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Albares o el nuevo conde don Julián: ni siquiera ahora convoca a la embajadora marroquí

Albares o el nuevo conde don Julián: ni siquiera ahora convoca a la embajadora marroquí
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El conde don Julián tiene en Albares un heredero que hiede a complicidad con Rabat.

El ministro José Manuel Albares. EFE Efe

Columnas ALIKINDOI Albares o el nuevo conde don Julián: ni siquiera ahora convoca a la embajadora marroquí

El conde don Julián tiene en Albares un heredero que hiede a complicidad con Rabat.

Publicada 26 agosto 2026 02:26h

En Rabat no se improvisan las palabras cuando se pronuncian ante Mohamed VI.

Cuando Ahmed Toufiq, titular marroquí de Asuntos Islámicos, reivindicó este lunes en el Palacio Real "la lucha sagrada" de los marroquíes "para liberar las ciudades ocupadas" de Ceuta y Melilla, no estaba oficiando una velada devota.

Estaba pronunciando un discurso netamente político con vestimenta litúrgica ante y en nombre del rey de Marruecos, comandante de los creyentes, y del príncipe heredero, el primer ministro, los presidentes de ambas Cámaras, el Gobierno en pleno y los altos mandos y representantes de las instituciones del Estado.

Convertir la celebración del nacimiento del Profeta en el marco para reclamar la "liberación" de dos ciudades españolas es pura instrumentalización.

Ahí reside la vileza concreta de la operación: convertir la reivindicación de Ceuta y Melilla, que no es continuación de ninguna controversia jurídica abierta, en un relato de Estado que combina religión, historia, poder institucional y presión fronteriza.

El Tratado de Wad-Ras, firmado en Tetuán el 26 de abril de 1860, puso fin a la Guerra de África y consolidó jurídicamente importantes cuestiones territoriales. Amplió los límites de Ceuta, ratificó el convenio de 1859 relativo a Melilla y sus perímetros, y estableció otras cesiones territoriales a España.

Mohamed VI. Foto de archivo

Pero Ceuta y Melilla no nacieron como territorios españoles en 1860. Melilla estaba bajo soberanía española desde 1497, y Ceuta pasó de Portugal a España en 1668.

El propio Consejo de Estado recuerda algo que convendría repetir cuando Rabat invoca una supuesta geografía política inevitable: ambas ciudades pertenecían a España antes de que existiera el actual Reino de Marruecos.

Marruecos negoció, perdió una guerra y firmó. La historia diplomática de estas plazas está documentada, delimitada y ratificada.

Lo que están construyendo Toufiq y, días antes, el ministro de Justicia Abdellatif Ouahbi (que reclamó el "retorno al seno de la patria" invocando un "derecho histórico y geográfico") no es la prolongación de un litigio, sino su sustitución por un relato nuevo, útil ahora mismo.

Un revisionismo estratégico propio de una potencia que se sabe apoyada en sus afanes neocolonialistas por Estados Unidos e Israel.

Nuestro Ministerio de Exteriores apenas ha emitido una lánguida nota de prensa rechazando "tajantemente" este planteamiento, pero a nadie ha pedido explicaciones. La embajadora de Marruecos sigue, presumiblemente, tomando café con toda tranquilidad en su residencia de Madrid.

Resulta difícil no preguntarse qué clase de diplomacia produce un ministro como José Manuel Albares, que parece tan dispuesto a castigar la discrepancia interna dentro del cuerpo diplomático como poco dispuesto a incomodar al vecino exterior que pretende "liberar" territorio español.

Cuando Italia amenazó este verano con cerrar el espacio Schengen a cuenta de la crisis migratoria de Ceuta, el ministro José Manuel Albares convocó al embajador italiano en cuestión de horas. Cuando Javier Milei llamó "corrupta" a Begoña Gómez, España retiró a su embajadora en Buenos Aires y exigió disculpas públicas al Gobierno argentino.

Es decir, que Albares, con toda su risible pompa y circunstancia, sabe, cuando quiere, mover los resortes de la protesta formal y la exigencia de rectificación.

🇲🇦 Marruecos se quita la careta con Ceuta: tras la invasión, la reivindicación

👉 Marruecos ha dado un nuevo paso y ha elevado su ofensiva dialéctica para reivindicar a Ceuta y Melilla. El ministro marroquí de Asuntos Islámicos ha reclamado la soberanía sobre las que denomina… pic.twitter.com/AQphKNJw0k

— EL ESPAÑOL (@elespanolcom) August 25, 2026

Sin embargo, no ha sabido, o no ha querido, o no ha podido hacerlo cuando una potencia extranjera cuestiona la soberanía de dos ciudades españolas desde el corazón mismo de sus instituciones. Simplemente ha mirado hacia otro lado, como el resentido conde don Julián de Ceuta, que no necesitó empuñar un arma para hundir el reino visigodo. Le bastó con silbar y facilitar el paso a los musulmanes.

Don Julián no necesitó una traición espectacular para pasar a la historia. Le bastó con no defender lo que tenía encomendado defender cuando llegó el momento de hacerlo.

Trece siglos después, España tiene en José Manuel Albares un heredero de ese silencio calculado que hiede a complicidad.

Marruecos está haciendo algo mucho más sofisticado que reivindicar sentimentalmente un territorio. Está construyendo legitimidad.

Utiliza la historia, la religión y la autoridad del monarca para convertir una reclamación política en una cuestión de identidad nacional atravesada por la religión. Y lo hace sin rubor desde las propias instituciones del Estado, que para eso es el monarca absoluto.

España debería responder a esa operación con algo bastante más poderoso que otra apelación emocional. No necesitamos demostrar que Ceuta y Melilla son españolas, sólo articular hechos documentados, Derecho internacional, soberanía efectiva y capacidad de defensa desde una responsabilidad profundamente europea.

Con la entrada de 80.000 personas procedentes de Marruecos el pasado del 30 de julio, Rabat ha puesto en evidencia hasta qué punto Ceuta es vulnerable.

Casi un mes después, varios miles permanecen en territorio español.

Desde el primer día, el presidente de Ceuta y la ciudadanía al completo reclamamos al Estado que asumiera el control, coordinara sus recursos y tratara la situación como lo que era, no como un problema administrativo que pudiera resolverse a golpe de transferencia económica.

Pero el Gobierno de España ha tardado ¡veintiséis días! en declarar Ceuta situación de interés para la Seguridad Nacional y crear un mando único.

Ha esperado al regreso de Pedro Sánchez a Madrid, en la misma semana en que un puñado de ministros (Albares incluido) desfilarán en el Congreso contradiciéndose e intentando ocultar sin éxito la inoperancia y la mezquindad de un abandono palmario, dispuesto por el presidente del Gobierno desde su retiro vacacional en Lanzarote.

Para muchos, España no está preparada para una crisis de seguridad grave en el Estrecho, y menos para lo que está sonando como una declaración de guerra de ocupación con sordina religiosa.

José Manuel Albares. Foto de archivo

Marruecos no puede competir con el Ejército español en términos convencionales. Pero nuestra vulnerabilidad no es militar en sentido clásico. Es política, geográfica y logística. Ceuta y Melilla son ciudades pequeñas, de difícil refuerzo rápido, dependientes de una respuesta que llegue a tiempo desde la Península o desde Europa.

No hace falta declarar abiertamente una guerra para plantear una amenaza estratégica. Basta con construir durante años el relato que haga imaginable, legítima y finalmente inevitable una determinada reivindicación.

Por eso España no necesita competir con Marruecos en propaganda histórica, sino algo mucho más serio. Necesita conocer su propia historia y defender sin complejos su soberanía, que se sustenta en títulos jurídicos, reconocimiento internacional, ejercicio efectivo y voluntad democrática de sus ciudadanos.

La disuasión empieza mucho antes de que sea necesario utilizar la fuerza. Empieza cuando el adversario sabe que existe tanto la voluntad como la capacidad para defender lo que se considera irrenunciable. Por eso la pregunta no es qué pretende Marruecos, porque ya lo sabemos, sino qué hará España cuando Marruecos deje de insinuarlo y empiece a exigirlo todavía más alto.

Porque el verdadero peligro de tener un nuevo conde don Julián no es que abra las puertas, sino que, cuando alguien venga a derribarlas, se limite a coger de las solapas al vecino que se lo advierte.

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