En la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, en la Guerra Fría, la posición de Groenlandia la transformó en plataforma de vigilancia y alerta temprana, un punto fijo en la estrategia atlántica mientras el mundo se repartía en bloques. Hoy, con el Ártico abriéndose, las rutas cambiando y el pulso entre potencias volviendo a endurecerse, la isla vuelve a ocupar el centro del tablero… solo que esta vez la inquietud no viene exactamente de donde siempre.
La gran pregunta. Ahora que las tropas europeas empiezan a pisar Groenlandia por petición de Dinamarca, el foco ya no está solo en Rusia o China, sino en un dilema mucho más incómodo: qué ocurre si el agresor no es “de fuera”, sino Estados Unidos.
La isla, semiautónoma dentro del Reino de Dinamarca, se ha convertido en una pieza de alto valor estratégico en el Ártico y también en un detonador político, porque una invasión estadounidense no sería solo una crisis territorial: sería una crisis de sistema, el tipo de choque que pone a prueba si las alianzas son reglas o simplemente relaciones de conveniencia mientras todo va bien.
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Lo que ya tiene Washington. Lo hemos contado antes. La paradoja es que Estados Unidos no parte de cero: lleva allí desde la Segunda Guerra Mundial y aún conserva una instalación crucial, la Pituffik Space Base, heredera de la vieja Thule de la Guerra Fría, hoy ligada a vigilancia espacial, alerta de misiles y defensa. El despliegue real es reducido, en torno a unos 200 efectivos, lo que subraya una contradicción central: si la amenaza fuese tan urgente como se afirma, Washington podría aumentar presencia con lo que ya le permite el marco existente en vez de hablar de “adquisición”.
De hecho, el origen legal de esa presencia se remonta al acuerdo que explicamos de 1941 con Dinamarca para defender la isla, y la historia de bases, repostaje transatlántico y control ártico demuestra que Groenlandia siempre fue un activo militar, solo que ahora el argumento de seguridad se ha convertido en argumento de propiedad.
Control como objetivo. Trump justifica la idea de tomar Groenlandia por “seguridad nacional”, señalando destructores rusos, buques chinos y submarinos como si el entorno estuviera ya al borde del colapso. Pero incluso voces expertas dentro del análisis ártico describen esa presión operativa en torno a Groenlandia como limitada o, en términos prácticos, poco determinante: Rusia opera sobre todo en otros sectores del Ártico y el empuje chino en la región es más relevante en el Pacífico Norte que en esa franja.
Aun así, la Casa Blanca ha dejado algo todavía más inquietante que la retórica naval: que el envío de tropas europeas no cambia su objetivo “en absoluto”, es decir, que el debate ya no es si hay que blindar la isla, sino quién la posee.
Auroras en la base de Thule
Llega Europa. Dinamarca ha respondido pidiendo apoyo y varios aliados (Alemania, Francia, Noruega, Finlandia y Suecia) han empezado a desplegar equipos y unidades en ejercicios y misiones que buscan crear una presencia más estable durante 2026.
Todavía es un movimiento pequeño en número, pero enorme en significado: Europa intenta dibujar una línea política, elevar el coste de cualquier paso unilateral y transmitir que Groenlandia no es un asunto bilateral entre Washington y Copenhague, sino un problema de seguridad europeo. Ocurre que esa misma dimensión simbólica revela el límite: no es un escudo militar capaz de frenar a Estados Unidos, es un mensaje para evitar que el escenario exista.
La OTAN ante lo impensable. Si Washington invadiera Groenlandia, la OTAN entraría en un territorio para el que no fue diseñada: la alianza nació para protegerse de un agresor externo, no para gestionar una agresión interna. El Artículo 5 dice que un ataque a uno es un ataque a todos, pero no contempla de forma clara qué sucede si el atacante es el miembro dominante.
Y ahí aparece la grieta estructural: técnicamente, Estados Unidos podría bloquear cualquier reacción operativa de la propia OTAN, dejando a la organización paralizada, “atascada”, sin capacidad de intervenir en defensa de Dinamarca. El resultado sería devastador no solo por Groenlandia, sino por la credibilidad: si la OTAN no puede reaccionar en una crisis tan básica, queda hueca, y esa debilidad podría, por ejemplo, invitar a Rusia a probar suerte en otro punto del mapa, explotando el caos interno.
No hay salida. Hay quienes interpretan las amenazas como táctica de presión: elevar el drama para forzar más recursos aliados en el Ártico y colocar la seguridad polar en el centro de la agenda, algo que llevaba años infraatendido. De hecho, el debate sobre rutas abiertas por el deshielo y mayor actividad ruso-china ha ido creciendo, y la crisis actual empuja a la OTAN a mirar al norte con otra seriedad.
Pero la lógica de “es solo negociación” no elimina el riesgo: en Estados Unidos hay apoyo público a la alianza y se apunta al Congreso como posible freno si el presidente intentara cruzar la línea, aunque al mismo tiempo ya aparecen políticos dispuestos a legitimar una anexión por vía legislativa. En otras palabras: incluso si no ocurre, la posibilidad ya está contaminando el vínculo transatlántico.
El artículo 42.7. Si la OTAN quedara neutralizada por la asimetría interna, Dinamarca tendría un camino alternativo dentro de la UE: el Artículo 42.7, la cláusula de asistencia mutua. Su lenguaje es contundente (obliga a “ayuda y asistencia por todos los medios a su alcance”) y, en lo retórico, suena incluso más firme que el Artículo 5 de la OTAN, que deja más margen a la discrecionalidad nacional.
Además, ya se activó una vez, en 2015, tras los atentados de París, lo que muestra que existe y puede usarse, aunque también evidencia su naturaleza real: la UE no actúa como ejército, sino como coordinación de voluntades, y la ayuda debe negociarse país a país.
El problema de Groenlandia. Aquí aparece la complicación jurídica y política más delicada: Groenlandia no es parte de la UE, se fue del marco comunitario en 1985 y hoy es un territorio de ultramar asociado, lo que abre dudas sobre hasta qué punto la defensa europea se aplica “de pleno”.
Hay voces en Bruselas que sostienen que sí porque es territorio del Reino de Dinamarca, pero no existe un dictamen definitivo y, en cualquier caso, la ejecución no pasa por tribunales ni por mecanismos automáticos. En un conflicto real contra una gran potencia, nadie va a “ganar” por vía judicial: lo que a priori manda es la capacidad y, sobre todo, la voluntad política.
La “única” salida europea. Recordaban esta semana en Político que la conclusión más fría es que la probabilidad de una guerra UE-EEUU es, en términos prácticos, más bien nula: la UE carece de estructura militar integrada para sostenerla y Washington tiene dominio escalatorio en cada peldaño de intensidad, pudiendo subir el nivel y seguir teniendo ventaja.
Pero eso no deja a Europa congelada: ese 42.7 permite respuestas políticas, económicas y estratégicas con un objetivo distinto al combate directo, que es elevar costes y aislar. Se habla de sanciones, de un catálogo de contramedidas, de restringir acceso a mercado, limitar sobrevuelo, y hasta medidas tan radicales como expulsar presencia militar estadounidense de ciertas bases europeas, además de despliegues limitados y apoyo bilateral entre estados miembros. En ese marco, la UE no sería un “escudo”, pero sí podría convertirse en una palanca de presión sistemática.
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El desenlace estratégico. Si se quiere, la cuestión final no es si Europa tiene fuerza para detener un desembarco estadounidense, sino qué arquitectura de seguridad queda si un país funda la OTAN, domina su maquinaria y luego amenaza con llevarse por delante a un aliado para “hacer la alianza más eficaz” bajo su control. Si eso ocurre, la OTAN no explota por un misil ruso, sino por una contradicción interna: el sistema que debía unir se vuelve incapaz de arbitrar su propia coherencia.
En ese escenario, la defensa de Groenlandia deja de ser una discusión geográfica y pasa a ser lo más parecido a un plebiscito sobre el sentido de las reglas occidentales: o existe un límite real incluso para el más fuerte, o el mensaje es que la seguridad colectiva solo funciona mientras el líder decide que funcione.
Imagen | Arctic Wolves, NASA, USACE NY, NATO North Atlantic Treaty Organization, U.S. Army
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La noticia
Ahora que Europa ha enviado sus tropas a Groenlandia, emerge una pregunta que nadie quiere hacer: ¿qué pasa si EEUU la invade?
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
Ahora que Europa ha enviado sus tropas a Groenlandia, emerge una pregunta que nadie quiere hacer: ¿qué pasa si EEUU la invade?
Si eso ocurre, la OTAN no explota por un misil ruso, sino por una contradicción interna
En la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, en la Guerra Fría, la posición de Groenlandia la transformó en plataforma de vigilancia y alerta temprana, un punto fijo en la estrategia atlántica mientras el mundo se repartía en bloques. Hoy, con el Ártico abriéndose, las rutas cambiando y el pulso entre potencias volviendo a endurecerse, la isla vuelve a ocupar el centro del tablero… solo que esta vez la inquietud no viene exactamente de donde siempre.
La gran pregunta. Ahora que las tropas europeas empiezan a pisar Groenlandia por petición de Dinamarca, el foco ya no está solo en Rusia o China, sino en un dilema mucho más incómodo: qué ocurre si el agresor no es “de fuera”, sino Estados Unidos.
La isla, semiautónoma dentro del Reino de Dinamarca, se ha convertido en una pieza de alto valor estratégico en el Ártico y también en un detonador político, porque una invasión estadounidense no sería solo una crisis territorial: sería una crisis de sistema, el tipo de choque que pone a prueba si las alianzas son reglas o simplemente relaciones de conveniencia mientras todo va bien.
Lo que ya tiene Washington. Lo hemos contado antes. La paradoja es que Estados Unidos no parte de cero: lleva allí desde la Segunda Guerra Mundial y aún conserva una instalación crucial, la Pituffik Space Base, heredera de la vieja Thule de la Guerra Fría, hoy ligada a vigilancia espacial, alerta de misiles y defensa. El despliegue real es reducido, en torno a unos 200 efectivos, lo que subraya una contradicción central: si la amenaza fuese tan urgente como se afirma, Washington podría aumentar presencia con lo que ya le permite el marco existente en vez de hablar de “adquisición”.
De hecho, el origen legal de esa presencia se remonta al acuerdo que explicamos de 1941 con Dinamarca para defender la isla, y la historia de bases, repostaje transatlántico y control ártico demuestra que Groenlandia siempre fue un activo militar, solo que ahora el argumento de seguridad se ha convertido en argumento de propiedad.
Control como objetivo. Trump justifica la idea de tomar Groenlandia por “seguridad nacional”, señalando destructores rusos, buques chinos y submarinos como si el entorno estuviera ya al borde del colapso. Pero incluso voces expertas dentro del análisis ártico describen esa presión operativa en torno a Groenlandia como limitada o, en términos prácticos, poco determinante: Rusia opera sobre todo en otros sectores del Ártico y el empuje chino en la región es más relevante en el Pacífico Norte que en esa franja.
Aun así, la Casa Blanca ha dejado algo todavía más inquietante que la retórica naval: que el envío de tropas europeas no cambia su objetivo “en absoluto”, es decir, que el debate ya no es si hay que blindar la isla, sino quién la posee.
Auroras en la base de Thule
Llega Europa. Dinamarca ha respondido pidiendo apoyo y varios aliados (Alemania, Francia, Noruega, Finlandia y Suecia) han empezado a desplegar equipos y unidades en ejercicios y misiones que buscan crear una presencia más estable durante 2026.
Todavía es un movimiento pequeño en número, pero enorme en significado: Europa intenta dibujar una línea política, elevar el coste de cualquier paso unilateral y transmitir que Groenlandia no es un asunto bilateral entre Washington y Copenhague, sino un problema de seguridad europeo. Ocurre que esa misma dimensión simbólica revela el límite: no es un escudo militar capaz de frenar a Estados Unidos, es un mensaje para evitar que el escenario exista.
La OTAN ante lo impensable. Si Washington invadiera Groenlandia, la OTAN entraría en un territorio para el que no fue diseñada: la alianza nació para protegerse de un agresor externo, no para gestionar una agresión interna. El Artículo 5 dice que un ataque a uno es un ataque a todos, pero no contempla de forma clara qué sucede si el atacante es el miembro dominante.
Y ahí aparece la grieta estructural: técnicamente, Estados Unidos podría bloquear cualquier reacción operativa de la propia OTAN, dejando a la organización paralizada, “atascada”, sin capacidad de intervenir en defensa de Dinamarca. El resultado sería devastador no solo por Groenlandia, sino por la credibilidad: si la OTAN no puede reaccionar en una crisis tan básica, queda hueca, y esa debilidad podría, por ejemplo, invitar a Rusia a probar suerte en otro punto del mapa, explotando el caos interno.
No hay salida. Hay quienes interpretan las amenazas como táctica de presión: elevar el drama para forzar más recursos aliados en el Ártico y colocar la seguridad polar en el centro de la agenda, algo que llevaba años infraatendido. De hecho, el debate sobre rutas abiertas por el deshielo y mayor actividad ruso-china ha ido creciendo, y la crisis actual empuja a la OTAN a mirar al norte con otra seriedad.
Pero la lógica de “es solo negociación” no elimina el riesgo: en Estados Unidos hay apoyo público a la alianza y se apunta al Congreso como posible freno si el presidente intentara cruzar la línea, aunque al mismo tiempo ya aparecen políticos dispuestos a legitimar una anexión por vía legislativa. En otras palabras: incluso si no ocurre, la posibilidad ya está contaminando el vínculo transatlántico.
El artículo 42.7. Si la OTAN quedara neutralizada por la asimetría interna, Dinamarca tendría un camino alternativo dentro de la UE: el Artículo 42.7, la cláusula de asistencia mutua. Su lenguaje es contundente (obliga a “ayuda y asistencia por todos los medios a su alcance”) y, en lo retórico, suena incluso más firme que el Artículo 5 de la OTAN, que deja más margen a la discrecionalidad nacional.
Además, ya se activó una vez, en 2015, tras los atentados de París, lo que muestra que existe y puede usarse, aunque también evidencia su naturaleza real: la UE no actúa como ejército, sino como coordinación de voluntades, y la ayuda debe negociarse país a país.
El problema de Groenlandia. Aquí aparece la complicación jurídica y política más delicada: Groenlandia no es parte de la UE, se fue del marco comunitario en 1985 y hoy es un territorio de ultramar asociado, lo que abre dudas sobre hasta qué punto la defensa europea se aplica “de pleno”.
Hay voces en Bruselas que sostienen que sí porque es territorio del Reino de Dinamarca, pero no existe un dictamen definitivo y, en cualquier caso, la ejecución no pasa por tribunales ni por mecanismos automáticos. En un conflicto real contra una gran potencia, nadie va a “ganar” por vía judicial: lo que a priori manda es la capacidad y, sobre todo, la voluntad política.
La “única” salida europea. Recordaban esta semana en Político que la conclusión más fría es que la probabilidad de una guerra UE-EEUU es, en términos prácticos, más bien nula: la UE carece de estructura militar integrada para sostenerla y Washington tiene dominio escalatorio en cada peldaño de intensidad, pudiendo subir el nivel y seguir teniendo ventaja.
Pero eso no deja a Europa congelada: ese 42.7 permite respuestas políticas, económicas y estratégicas con un objetivo distinto al combate directo, que es elevar costes y aislar. Se habla de sanciones, de un catálogo de contramedidas, de restringir acceso a mercado, limitar sobrevuelo, y hasta medidas tan radicales como expulsar presencia militar estadounidense de ciertas bases europeas, además de despliegues limitados y apoyo bilateral entre estados miembros. En ese marco, la UE no sería un “escudo”, pero sí podría convertirse en una palanca de presión sistemática.
El desenlace estratégico. Si se quiere, la cuestión final no es si Europa tiene fuerza para detener un desembarco estadounidense, sino qué arquitectura de seguridad queda si un país funda la OTAN, domina su maquinaria y luego amenaza con llevarse por delante a un aliado para “hacer la alianza más eficaz” bajo su control. Si eso ocurre, la OTAN no explota por un misil ruso, sino por una contradicción interna: el sistema que debía unir se vuelve incapaz de arbitrar su propia coherencia.
En ese escenario, la defensa de Groenlandia deja de ser una discusión geográfica y pasa a ser lo más parecido a un plebiscito sobre el sentido de las reglas occidentales: o existe un límite real incluso para el más fuerte, o el mensaje es que la seguridad colectiva solo funciona mientras el líder decide que funcione.