Una persecución kamikaze que muestra la realidad y evolución del pádel.
Golden Boys versus Chingalán.- ALBERTO BOTE
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Golden Boys versus Chingalán. Reyes contra Príncipes. Da igual el orden y el resultado que el enfrentamiento se repite torneo sí, torneo también, en una persecución kamikaze que muestra la realidad y evolución del pádel. Las grandes eras son solo cosa de dos y hasta que una de las participantes no se rompe por el desgaste o la ambición, el resultado es un sólido cara a cara que nos permite vivir la definición de cuál es el gran Superclásico del pádel.
Porque puede ser impopular, pero la realidad es tozuda. Obviando la primera generación del pádel en Argentina (sin demérito alguno) con los Clementi, Maquirriaín o Sanz, aquel primer gran derbi entre Juan y Bela y Lima y Mieres cimentó las bases del pádel que conocemos cuando los clubes no se llenaban, la televisión era un sueño lejano, las redes sociales ni existían y el circuito se jugaba en España salvo la vuelta a casa de Argentina casi por Navidad.
Una rivalidad entre Reyes y Príncipes que se extendió durante casi cinco temporadas y marcó dos etapas del pádel haciendo de la suya una batalla por la corona desde Padel Pro Tour (2009) a los inicios World Padel Tour (2014). No existe cifra oficial (cosas del pádel y su alzheimer selectivo), pero para marcar un contexto situáremos aquel cara a cara en un aproximado ligeramente superior a los 50 partidos de los cuales casi su totalidad serían finales (unas 45). Y, todo, en una segunda generación de grandes talentos entre los que se encontraban Nerone, Sanyo, Mati Díaz o Lamperti.
Juan y Bela serían los grandes dominadores del duelo y su hegemonía sería tal que Lima y Mieres nunca lograrían darles caza en la carrera por el trono. Bueno, miento. El ajuste de puntuación en 2014 permitiría a la pareja hispano-brasileña escalar a la primera plaza durante una semana en junio por una diferencia de 12 puntos poniendo fin matemático a 12 años de dictadura deportiva.
Y durante muchos años pensamos que no volveríamos a ver nada igual. Error. El deporte, como la vida misma, se nutre de grandes generaciones para crear historias que se sirven de la evolución como una eterna segunda oportunidad donde se difuminan el talento, las mejoras atléticas, capacidades físicas y evoluciones tecnológicas. Grandes rivalidades del deporte las llamamos los periodistas.
Ahora es la era de los Golden Boys y Chingalán. El cara a cara más intenso del pádel actual ha devorado todos los números preestablecidos y en un calendario mucho más extenso su cita casi semanal apunta a parar la cuenta en lo más alto. Y, sí, habrá quien dude de su efecto, recorrido o trascendencia, pero toda clase de fe, sea del carácter que sea, necesita de descreídos que la cuestionen para mantener ambos efectos.
La suya es ya una rivalidad histórica que comenzó hace dos años exactos. Desde que en Puerto Cabello 2024 se midieran por primera vez lo han hecho hasta en 32 ocasiones. La última, ayer en la final de Miami. Y todas ellas, menos en Sevilla 2024, siempre fue con un título en juego en la final. ¿Dato mata relato?
El balance es claramente favorable a Tapia y Coello, pero la proporción no es lo que importa en esta ecuación. Su rivalidad, por proyección, apunta a acabar el 2026 por encima de las 40-45 finales quedando hoy día más de 20 torneos por disputarse. Sí, rozando el primer puesto de grandes rivalidades en el pádel y puede que con sorpasso incluído.
Y como en el inicio de esta historia, es probable que los perseguidores nunca den caza a los perseguidos. Y qué más da. La historia vinculará siempre a los Golden Boys con Chingalán (no, no habrá Regreso, superemos ya el duelo) como lo hizo a Reyes con Príncipes. ¿Cuál tendrá más valor? ¿Qué Superclásico será más importante? No tengo ni la más mínima idea, siendo honesto. Para uno la duración de cinco años marcará la vara y para otros la intensidad y la condensación en tres temporadas será clave. Quizá sea como un libro de la saga Pesadillas, que cada uno puede elegir su propia historia.
Lo único que sí tengo claro es que el Superclásico del pádel moderno le hace bien al pádel. Y durante un tramo yo también fui un descreído. Pero me he rendido a la evidencia. Como lo hicieron muchos con el de la segunda generación. Y, si no, echemos la vista atrás y miremos dónde estábamos y dónde estamos. Ahí está la respuesta.
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