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Blanca López, con su familia Marilú Báez Regulación en España Adolescentes fuera de coberturaFamilias malagueñas desafían la presión social y acuerdan retrasar la entrega de un smartphone a sus hijos adolescentes. «No queremos que sean zombies digitales»
Domingo, 15 de febrero 2026, 00:35
CompartirLa cifras hablan por sí solas: siete de cada diez niños en España de entre 10 y 12 años tienen una red social, a pesar de que la edad legal para hacerse un perfil es de 14, lo que revela el incumplimiento generalizado de la normativa. Lo denuncia la Sociedad Española de Neurología, que alerta de que esta exposición tan temprana a los riesgos digitales tiene unas consecuencias en el desarrollo neurológico y el bienestar mental del menor. A ella se suman otras autoridades científicas y también un movimiento social (nació en Barcelona bajo el nombre Adolescencia Libre de Móviles y al que siguieron otros) que ya hace tres años dio la voz de alarma: era necesario retrasar la entrega de smartphones a los menores hasta los 16 años o más y una regulación real y efectiva del consumo de tecnologías digitales.
Por eso, en Málaga, desde la Asociación Educación Digital Responsable no acaban de entender el «revuelo» que se ha montado con el anuncio realizado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de ampliar la edad de acceso a redes sociales cuando en realidad ya hay una prohibición de hacerlo (el límite está en los 14 años) que no se está cumpliendo. En cualquier caso, valoran que el tema esté sobre la mesa, que se haya abierto este debate y confían en que finalmente no sea un «canto de sirenas», es decir, que de verdad se obligue a las plataformas digitales a implementar sistemas efectivos de verificación de edad. «Sabemos que la Agencia Española de Protección de Datos lleva dos años trabajando en ello», apostilla su presidenta María Vidal.
Neurorradióloga en el Hospital Regional de Málaga y madre de dos hijas de 13 y 10 años, siente de alguna forma que el tiempo les ha dado la razón, aunque siempre tuvo muy claro que hacía lo correcto cuando defendía que dar barra libre digital a un niño podía acabar en una borrachera con consecuencias impredecibles y que el efecto pernicioso en el control de sus emociones pasaba factura. Había que trabajar en esa regulación, como en su día se hizo con el alcohol, el tabaco o el juego, y se pusieron manos a la obra.
Vidal comprueba ahora que ese trabajo que iniciaron en 2023, cuando la tachaban de «excéntrica» o «como si estuviera loca», no ha caído en saco roto y que la denuncia de este movimiento al que se han sumado ya miles familias en el país y las reuniones con todas la formaciones políticas para transmitirles su preocupación han servido para algo: «Así que ahora que no se pongan medallas».
Desde diciembre de 2023, no entran móviles en los centros educativos andaluces, está prohibido, pero según Vidal, los profesores, gracias a la mayor concienciación que existe, son cada vez menos «policías». También son más numerosas las instituciones que cuentan con ellos para que les orienten, porque como advierte, entre el todo (el smartphone) y la nada (ningún dispositivo digital o de comunicación) hay muchos pasos intermedios que pueden darse y que pasan por móviles sin acceso a Internet (solo para llamar y recibir llamadas y SMS), control parental en los dispositivos o consultas puntuales de algún grupo de whatsapp en el móvil de los padres para evitar que el menor se sienta al margen.
En cualquier caso, nadie dijo que esta cruzada fuera fácil en una etapa, la adolescencia, ya de por sí complicada. Hay estudios que dicen que para una de cada dos familias, la gestión del tiempo de pantalla es el principal problema de la convivencia, «porque una vez que el menor tiene smartphone propio es muy difícil controlarlo y empieza el conflicto». La comunicación y la responsabilidad compartida, para que no todo recaiga en las familias, son claves para que el joven no acabe siendo un «zombie digital», rendido al scroleo en busca de recompensa inmediata. SUR ha hablado con tres familias en Málaga que cuentan por qué decidieron mantener a sus hijos libres de redes sociales.
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Blanca López, con sus hijos en casa. Marilú Báez«¿De qué sirve una prohibición del Gobierno si los padres no damos ejemplo?»
Madre de familia numerosa, Blanca López valoró durante un tiempo si darle un smartphone a la mayor de nueve hermanos era lo que más le convenía al entrar al instituto, momento en que el asunto suele plantearse en las familias. Ahora tiene 13 años y cursa segundo de la ESO y, como la mayoría de los adolescentes de su entorno, pidió un móvil al iniciar la Secundaria. Y lo tuvo, pero un teléfono sencillo, sin Internet ni redes sociales. «El yayo móvil lo llaman en clase». Una decisión muy pensada y basada, sobre todo, en una pregunta clave: ¿lo necesita de verdad?
No había urgencia ninguna en que se adentrase en un océano digital lleno de riesgos y frente al 'todo el mundo lo tiene', optaron por el análisis. Y en esa balanza, los contras pesaron más que los argumentos a favor, entre ellos, el miedo a una sobreexposición pública de la menor que la hiciese vulnerable. «No es tanto el contenido inapropiado como el hecho de abrir la puerta a cualquiera». Internet, resume, «es un espacio sin control para alguien que aún se está desarrollando».
En la familia, también sabían de la capacidad adictiva del dispositivo. Blanca habla desde la experiencia propia. «Yo soy la primera a la que le cuesta soltar el móvil», reconoce. Trabajo, familia, colegio, actividades extraescolares… «todo pasa por ahí». Y si a un adulto le cuesta desconectar, «¿cómo se le va a pedir a una niña de 13 años que lo gestione mejor?». Blanca entona el 'mea culpa', pero tiene claro que «somos las familias las que tenemos que educar» y se pregunta: «¿De qué sirve una prohibición del Gobierno si los padres no damos ejemplo?».
«Mi hija es respetada y ese respeto no le ha venido por un móvil, sino por cómo es: una buena estudiante y buena amiga»
Blanca López
Por eso en su casa la tecnología se consume con supervisión: si hay que utilizar una tablet con conexión a Internet para un trabajo se hace con herramientas de control parental (Family link) y siempre en zonas comunes de la casa y se trabaja la confianza y la comunicación con los hijos para llevarlos de la mano en el aprendizaje digital, por ejemplo, si hay que descargarse una aplicación se consulta previamente y se trabajan los permisos.
La fórmula hasta ahora funciona. Su hija se relaciona con normalidad: queda con sus amigos, juega en un equipo de baloncesto y cuando lo necesita llama por teléfono, manda mensajes y usa el correo electrónico para tareas escolares. «No está aislada», insiste su madre. «Se comunica, solo que de otra manera». Su entorno sabe que somos más restrictivos con ella, pero lo entiende. «Es respetada y ese respeto no le ha venido por un móvil, sino por cómo es: una buena estudiante, buena compañera y buena amiga».
Pese a todo y a que se ha conformado con la decisión, la menor expresa siempre que puede su deseo de tener un móvil con acceso a Internet. Es el precio de la presión social. «En cuanto se pueda, ¿me lo podéis comprar?», le reclama a los padres, quienes se muestran abiertos a considerarlo de aquí a un tiempo. La decisión, subraya Blanca, no es definitiva. «No somos talibanes». No hay una edad fijada para el smartphone, pero saben que esto «es una cuenta atrás». «Los hermanos vienen detrás y toman nota». Pero, mientras tanto, en casa prefieren ir despacio. Se moverán por necesidades, no por calendario. «Cuando realmente lo necesite, lo hablaremos». Por ahora, el móvil cumple su función: localización, seguridad y comunicación básica.
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Jacob Torres pone el reloj inteligente a su hijo. Ñito Salas«Un iPhone 16 para un niño de 12 años no entra en mi cabeza»
Su hijo tiene 12 años y acaba de empezar primero de la ESO. Cada mañana coge el autobús para llegar al instituto. En la muñeca lleva un reloj inteligente con GPS. No es un capricho ni un anticipo del smartphone: es el punto intermedio al que llegaron sus padres tras mucho pensarlo. «¿Móvil propio? No», aclara su padre. «Ha usado el mío alguna vez para mirar un resultado de fútbol o para enviar un whatsapp a la madre de algún amigo para quedar», aclara Jacob Torres. El debate, como en otras muchas casas, se abrió con el salto al instituto. Más autonomía, más trayectos solo, más necesidad de comunicación. Pensaron en un smartphone vigilado con control parental. Lo descartaron. «Lo veíamos demasiado pronto». La alternativa fue un smartwatch con geolocalización y una aplicación que solo permite llamadas y mensajes de contactos autorizados. «Mamá, papá, los abuelos, algún familiar. Nadie más».
Desde sus propios móviles, los padres administran el dispositivo: activan o desactivan funciones, fijan horarios (durante las horas de clase lo mantienen bloqueado) y restringen llamadas. La decisión, insiste, no tiene que ver con desconfianza hacia el menor que, aseguran, es buen niño, sociable y buen estudiante, sino con los riesgos del entorno digital. «El principal miedo es el contacto con gente externa que él no conoce de nada», explica. «Que a través de un juego o una aplicación alguien pueda llegar a él con fines dudosos o ilícitos». También le preocupan los contenidos. «Un iPhone 16 para un niño de 12 años no entra en mi cabeza», dice. «Y aunque pongas control parental, existen mil aplicaciones para saltárselo. Se las saben todas».
Por el momento es lo que hay; el menor no tiene whatsapp ni está en los grupos de clase. «Quiso darle mi número de móvil a sus amigos para meterme en sus grupos y así poder estar conectado indirectamente, pero me negué. Le hice ver que el móvil es personal y que si necesitaba quedar que lo hiciera en persona». El menor seguía preguntándose por qué sus amigos lo podían tener y él no. «Le explicamos que no tiene la edad apropiada, ni está preparado, ni tiene la madurez suficiente para gestionar ni la cantidad ni el tipo de información que le puede llegar y lo ha aceptado».
En casa las normas digitales empezaron mucho antes. «Desde pequeño ha tenido muy poco contacto con pantallas». Los videojuegos también tienen límites: una hora el viernes, una el sábado y otra el domingo. Sin juego online con desconocidos. «Nada de jugar con un tío en América que no sabemos quién es. Si juega al fútbol, juego yo con él».
«Mi hijo me pregunta por qué sus amigos pueden tener un móvil y él no. A los 12 años no están preparados»
Jacob Torres
En casa no temen que el menor quede descolgado tecnológicamente. «Queremos ver cómo va madurando. Esto hay que darlo con cuentagotas». Si algún día llega el smartphone y no cumple las normas, tienen claro que darán marcha atrás.
Mientras tanto, el tiempo libre se reparte entre los entrenamientos de fútbol dos días a la semana, la lectura, manualidades y diseño en el ordenador. Y algo que su padre reivindica casi como una rareza: saber esperar. «Hemos aguantado lloros en restaurantes y en aviones sin darle el móvil cuando era pequeñito. Aprendió a que todo lleva su tiempo, a desarrollar la paciencia, sin frustraciones ni exigencias».
Para Jacob, la propuesta del Gobierno de retrasar el acceso a redes sociales hasta los 16 años llega un poco tarde. Cree que el móvil puede ser útil; el problema son las plataformas. «En muchas páginas solo te preguntan si tienes más de 18, aceptas y para dentro. Debería haber un control real».
Trabaja en el ámbito sanitario y observa con preocupación el aumento de problemas de salud mental en jóvenes. «No somos conscientes de lo nocivo que puede llegar a ser». Por eso, en su casa decidieron ir despacio y juntos. «Con esto tenemos que ir a una», dice sobre el acuerdo con la madre que, aunque separado de ella, procuran ir al unísono en la educación del menor.
«Nunca debí darle un móvil a mi hija con diez años»
Belén Vidal no olvida el día en que decidió quitarle el móvil a su hija de diez años. «La hemos liado», pensó al leer los mensajes. Lo que había empezado como una medida para ganar tranquilidad (un teléfono sencillo con whatsapp y llamadas para cuando la niña bajaba sola al supermercado) terminó convirtiéndose en una lección temprana y dolorosa sobre los riesgos digitales.
La hija mayor de Belén siempre fue «muy madura para su edad». Por eso, cuando empezó a hacer pequeños recados sola, sus padres optaron por darle un móvil básico. «Era el más malo que había, solo para llamarla o hacerle una videollamada rápida», explica Belén. Al llegar a casa siempre se lo retiraban; solo lo usaba en salidas puntuales. Pero un día, en una reunión familiar, un amigo adolescente de un primo le pidió su número. Ella se lo dio sin que nadie lo supiera.
Al tiempo, una madre la llamó alarmada advirtiéndole de que ese chico le había empezado a escribir «cosas muy obscenas» a su hija, con un tono cada vez más incómodo y propuestas explícitas e irreverentes. A su hija le había escrito frases del tipo «eres muy guapa» o «podemos quedar». «Cuando vi la conversación de la otra niña me quedé ojiplática», relata Belén. Aunque su hija no llegó a leer lo más grave, el inicio era el mismo. «Sabía que aquello iría a más».
Entonces tomó una decisión radical: retirarle el móvil. Pero antes necesitaba que entendiera por qué. «La llevé al límite», reconoce. Le explicó con crudeza lo que podía esconderse detrás de ese tipo de mensajes. «Imagínate que en vez de este niño hubiera sido un adulto. Imagínate que quiere tocarte», le expuso. La niña rompió a llorar: «No quiero, qué asco». Para Belén fue un momento durísimo, pero necesario.
El móvil desapareció de su rutina durante años. La retirada no fue solo una medida tecnológica, sino una forma de protección emocional. La niña acudió al psicólogo y desarrolló cierta desconfianza hacia su entorno.
«Lo que más me preocupa de las redes sociales es que alguien que no conoce le hable y ella entable conversación»
Belén Vidal
Con el tiempo y tras mucho diálogo y acompañamiento, decidieron devolvérselo en primero de la ESO. No por convicción plena, sino por equilibrio. «No creo que tenga la madurez, pero hablamos muchísimo del tema», aclara. La experiencia previa marcó las normas: control parental exhaustivo, supervisión de conversaciones, móvil en zonas comunes, prohibido en las comidas y antes de dormir y nada de crearse perfiles en redes sociales. «En mi casa tenemos un 'aparcamiento de móviles' en la entrada. Llegas y lo dejas ahí».
Aun así, el miedo no desaparece. «Lo que más me preocupa es que alguien que no conoce le hable y ella entable conversación». La diferencia ahora es que lo cuenta. «De momento me lo dice todo», afirma.
Belén cree que la clave no es solo prohibir, sino educar. Pero si pudiera volver atrás, lo tiene claro: retrasaría el móvil. «Los niños no están preparados para gestionar todo lo que hay ahí dentro». Y aquella retirada temprana, dolorosa y controvertida fue para ella el primer paso para comprenderlo.
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