En 1971, en pleno desierto del Karakum, un grupo de ingenieros soviéticos observaba cómo el suelo se hundía bajo sus pies tras una perforación fallida. Lo que vino después no fue una evacuación inmediata ni un cierre del área, sino una decisión improvisada que, según quienes la presenciaron, parecía una solución rápida a un problema puntual. Aquella elección, tomada casi como un trámite técnico más, acabaría teniendo consecuencias que nadie en ese momento fue capaz de anticipar.
El fuego eterno se apaga. Durante más de medio siglo, el cráter de Darvaza ha ardido sin descanso en mitad del desierto, convirtiéndose en una imagen casi permanente de fuego inagotable que parecía desafiar cualquier lógica natural.
Sin embargo, los datos más recientes muestran un cambio claro: la intensidad de las llamas ha caído de forma drástica en los últimos años, perdiendo más del 7% de su fuerza. Lo que durante décadas fue un espectáculo constante empieza a debilitarse, alterando la percepción de un fenómeno que muchos daban por eterno.
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El origen entre leyenda y herencia soviética. El nacimiento del cráter sigue envuelto en todo tipo de historias e incertidumbre, aunque la versión más extendida y factible apunta al accidente durante perforaciones soviéticas en busca de gas en los años sesenta o setenta.
Según esta teoría, el suelo colapsó al alcanzar una bolsa de gas natural y los ingenieros decidieron prender fuego al lugar para evitar la liberación de gases tóxicos, convencidos de que se extinguiría en poco tiempo. Así, lo que iba a durar semanas se prolongó durante décadas, alimentado por un entramado subterráneo de gas que nunca dejó de fluir, dando lugar a una de las anomalías más conocidas del legado energético de la antigua Unión Soviética.
De curiosidad remota a icono global. Con el paso del tiempo, el cráter pasó de ser una rareza geológica a convertirse en un destino casi mítico para viajeros y exploradores, pese a las dificultades para acceder a Turkmenistan.
Su imagen, una gigantesca cavidad en llamas en mitad de la nada, ha alimentado tanto el turismo de aventura como la propaganda interna, hasta el punto de ser utilizado por líderes del país como símbolo de poder o control. La experiencia de acercarse al borde y sentir el calor directo del fuego ha reforzado su reputación como un lugar único en el mundo.
El intento de control y las dudas sobre su declive. Por su parte, el gobierno turcomano lleva años intentando controlar las emisiones del cráter, y atribuye parte del debilitamiento reciente a nuevas perforaciones cercanas destinadas a extraer gas.
Sin embargo, los análisis independientes apuntan a que la pérdida de intensidad podría haber comenzado antes de esas intervenciones, lo que abre la puerta a causas naturales aún no del todo comprendidas. Este matiz introduce una incertidumbre clave y peligrosa: no está claro si el fin del fenómeno responde a la acción humana o a un cambio en el propio sistema geológico.
El giro inesperado: menos fuego no significa menos problema. Sí, porque aunque a primera vista la reducción de las llamas podría parecer una buena noticia desde el punto de vista ambiental, la realidad es más compleja.
El fuego actúa como un mecanismo que transforma el metano (mucho más potente como gas de efecto invernadero) en dióxido de carbono, reduciendo su impacto a corto plazo. Si las llamas disminuyen, una mayor cantidad de metano podría liberarse directamente a la atmósfera, lo que convertiría el apagamiento progresivo en un problema potencialmente mayor.
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Un equilibrio frágil que sigue activo. A pesar de su debilitamiento, el cráter continúa activo, con llamas visibles y emisiones constantes que recuerdan que el fenómeno no ha desaparecido. La enorme cantidad de gas acumulado bajo tierra sugiere que el fuego no se extinguirá por completo a corto plazo, manteniendo ese equilibrio extraño entre espectáculo natural, legado industrial y problema ambiental.
Así, medio siglo después, el símbolo de fuego eterno empieza a cambiar, aunque su desaparición no implique necesariamente un final más favorable para el resto del planeta.
Imagen | Stefan Krasowski, Tormod Sandtorv
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La noticia
50 años después, el fuego soviético de las "Puertas al Infierno" se está apagando. Y no es una buena noticia
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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50 años después, el fuego soviético de las "Puertas al Infierno" se está apagando. Y no es una buena noticia
Porque su desaparición no implica necesariamente un final más favorable
En 1971, en pleno desierto del Karakum, un grupo de ingenieros soviéticos observaba cómo el suelo se hundía bajo sus pies tras una perforación fallida. Lo que vino después no fue una evacuación inmediata ni un cierre del área, sino una decisión improvisada que, según quienes la presenciaron, parecía una solución rápida a un problema puntual. Aquella elección, tomada casi como un trámite técnico más, acabaría teniendo consecuencias que nadie en ese momento fue capaz de anticipar.
El fuego eterno se apaga. Durante más de medio siglo, el cráter de Darvaza ha ardido sin descanso en mitad del desierto, convirtiéndose en una imagen casi permanente de fuego inagotable que parecía desafiar cualquier lógica natural.
Sin embargo, los datos más recientes muestran un cambio claro: la intensidad de las llamas ha caído de forma drástica en los últimos años, perdiendo más del 7% de su fuerza. Lo que durante décadas fue un espectáculo constante empieza a debilitarse, alterando la percepción de un fenómeno que muchos daban por eterno.
El origen entre leyenda y herencia soviética.El nacimiento del cráter sigue envuelto en todo tipo de historias e incertidumbre, aunque la versión más extendida y factible apunta al accidente durante perforaciones soviéticas en busca de gas en los años sesenta o setenta.
Según esta teoría, el suelo colapsó al alcanzar una bolsa de gas natural y los ingenieros decidieron prender fuego al lugar para evitar la liberación de gases tóxicos, convencidos de que se extinguiría en poco tiempo. Así, lo que iba a durar semanas se prolongó durante décadas, alimentado por un entramado subterráneo de gas que nunca dejó de fluir, dando lugar a una de las anomalías más conocidas del legado energético de la antigua Unión Soviética.
De curiosidad remota a icono global.Con el paso del tiempo, el cráter pasó de ser una rareza geológica a convertirse en un destino casi mítico para viajeros y exploradores, pese a las dificultades para acceder a Turkmenistan.
Su imagen, una gigantesca cavidad en llamas en mitad de la nada, ha alimentado tanto el turismo de aventura como la propaganda interna, hasta el punto de ser utilizado por líderes del país como símbolo de poder o control. La experiencia de acercarse al borde y sentir el calor directo del fuego ha reforzado su reputación como un lugar único en el mundo.
El intento de control y las dudas sobre su declive.Por su parte, el gobierno turcomano lleva años intentando controlar las emisiones del cráter, y atribuye parte del debilitamiento reciente a nuevas perforaciones cercanas destinadas a extraer gas.
Sin embargo, los análisis independientes apuntan a que la pérdida de intensidad podría haber comenzado antes de esas intervenciones, lo que abre la puerta a causas naturales aún no del todo comprendidas. Este matiz introduce una incertidumbre clave y peligrosa: no está claro si el fin del fenómeno responde a la acción humana o a un cambio en el propio sistema geológico.
El giro inesperado: menos fuego no significa menos problema. Sí, porque aunquea primera vista la reducción de las llamas podría parecer una buena noticia desde el punto de vista ambiental, la realidad es más compleja.
El fuego actúa como un mecanismo que transforma el metano (mucho más potente como gas de efecto invernadero) en dióxido de carbono, reduciendo su impacto a corto plazo. Si las llamas disminuyen, una mayor cantidad de metano podría liberarse directamente a la atmósfera, lo que convertiría el apagamiento progresivo en un problema potencialmente mayor.
Un equilibrio frágil que sigue activo.A pesar de su debilitamiento, el cráter continúa activo, con llamas visibles y emisiones constantes que recuerdan que el fenómeno no ha desaparecido. La enorme cantidad de gas acumulado bajo tierra sugiere que el fuego no se extinguirá por completo a corto plazo, manteniendo ese equilibrio extraño entre espectáculo natural, legado industrial y problema ambiental.
Así, medio siglo después, el símbolo de fuego eterno empieza a cambiar, aunque su desaparición no implique necesariamente un final más favorable para el resto del planeta.