En los conflictos modernos, un solo interceptor antimisiles puede costar más que una vivienda en una gran ciudad europea, mientras que el dron que intenta derribar puede fabricarse por el precio de un utilitario. Aun así, en apenas unos días de combate moderno, ejércitos enteros pueden consumir el equivalente a años de producción industrial, revelando por el camino hasta qué punto la guerra actual se libra tanto en el frente como en las fábricas.
Comiendo años de arsenales en semanas. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase de consumo acelerado de munición sin precedentes, una donde en apenas días se han gastado volúmenes de misiles equivalentes a años de producción, especialmente en sistemas como los Tomahawk, Patriot o THAAD, cuyo coste es millonario y cuya reposición puede tardar años.
Esta dinámica no solo está disparando el coste económico y la presión política en Washington, sino que también expone una vulnerabilidad estructural: las grandes potencias simplemente no están preparadas para sostener guerras prolongadas de alta intensidad, especialmente cuando deben simultanear compromisos globales frente a rivales como China o Rusia.
En Xataka
Tienen que estar mal las cosas para que EEUU haya tomado una decisión inédita: extender la vida de su portaaviones dinosaurio
La advertencia de Rheinmetall. Y es en este punto donde ha aparecido una de las voces más autorizadas para hablar de arsenales. El aviso más contundente llega desde la mayor industria armamentística europea, cuyo director ejecutivo, Armin Papperger, ha señalado en una entrevista a la CNBC que los arsenales de defensa aérea en Europa, Estados Unidos y Oriente Próximo están prácticamente vacíos y que, si la guerra se prolonga apenas un mes más, podrían agotarse casi por completo.
El escenario que ha dibujado es completamente inédito y la advertencia no es teórica, sino el reflejo de una realidad ya visible: la demanda de misiles es “insana”, los almacenes están al límite y la industria no puede aumentar la producción al ritmo necesario, creando un horizonte temporal muy concreto en el que el conflicto debe resolverse o transformarse radicalmente en algo muy peligroso.
La paradoja del coste. En el centro del problema está una ecuación insostenible desde hace semanas: mientras Irán emplea drones baratos y fácilmente producibles, Estados Unidos y sus aliados los interceptan con misiles que cuestan millones, multiplicando el desgaste económico y material.
Esta asimetría, que ya la habíamos visto en menor medida en Ucrania, convierte la guerra en una especie de competición de desgaste donde no gana quien golpea más fuerte, sino quien puede resistir más tiempo produciendo y consumiendo proyectiles, y donde incluso una defensa exitosa implica un agotamiento acelerado de recursos críticos.
La guerra como “competición de salvas”. El conflicto ha evolucionado así hacia una enrevesada lógica de intercambio constante de ataques masivos, una donde la clave ya no es la superioridad aérea absoluta, sino la profundidad de los arsenales disponibles en cada bando.
En ese sentido, la mayoría de los analistas coinciden en que el desenlace puede depender de una situación insólita en las guerras modernas: simplemente de quién agote antes sus reservas, ya que ni siquiera los sistemas de defensa más avanzados pueden garantizar una protección total, y cada impacto que atraviesa las defensas puede tener consecuencias estratégicas y psicológicas desproporcionadas, como hemos visto esta semana.
El escenario sin misiles: cuerpo a cuerpo. Si se alcanza ese punto crítico que anticipa Rheinmetall, la guerra no se detendrá al instante, sino que muy posiblemente mutará hacia formas más peligrosas: un mayor uso de artillería convencional, la aparición de operaciones especiales o incluso ataques menos precisos que incrementan el riesgo para los soldados y elevan la probabilidad de errores o daños colaterales en entornos urbanos e infraestructuras críticas.
De hecho, casi a la misma vez que el CEO de Rheinmetall descubría el futuro que le espera a la guerra en Oriente sin misiles, Israel dejaba caer que era el momento de la “caballería” en tierra. Porque la pérdida de capacidad de ataque y defensa de precisión elimina una de las principales barreras de contención del conflicto moderno, haciendo que la violencia se vuelva más directa, expuesta y difícil de controlar. En definitiva, mucho más peligrosa.
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Victoria rápida o desgaste. Así, mientras líderes como Netanyahu insisten en que los objetivos militares son alcanzables y el conflicto podría terminar antes de lo previsto, la realidad sobre el terreno apunta a lo contrario: una guerra de desgaste que ya ha superado las previsiones iniciales y que está forzando decisiones estratégicas bajo presión material.
En este contexto, el verdadero factor decisivo deja de ser la potencia militar inmediata y pasa a ser la capacidad industrial y logística, lo que convierte cada semana de conflicto en una carrera contrarreloj entre agotar al enemigo o llegar primero al límite propio.
Porque la gran paradoja, recordada por Alemania, es que cuando fallen los misiles no solo caerán las defensas, caerá el último muro invisible que contenía las bajas humanas, y con él, la guerra dejará de ser precisa para volverse inevitablemente más letal.
Imagen | DoD, Bernd vdB
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La noticia
Alemania sospecha qué le va a ocurrir a la guerra en Irán si llega a mayo: el número de bajas humanas se va a disparar
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Xataka
por
Miguel Jorge
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Alemania sospecha qué le va a ocurrir a la guerra en Irán si llega a mayo: el número de bajas humanas se va a disparar
Cuando fallen los misiles no solo caerán las defensas, caerá el último muro invisible que contenía las bajas humanas
En los conflictos modernos, un solo interceptor antimisiles puede costar más que una vivienda en una gran ciudad europea, mientras que el dron que intenta derribar puede fabricarse por el precio de un utilitario. Aun así, en apenas unos días de combate moderno, ejércitos enteros pueden consumir el equivalente a años de producción industrial, revelando por el camino hasta qué punto la guerra actual se libra tanto en el frente como en las fábricas.
Comiendo años de arsenales en semanas. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase de consumo acelerado de munición sin precedentes, una donde en apenas días se han gastado volúmenes de misiles equivalentes a años de producción, especialmente en sistemas como los Tomahawk, Patriot o THAAD, cuyo coste es millonario y cuya reposición puede tardar años.
Esta dinámica no solo está disparando el coste económico y la presión política en Washington, sino que también expone una vulnerabilidad estructural: las grandes potencias simplemente no están preparadas para sostener guerras prolongadas de alta intensidad, especialmente cuando deben simultanear compromisos globales frente a rivales como China o Rusia.
La advertencia de Rheinmetall. Y es en este punto donde ha aparecido una de las voces más autorizadas para hablar de arsenales. El aviso más contundente llega desde la mayor industria armamentística europea, cuyo director ejecutivo, Armin Papperger, ha señalado en una entrevista a la CNBC que los arsenales de defensa aérea en Europa, Estados Unidos y Oriente Próximo están prácticamente vacíos y que, si la guerra se prolonga apenas un mes más, podrían agotarse casi por completo.
El escenario que ha dibujado es completamente inédito y la advertencia no es teórica, sino el reflejo de una realidad ya visible: la demanda de misiles es “insana”, los almacenes están al límite y la industria no puede aumentar la producción al ritmo necesario, creando un horizonte temporal muy concreto en el que el conflicto debe resolverse o transformarse radicalmente en algo muy peligroso.
La paradoja del coste. En el centro del problema está una ecuación insostenible desde hace semanas: mientras Irán emplea drones baratos y fácilmente producibles, Estados Unidos y sus aliados los interceptan con misiles que cuestan millones, multiplicando el desgaste económico y material.
Esta asimetría, que ya la habíamos visto en menor medida en Ucrania, convierte la guerra en una especie de competición de desgaste donde no gana quien golpea más fuerte, sino quien puede resistir más tiempo produciendo y consumiendo proyectiles, y donde incluso una defensa exitosa implica un agotamiento acelerado de recursos críticos.
La guerra como “competición de salvas”. El conflicto ha evolucionado así hacia una enrevesada lógica de intercambio constante de ataques masivos, una donde la clave ya no es la superioridad aérea absoluta, sino la profundidad de los arsenales disponibles en cada bando.
En ese sentido, la mayoría de los analistas coinciden en que el desenlace puede depender de una situación insólita en las guerras modernas: simplemente de quién agote antes sus reservas, ya que ni siquiera los sistemas de defensa más avanzados pueden garantizar una protección total, y cada impacto que atraviesa las defensas puede tener consecuencias estratégicas y psicológicas desproporcionadas, como hemos visto esta semana.
El escenario sin misiles: cuerpo a cuerpo. Si se alcanza ese punto crítico que anticipa Rheinmetall, la guerra no se detendrá al instante, sino que muy posiblemente mutará hacia formas más peligrosas: un mayor uso de artillería convencional, la aparición de operaciones especiales o incluso ataques menos precisos que incrementan el riesgo para los soldados y elevan la probabilidad de errores o daños colaterales en entornos urbanos e infraestructuras críticas.
De hecho, casi a la misma vez que el CEO de Rheinmetall descubría el futuro que le espera a la guerra en Oriente sin misiles, Israel dejaba caer que era el momento de la “caballería” en tierra. Porque la pérdida de capacidad de ataque y defensa de precisión elimina una de las principales barreras de contención del conflicto moderno, haciendo que la violencia se vuelva más directa, expuesta y difícil de controlar. En definitiva, mucho más peligrosa.
Victoria rápida o desgaste. Así, mientras líderes como Netanyahu insisten en que los objetivos militares son alcanzables y el conflicto podría terminar antes de lo previsto, la realidad sobre el terreno apunta a lo contrario: una guerra de desgaste que ya ha superado las previsiones iniciales y que está forzando decisiones estratégicas bajo presión material.
En este contexto, el verdadero factor decisivo deja de ser la potencia militar inmediata y pasa a ser la capacidad industrial y logística, lo que convierte cada semana de conflicto en una carrera contrarreloj entre agotar al enemigo o llegar primero al límite propio.
Porque la gran paradoja, recordada por Alemania, es que cuando fallen los misiles no solo caerán las defensas, caerá el último muro invisible que contenía las bajas humanas, y con él, la guerra dejará de ser precisa para volverse inevitablemente más letal.