Federico Romero Hernández
Jurista
Sábado, 25 de abril 2026, 02:00
... y a otros, a los que las inician, justificadas. Guerras para unos directamente devastadoras y, para casi todos, ineluctables y perjudiciales. Nuestra única arma parece que es la oración, para los que creemos en Dios; y la obligada paciencia, para los que no creen. Pero, a los actores responsables de la contienda me imagino que no les será fácil dormir, si es que tienen conciencia de que sus decisiones acarrean, o pueden conllevar, miles de muertes de seres inocentes o de seres queridos, enfermedades o hambrunas y, con diversos grados de afectación, casi para todos, perjuicios económicos, más sensibles para los más vulnerables. ¿Puede considerarse como una muestra de debilidad estas preocupaciones en quienes tienen el poder de decidir en estas conflagraciones? ¿Hasta qué punto pueden considerar razonable y necesario infligir tanto dolor y aflicción a la humanidad, justificando que así se evitan mayores males futuros, aunque sean más o menos certeros o hipotéticos? Admitía Churchill que planificar una guerra tiene en el fondo un oscuro poder de seducción contra el que se debe luchar. Y todos sabemos a qué grado de locura llegó el belicismo y genocidio de Hitler y qué grado de embaucamiento de masas produjo en muchos germanófilos.Y no solo exige claridad mental, sino atenderla valerosamente. La conciencia es, para los que creemos en Dios, la señal más clara de su presencia en nuestro interior y norma de nuestro actuar y requiere, por nuestra parte, el esfuerzo de prescindir de consideraciones egoístas y, a veces, sacrificios heroicos. Un ejemplo, al que en muchas ocasiones apelo, por su relevancia histórica, lo encuentro en la vida de Santo Tomás Moro. La película 'Un hombre para la eternidad' muestra cómo afrontó el dilema de actuar conforme a su conciencia, aun poniendo en peligro su vida, su prestigio y hasta el bienestar de su familia. Es bien conocido, como Enrique VIII de Inglaterra, ejemplo del autoritarismo de las monarquías absolutas y de algunas presidencias de gobiernos actuales, quiso respaldar sus caprichos con un manto de respetabilidad.
Para asegurarnos de que nuestra conciencia pueda ser norma adecuada de nuestras correctas actuaciones, conviene pertrecharnos de que esté conveniente formada para conocer la verdad y esto solo se consigue mediante el ejercicio de la prudencia. Los mayores enemigos de la buena conciencia son la soberbia, encabezando el resto de las pasiones, que son capaces de obnubilar nuestro buen juicio, haciéndonos creer que la información recibida sobre cualquier asunto, refuerza nuestras razones y la de nuestros contradictores adolecen de debilidad. La gravedad del momento histórico en el que vivimos, consiste en el alto porcentaje de los mandatarios con verdadero poder, que creen en el «buen uso de sus razones» y que aquellos que las contradicen «dan muestras de debilidad». Y eso es más peligroso, porque la integración del armamento nuclear no son más que herramientas en sí y lo verdaderamente peligroso está en el grado de cordura de quienes las puedan utilizar.
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