Mi hermosa lavandería
A vueltas con la fe Regala esta noticia Añádenos en GoogleIsabel Coixet
29/05/2026 a las 13:03h.Roma, abril, la iglesia de Santa María en Trastévere está llena a las siete de un martes. No turistas: chicas de veintipocos con shorts, ... chicos con mochilas de mensajero, una pareja que se da la mano como si estuvieran haciendo algo prohibido. Cantan en latín, mal y con devoción, que es la combinación más conmovedora que existe. Salgo a la plaza, me siento en la terraza con un café y con la sensación de haber llegado tarde a una fiesta de la que nadie me había avisado.
Una conocida en Roma me cuenta que su hija de dieciséis años reza el rosario en TikTok con cinco mil seguidoras. Su madre, que en los noventa militó por el aborto libre, no sabe si llorar o reírse y opta, sabiamente, por no hacer ninguna de las dos cosas delante de su hija.
Me cuesta admitirlo, pero mi generación, la que se rio de todo eso, no ha conseguido inventar nada mejor para acompañar a alguien en la madrugada de un duelo
Es fácil ser irónico con todo esto. Es facilísimo. Decir que es estética, que es identidad sin compromiso, que es el algoritmo, que es una manera más de comprar pertenencia en un siglo que ha hecho del vacío una mercancía. Y probablemente sea verdad en parte. Pero queda algo más, y es lo que me cuesta admitir: que mi generación, la que se rio de todo eso, no ha conseguido inventar nada mejor para acompañar a alguien en la madrugada de un duelo o en un miedo de los que no se nombran más que en lo religioso.
Yo no creo. No creo desde una edad que ya no recuerdo con precisión. Pero entiendo que, cuando el clima se incendia, las democracias se desmoronan, los hijos no llegan o llegan a un mundo del que nadie sabe qué decir, y la única promesa que parece cumplirse es que una máquina nos sustituirá pronto en todo, no es extraño que alguien se arrodille, o que alguien se gire hacia La Meca, o que alguien encienda una vela un viernes por la tarde. No es extraño que alguien quiera un texto antiguo, una voz que repita una palabra dicha durante mil años, una hora fija, un gesto que ya hicieron otros y que se sostiene precisamente porque ya lo hicieron otros.
A veces me asomo a una iglesia durante la misa. Veo a la señora que enciende una vela por un nieto enfermo, al chico nuevo que no sabe qué hacer con las manos, al sacerdote que probablemente esté tan perdido como todos los demás mientras intenta poner al día las historias del plato de lentejas o de los panes y los peces. Y pienso que quizá lo que llamamos 'vuelta a lo religioso' no sea exactamente una vuelta, sino que es lo que hace la gente cuando descubre que la modernidad, esa promesa que nos vendieron como un seguro a todo riesgo, viene con una letra pequeña ilegible y un teléfono de atención al cliente que no contesta nunca.
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