- IÑAKI GARAY
El caso de Noelia Castillo ha sobrecogido a la sociedad. Cuando la gente piensa en la eutanasia viene a la mente la imagen de una persona muy enferma, generalmente de avanzada edad y en una situación irreversible, que no quiere alargar su agonía. Casi nadie piensa en una joven de 25 años a la que no acecha una enfermedad terminal. En el primer caso estaríamos hablando de que el Estado y la ley están asistiendo a la persona en la muerte, mientras que en el segundo se podría decir que se le está asistiendo en el suicidio. La pregunta que surge es si no sería mucho más razonable en este segundo caso, en el que la muerte es evitable, que el Estado ofreciera alguna otra alternativa. Si crees en la libertad es fácil entender que alguien pueda tener derecho a quitarse la vida si así lo desea, pero es más discutible que el Estado tenga que asistirte o garantizarte ese suicidio. Por decirlo de alguna manera, es un contrasentido que el Estado te ayude a suicidarte y al mismo tiempo te multe por no llevar casco en la moto.
Si no hubiera aparecido en medios, el caso de Noelia sería uno de tantos. Cada año se suicidan en España más de 4.000 personas, de las cuales aproximadamente un 10% están en el mismo rango de edad que Noelia, entre 15 y 29 años. De hecho, en este rango el suicidio es la primera causa de muerte. Tener instintos suicidas es más habitual de lo que la gente cree. Aproximadamente un 14% de la población los tiene, y ese porcentaje se eleva al 30% entre jóvenes de entre 15 y 29 años. Incluso con los nuevos instrumentos de control social, cada vez más sofisticados, ¿quién nos garantiza que el suicidio no se pueda, en un futuro no tan lejano, inducir? Por lo tanto, al margen de lo que ha ocurrido con Noelia, merece la pena prestarle algo de atención.
La historia de Noelia es triste en sí por la dramática situación que arrastra. Una niña que fue separada de sus padres y que acabó en un centro de acogida, con lo que eso puede suponer en su situación psicológica, y que, además, sufrió abusos sexuales, que la llevaron a intentar suicidarse. Si Noelia hubiera nacido en una familia estructurada y con recursos, incluso arrastrando problemas similares a los que ha sufrido, quizás no hubiera optado por este desenlace. Y si a falta de esa familia estructurada, el Estado hubiera contado con instrumentos eficaces para ayudarla en su difícil posición tal vez ahora no estuviéramos lamentando haberla perdido. Con todo, es bastante triste que el complejo drama de esta joven se haya convertido también en un motivo de debate político, en el que incluso se han intentado manipular las circunstancias que rodeaban el caso para establecer un relato ganador. Por un lado los que querían impedir a toda costa que cumpliera su deseo porque no encajaba con sus convicciones personales o religiosas y, por otro, quienes deseaban que se cumpliera para demostrar que la Ley de Eutanasia sirve y está operativa. Curiosamente en este debate ha pesado más entre los segundos el deseo de que Noelia ejerciera su derecho a morir dignamente, que la necesidad de reivindicar que la gente vulnerable, y Noelia claramente lo era, tenga mecanismos y ayuda para superar situaciones críticas.
Hay que dejar claro que los jueces no han sido quienes han decidido si Noelia debía morir o no. Ellos solo aplican la ley vigente, y con 25 años le asiste el derecho. Le asiste de tal manera que cuando los que querían impedirle que se le aplicara la eutanasia han recurrido a los tribunales, estos han apreciado que prevalecía el deseo de la joven. Su libertad de elegir. Sus padres, familiares y amigos si los tuviera, pueden tener su opinión, pero no tienen nada que hacer, salvo intentar disuadirla o apoyarla hasta el último momento. Recordarle, una vez más, como decía el gran Andrés Montes, que la vida puede ser maravillosa o decirle no sufras más. No podían hacer más porque la Ley ampara su derecho a morir. "Mi madre dice que, igual que me ha visto nacer, quiere verme cerrar los ojitos", decía hace apenas un día Noelia. En realidad ningún padre o madre quiere que su hija cierre los ojitos, salvo para que tenga hermosos sueños. Ojalá extraigamos alguna lección del martirio de Noelia.
Iñaki Garay. Director adjunto de Expansión
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