- MARCO BOLOGNINI Abogado
No se pueden cubrir las vergüenzas de una mala gestión de recursos públicos con las hojas de higuera de unos impuestos inmorales.
La apacible ciudad norteña de Belluno, enclavada en un valle a los pies de las Dolomitas, vivió hace unos días una escena digna de una película de Sorrentino.
En la calle Vittorio Veneto, cerca de la estación reside (por decir algo) en una tienda canadiense un ciudadano iraquí, apodado Haider por los vecinos. Es un sintecho, al parecer pacífico y poco charlatán, debido también a su escasa familiaridad con el idioma italiano.
El mes de agosto llegaba a su final, dejando el habitual rastro de melancolías y estrecheces económicas posvacacionales, y Haider seguía con su vida, hecha de pequeñas rutinas callejeras.
Sin embargo, de repente su monotonía solitaria se vio alterada por un hallazgo inesperado: un maletín repleto de billetes. No eran cartas de amor o tarjetas de visita, sino moneda de curso legal, euros a miles.
Quién sabe lo que pasaría por la cabeza del sintecho.
Lo cierto, es que Haider distribuyó buena parte del dinero en el suelo, formando unas ordenadas formas geométricas, y otro tanto fue lanzándolo al aire, creando así una anárquica nevada de billetes.
No hace falta ser adivinos profesionales para imaginar lo que ocurrió.
La gente se abalanzó sobre el metálico, arrasando con las geometrías y cazando los copos de pasta como si fuesen pompas de jabón en una fiesta de niños.
En resumidas cuentas, los paisanos se lo llevaron a manos llenas, hasta que intervino la policía y puso punto y final a la inusual escena.
Algunos, unos pocos, devolvieron el dinero. La mayoría se lo llevó a sus casas para aliviar la cuesta de septiembre.
A fecha de hoy, nadie ha reclamado el maletín y su contenido, pues tal vez se trataría de dinero de origen dudoso. Quién sabe. Lo que ha quedado, una vez más, patente, es que el dinero causa reacciones viscerales y escasamente dignas en gran parte de los seres humanos, máxime si su recolección no obedece a un esfuerzo previo y su llegada viene del cielo, de la casualidad, o de méritos ajenos. Nada nos gusta más que el dinero gratuito.
Lluvia irracional y desordenada
A veces, cuando los Estados aprietan sobremanera y recaudan muy por encima de lo que es lógica y éticamente aceptable, uno puede tener la sensación de que la redistribución de ese dinero, proveniente de los impuestos, sea algo parecido a la lluvia irracional y desordenada de billetes que escenificó el señor Haider.
Hay una mar de fondo, en estos meses, que es bien preocupante. Desde la OCDE se recomienda gravar más a las herencias, aumentando los impuestos sobre las sucesiones patrimoniales mortis causa.
De la misma manera, en España se va susurrando en los pasillos del poder que la vivienda debería gravarse más en impuestos, sin olvidarnos de las rentas patrimoniales en general y, por si acaso, de las ganancias del trabajo.
Es inquietante que ciertas pulsiones recaudatorias se originen en entornos supranacionales (la OCDE) y que no tengan mala acogida tampoco en foros políticos supuestamente liberales.
La primera y esencial justificación para fundamentar pensamientos tan impúdicos es que la población occidental va envejeciendo y, por tanto, todo apunta a una pérdida de contribuyentes activos y a un síncrono aumento de las prestaciones sociales en formato de pensiones y asistencia sanitaria a la tercera edad.
La segunda razón, que sin embargo no se pregona urbi et orbi ya que es más peliaguda de sostener, es que los estados occidentales del bienestar deberán afrontar una inmigración cada vez creciente y que tan sólo una parte de ella aporta a las arcas públicas más de los que consume, en términos de servicios públicos. Así, el debate sobre la oportunidad de apretar más a los contribuyentes para hacer frente a las tendencias globales, se traslada a un plano más alto, creo yo. Las cuestiones que sería necesario plantearse deberían descender de unas consideraciones fundamentalmente éticas, y políticas en su aplicación.
Por ejemplo: naturalmente es muy fácil recurrir al dinero de los ciudadanos a través de los impuestos para paliar los efectos de unas políticas desastrosas, pero, con franqueza, ¿encontramos un mínimo atisbo de razonabilidad y ética en incrementar los gravámenes sobre las sucesiones, por cuyos activos el fallecido ya abonó en vida sustanciales impuestos para repartir entre la ciudadanía? ¿Es justo, es moralmente correcto castigar, punir, vejar al contribuyente para esconder las vergüenzas de las incapacidades de gestión de los cargos públicos y, en ocasiones, de los funcionarios?
El problema de fondo es el de siempre. Mientras las instituciones (incluso supranacionales) y los representantes del electorado sigan considerando que el dinero público no es de nadie, como dijo aquella inefable ministra, siempre se privilegiará el fácil aumento de la recaudación respecto al complejo recorte de gastos o, al menos, a la redistribución del gasto público hacia las funciones esenciales del Estado, sin fugas de dinero en miles de iniciativas y gastos no esenciales, normalmente con fines electoralistas.
Un gran malentendido
Hay un gran malentendido sobre el que descansan las teorías redistributivas de los que abogan por unos sistemáticos aumentos de los impuestos. Ese malentendido, que probablemente sea algo interesado por parte de algunos, es la interpretación de la idea de solidaridad como guía suprema en las decisiones políticas.
La solidaridad sana es la solidaridad sostenible y proporcionada, justa en su esencia, por la que un Estado asegura, cum grano salis y prudencia presupuestaria, la administración de la justicia y la sanidad, la seguridad y la educación y las demás funciones imprescindibles. Distribuir dinero gratis, no es solidaridad. Es otra cosa.
Los regímenes confiscatorios no son la vía para asegurar esa sostenibilidad. El Estado-Robin Hood no funciona, pues se convierte en odiosa institución que administra la (in)justicia social al revés, sin hacer viable un sistema estable y sólido de convivencia y redistribución racional y virtuosa. No se pueden cubrir las vergüenzas de una mala gestión de recursos públicos con las hojas de higuera de unos impuestos inmorales. No se puede porque, sencillamente, no es justo y no es sostenible en el tiempo.
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