Verona tiene un balcón y ni siquiera es un gran balcón, pero con él ha conseguido que millones de personas viajen cada año hasta allí para fotografiarse junto a una muchacha que jamás existió. Y ya si eso, algún despistado llega hasta la Piazza ... Bra y se da de bruces con el anfiteatro. Shakespeare inventó a Julieta, y los veroneses inventaron el negocio.
Italia comprendió algo fundamental: los turistas no viajan para ver monumentos, sino para fotografiarse formando parte de algo; «para compartir una experiencia». Por eso nadie pregunta si aquel fue realmente el balcón de Julieta. Se hacen la foto, sí, pero quizás en alguien se despierte el deseo de leer. Y ya habrá merecido la pena.
Aquí en España tenemos, como mínimo, dos grandes historias de amor que casi superan el listón shakesperiano. En Teruel, los amantes Diego de Marcilla e Isabel de Segura. Ambos tienen un mausoleo y una leyenda medieval. Tienen incluso hasta una recreación histórica que cada febrero transforma la ciudad entera en un escenario del siglo XIII. Sin embargo, ni siquiera Teruel parece haber decidido entregarse por completo a ella.
Mientras Verona se abraza sin complejos y prácticamente en exclusiva a Romeo y Julieta, Teruel alterna a sus amantes con campañas publicitarias de una poética abstracción: «Teruel, donde nacen las estrellas», proclamaba recientemente uno de sus lemas turísticos. Vale. Pero pocas ciudades europeas poseen una historia de amor tan universal como la que tienen allí enterrada. Pues nada, ni caso. Prefieren seguir diversificando la oferta.
Y luego está Sevilla. Ay, Sevilla. Esta ciudad tiene algo todavía más extraordinario, pues no es sólo un relato de amor, sino que se trata de todo un mito: la historia de Don Juan y Doña Inés, con cuatrocientos años de literatura, teatro, ópera y pintura girando alrededor de una misma historia. Y, sin embargo, a la ciudad apenas parece interesarle. Existe un supuesto balcón de doña Inés, tan auténtico o tan falso como el de Julieta. Pero casi nadie lo conoce. Existe la Hostería del Laurel, donde tradición, literatura e historia se entrecruzan desde hace siglos. Pero, me temo que hay que ser especialmente mitómano para detenerse ante el discreto azulejo que recuerda el lugar y dedicar unos minutos a pensar que en aquel rincón se cruzó, se emborrachó y soñó medio imaginario romántico europeo. Sevilla prefiere vender otra cosa. El tablao. El rebujito. Los montaditos. La postalita. Y no digo que haga mal. Sólo me pregunto cuánto ganaría (ganaríamos) en España si entendiéramos lo mismo que entendió Verona hace mucho tiempo: que las ciudades no se recuerdan por los edificios que enseñan, sino por las historias que son capaces de contar.
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