la regla del cinco en hostelería. Al entrar en un restaurante, cinco segundos bastan para percibir los olores, que influirán un 50% en nuestra confortabilidad; los colores, que influirán un 26%; la temperatura, los sonidos y otras variables que completarán o no nuestra sensación de confort. En los hoteles, en cinco minutos percibiremos los detalles que marcarán nuestra estancia: tamaño de la alcoba, amplitud del baño, ¿hay mesa, taburete para la maleta, cajones en las mesillas, armario canónico, cabina de ducha o bañera?

Pocas cosas son tan divertidas como comparar el comportamiento de un hombre y una mujer al entrar en la habitación de un hotel. Ella mira debajo de la cama buscando pelusa, prueba la dureza del colchón y la calidad de la almohada, examina la ducha a la caza de un pelo. Él se dirige al televisor, recorre los canales y se emociona porque podrá ver Eurosport en castellano y un canal de fútbol rumano, comprueba el wi-fi, admira el minibar y saliva al comprobar que es gratuito.

Y qué me dicen de las amenities de lujo: albornoz de algodón egipcio, bombones suizos, cesta de frutas, botella de cava y unos toiletries que te derrites: jabones, geles, champús, cremas hidratantes, desmaquillantes y nutritivas… Pero no hay bidé, el armario es una miserable barra con perchas y para manejar la climatización y los grifos de ducha hay que ser ingeniero hidráulico por lo menos.

Luego está el idioma. En la ducha, botes etiquetados como 'Hand & Body Lotion', 'Shower Gel', 'Hand Soap', que, si tienes presbicia y eres de francés, ya me dirás cómo aciertas sin gafas con el bote pertinente. Y en la cómoda, un rincón relax con té y café… ¿Cómo vas a saber que el sobre de 'pennyroyal' es menta poleo y la tarrina de 'kaffeeesahn' no es café sino leche?

Han pasado cuatro minutos, nuestra sensación de confort corre peligro y se despeña definitivamente cuando descubrimos la alergia hotelera al papel. Sea en la Fonda Ramírez, sea en el Luxury Room Magic Hotel Resort & Relais, el papel higiénico es siempre el más barato, el más estrecho, el que antes se rompe. Y del otro papel, el papel prensa, no se sabe nada: los hoteles han desterrado los periódicos después de la pandemia y cuando les preguntas el porqué, te responden que por razones de salud. ¿Será por salud mental, reflexiva, analítica, social, cultural, crítica? Agatha Christie leía el Times en Buçaco. Nosotros no podemos leer ni los botes de Shampoo Freshly Cosmetics.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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