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Adiós a la librería 'Amapolas en octubre': la última gran felicidad colectiva de Madrid

Adiós a la librería 'Amapolas en octubre': la última gran felicidad colectiva de Madrid
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'Amapolas en octubre', en la calle Pelayo de Madrid, fue fundada por la escritora Laura Riñón Sirera en enero de 2019. Su comunidad de lectores ha reunido a gente de toda España, y también de decenas de otros países. Esta es la historia de uno de los experimentos literarios más exitosos y fascinantes de la última década.

Fachada de la librería Amapolas en Octubre, que cierra sus puertas el próximo 26 de julio. Cedida por la librería

Opinión EL LIBRO DE LA SELVA Adiós a la librería 'Amapolas en octubre': la última gran felicidad colectiva de Madrid

'Amapolas en octubre', en la calle Pelayo de Madrid, fue fundada por la escritora Laura Riñón Sirera en enero de 2019. Su comunidad de lectores ha reunido a gente de toda España, y también de decenas de otros países. Esta es la historia de uno de los experimentos literarios más exitosos y fascinantes de la última década.

Publicada 2 julio 2026 17:39h Actualizada 2 julio 2026 18:01h

Un día mencioné en la radio uno de los aniversarios de la librería 'Amapolas en octubre' y dije "diez años" en vez de "cinco" porque tenía la sensación de que todos esos libros, todas esas estanterías, llevaban allí una vida entera. Una vida mucho más larga que la de cualquiera de sus lectores.

En eso consistía el embrujo: atisbabas los butacones de terciopelo azul en la entrada de la calle Pelayo, cruzabas el escaparate acristalado, saludabas a Laura y a Sara, venerabas los retratos de Virginia Woolf, Hemingway y Capote, y tenías la sensación de que ese lugar estaba allí desde hacía siglos y que lo estaría para siempre.

"Amapolas" era la canción de Silvio Rodríguez: "Estos años son el pasado del cielo".

El conjuro, el virus que se te colaba por alguna rendija del cuerpo, vete a saber si escapado de un pangolín vendido en la carnicería del mercado de San Antón, era exactamente este: no entrabas en Amapolas para leer libros; entrabas para leer la librería.

Esta es la historia de una de las últimas felicidades colectivas de Madrid. El rastro dejado por una librería independiente que absorbía lectores de los cinco continentes. No es una exageración: una mañana, en los sillones de la entrada, me tocó explicar a unos chinos encantadores que Laura, la librera, no estaba, que volvía en un rato.

En la era de las pantallas, del individualismo rampante, Amapolas se aparecía como un espacio donde cada día, de manera repetida, la gente se dejaba caer para pasar un buen rato en comunidad. Presentaciones, conciertos, clubes de lectura, un rato de charla, lo que fuera.

'Amapolas en Octubre', nacida en realidad el 11 de enero de 2019 y nacida en la ficción cuando Gutenberg terminó la Biblia de 42 líneas, cierra. Laura Riñón Sirera, la escritora que la fundó, la cierra. El 26 de julio será la última jornada a bordo del crucero que nos descubrió todos los lugares de la estirpe de Macondo.

No habrá otra librería allí, nadie recogerá esa librería en la calle Pelayo. Un "Nada" más contundente y más sobrio que el de Carmen Laforet en la cubierta de aquel premio Nadal.

No hay en este cierre nada de crisis económica, nada de gentrificación, nada de los males endémicos de este presente que, a ratos, acaban con librerías, viejos cafés y pequeños teatros. Este es un cierre feliz porque abrocha una historia feliz.

Laura Riñón, uno de los personajes –en el sentido literario– más fascinantes del ecosistema editorial de la última década quiere vivir de otra manera, afrontar otros proyectos, escribirse de otra forma. Amapolas, aunque no como librería, seguirá. La comunidad que estos días ríe y llora en el tanatorio todavía abierto de Amapolas renacerá no sabemos cómo. Estamos viviendo la novela y no sabemos cómo acaba.

Uno de los rincones de la librería Amapolas. Cedida

Escribo esta crónica después de visitar a Laura en Amapolas por última vez; después de emborracharme metafóricamente de su hechizo. ¡Alguien se había llevado ya el cuadro de Hemingway, cabrones! Diez minutos más y no habría hecho falta metáfora. Me he cruzado en la puerta con dos cajas de vino que algún lector había enviado.

Laura, de Zaragoza pero residente en Madrid y sus arrabales, era azafata de vuelo. De niña, escribía. Diarios, papeles, cuentos, proyecciones. Una profesora del colegio le dijo que no perdiera el tiempo en eso. Y debemos darle las gracias a esa profesora.

Solemos escribir las historias de éxito apuntando a los apoyos, pero no deben olvidarse los antagonistas. Están ahí, en el envés de la vida que se trenza, sosteniéndonos desde la laguna Estigia.

Un día, Laura se bajó del avión porque quería volar de otra manera. Escribió la novela… "Amapolas en octubre" (editorial Tres Hermanas), que es la novela de una librería. Hoy, se ha editado en tropecientos formatos.

Hasta que, a finales de 2018, se quedó vacío el local del número 60 de la calle Pelayo, que había sido una tienda de ropa. Laura lo conocía porque la tienda era de una amiga suya. Y se lanzó.

Laura tiene esa manera martingaitiana de entender la existencia: Dios, la providencia, el destino, el horóscopo, que cada uno lo llame como quiera. Hay signos que deben llevarnos a la acción. Hay migas de pan que no se pueden dejar en el plato.

Se puso, literalmente, manos a la obra. Aviraneta barojiana, una mujer de acción. En el suelo, enterró un ejemplar de su novela. Hacían falta vigas, estanterías y esas cosas, pero el sostén literario era el libro donde esa librería se había escrito.

El 11 de enero de 2019, abrió Amapolas. Era el día de su cumpleaños y Laura debió de decir: "Pues sí, me he regalado una librería". Era lo que se conoce como un regalo bumerán, porque nos rebotaba a todos nosotros.

El resto es historia de un barrio, historia de una ciudad, historia reciente de la literatura. Escribía hace unas semanas sobre Adolfo Suárez –sé que este es un paralelismo marciano–, pero Laura tiene ese carisma.

Es algo difícil de explicar: un magnetismo que irradia como irradian los soles en los desiertos. Un día –estas cosas ocurrían en Amapolas– entró Mario Conde. Se juntaron los dos carismas. Yo lo vi. Y era como si fuera a explotar la bomba atómica.

Laura fue construyendo, piel con piel, y en redes sociales, una comunidad enorme. Un espíritu de colmena. Si Laura hubiera dicho "id, hijos míos, y atracad ese banco de ahí enfrente", pues habríamos robado el banco y estaríamos intercambiando libros con Ábalos.

Laura es, era, será, la alegoría de la prescripción. Eso sólo puede mantenerse como lo ha mantenido porque, en esta década enloquecida de las identidades, de los amiguismos y de la política pegajosa, el criterio en Amapolas jamás fue otro que el de la literatura.

Todos los libros eran seleccionados y defendidos por Laura y su equipo de libreras. El lector, que es un cliente, siempre tiene razón. Si vuelve, si compra, es porque el libro recomendado no ha fallado; ha hecho su trabajo. Laura no es sólo carisma, sino una radiología del que entra. Tres, cuatro minutos de conversación y sabe qué libro va a cambiarte un rato la vida.

Amapolas se fue haciendo más y más grande. En un ejercicio fantasmagórico, apareció Sara Trejo, otra librera sensacional, que es exactamente igual que Lana, otro personaje de la novela "Amapolas en octubre". De hecho, muchos lectores la llaman "Lana", y no Sara.

Sara, Lana, como quieran, es periodista además de librera. Armó conversaciones con editoriales, convirtió la librería en una barraca y hasta creó… ¡un grupo de running entre los lectores de la librería!

Me ha dicho Laura que cierra la librería sin haber tenido días malos, épocas malas. Y lo más interesante: que ni siquiera la cierra porque prevea que esos días van a llegar. Ha llegado el momento. Es el momento de cerrar porque quiere estrenar otra década prodigiosa. "El arte es largo, la vida es corta", que cantaba Rafael Berrio parafraseando a los griegos.

Antes de irme a escribir, he mirado un rato desde fuera a Amapolas. Iban desfilando en el reflejo del escaparate momentos felices, personales y colectivos: la primera vez que llevé a mis hijos a una librería, la presencia por sorpresa de grandes escritores nacionales e internacionales, la fiesta en honor de Chaves Nogales, la visita de David Summers, algunas crónicas escritas para este periódico en su planta de abajo, en los días de lluvia. ¿Cómo pudo suceder?

La gente que está dentro, que va a seguir yendo hasta el cierre del 26 de julio, ríe, llora, abraza, recuerda, como cuando alguien muere de la manera en que todos soñamos morir: acompañados, en el momento tardío, sin sufrir demasiado, creyendo que sea lo que sea que venga, será mejor, será libre, será en paz. Pero con la tristeza de la amputación de una compañía luminosa.

Un día, en Pelayo, 60, cuando una obra levante el suelo, un niño encontrará ese libro en el agujero, le quitará el polvo, lo leerá y cruzará, como Alicia, el espejo.

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