El Foco
¿Anarcoeducación? El Informe PISAEl fracaso no es exclusivamente el del alumno o el docente. Cuando un modelo se diseña y modifica desde el poder durante décadas, hay responsabilidad política sobre el resultado
Regala esta noticia Añádenos en Google Ilustración. (Mattin)Jesús G. Maestro
Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
04/10/2026 Actualizado a las 00:08h.Hoy se habla con absoluta naturalidad de mercado libre: hay quienes lo defienden y quienes lo rechazan, y no pocos llegan incluso a exigir anarcocapitalismo, ... pero todos entienden, al menos en términos generales, de qué se trata. Intente ahora hablar de una «educación libre» y comprobará que la expresión resulta casi incomprensible, cuando no directamente sospechosa.
No me refiero a la diferencia entre enseñanza pública, privada o concertada, porque esa clasificación no resuelve el problema esencial: todas ellas tienen que desenvolverse dentro de un marco establecido por el Estado, sometidas a sus currículos, procedimientos, evaluaciones y sucesivas reformas políticas. Cambia la titularidad, pero persiste el mismo poder estatal. La verdadera pregunta es otra: ¿puede hoy ejercerse dentro de la legalidad, en una democracia, una educación realmente independiente de la intervención del Estado? La respuesta parece evidente: no. Por el momento…
Los Estados democráticos han renunciado a ciertas formas de intervención, para concentrarlas todas en dos principales e intocables: recaudación y educación. La primera fiscaliza la actividad económica de los ciudadanos; la segunda impone, con una capacidad de penetración mucho mayor de la que solemos admitir, qué debe enseñarse y cómo debe hacerse. La libertad de cátedra es una expresión del lenguaje cotidiano, pero apenas visible en los textos legales del siglo XXI. Es cosa del pasado y, paradójicamente, de tiempos en los que supuestamente no había libertad.
Pero es que hoy tampoco hay libertad de enseñanza. Hoy el profesor no necesita que un ministro entre en su aula para limitar su libertad, porque basta con que lo haga la Administración del Estado. Y entonces llega PISA.
Cada nuevo informe ofrece una radiografía de nuestros sistemas educativos y, cuando los resultados son malos, comienza la búsqueda de culpables: profesores, familias, alumnos, móviles, hábitos de lectura, nuevas metodologías o falta de motivación, cambio climático incluido. Pero no se coge el toro por los cuernos: ¿quién ha diseñado el sistema cuyos resultados son un fracaso?
Los políticos que comentan las consecuencias de PISA no suelen impartir las clases cuyos resultados analizan, ni corrigen los exámenes, ni afrontan diariamente las dificultades de un aula; sin embargo, son las instituciones políticas las que establecen buena parte del marco en el que profesores y alumnos tienen que desenvolverse.
PISA no debería utilizarse únicamente para juzgar al profesor, sino también para juzgar el sistema estatal que lo gobierna. El fracaso educativo no es exclusivamente el fracaso del alumno, la familia o el docente: cuando un modelo se diseña y se modifica desde el poder político durante décadas, hay una responsabilidad política sobre sus resultados que no puede desaparecer cada vez que llega un informe desfavorable. El profesor no es inocente, por supuesto, pero el profesor obedece, no manda. Y como dice el refrán, el que es mandado no es culpado.
El problema crece cuando la educación de la que se hace cargo el Estado conduce al fracaso una y otra vez. Para eso, mejor sería que diera libertad y que cada cual eligiera el modo y contenido de su formación intelectual. O comes o dejas comer. Una educación sometida a un Estado que no resuelve sus problemas académicos corre el riesgo de convertirse en algo que no sirve para nadie.
¿Podemos imaginar una educación libre, capaz de organizarse sin quedar sometida a cada nueva orientación política?
¿Podemos imaginar una educación verdaderamente libre, capaz de organizarse sin quedar sometida a cada nueva orientación política, en la que profesores y alumnos dispongan de un espacio real para investigar, enseñar, discutir y disentir, y en la que la ciencia no tenga que pedir permiso a la ideología de cada gobierno para sobrevivir? Algunos estarían a favor y otros en contra, como ocurre con el mercado, pero esa discrepancia sería precisamente la prueba de que hablamos de libertad. ¿Anarcoeducación? Del futuro nada está excluido.
La libertad educativa no consiste en elegir entre un colegio público, uno privado u otro concertado, si todos tienen que responder, en lo esencial, ante las mismas imposiciones políticas y administrativas; consiste en disponer de la posibilidad legal de crear instituciones educativas realmente independientes, que no estén subordinadas ni al poder político ni a intereses económicos que reduzcan el conocimiento a una mercancía.
El Estado puede y debe garantizar el derecho a la educación, asegurar su acceso y proteger a quienes estudian y enseñan, pero garantizar la educación no significa monopolizarla, ni mucho menos determinar posesivamente qué debe pensar cada uno de nosotros bajo el nombre de aquello que se enseña. Una sociedad ignorante difícilmente puede ser una sociedad libre.
El problema de PISA no se resuelve con más y más reformas educativas o una terminología administrativa de nuevo cuño, sino mediante la recuperación de aquello que cualquier educación digna de ese nombre necesita por encima de todo: libertad para enseñar, aprender y actuar, no solo pensar.
Desde esta perspectiva, más de un lector podrá sospechar que la 'anarcoeducación' es la solución, del mismo modo más de un gestor considera que el 'anarcocapitalismo' es mejor que otras opciones mercantiles alternativas, ya que si el Estado es un problema, mejor prescindir de él. «Doctores tiene la Iglesia» de los economistas y de los educadores, y a ellos compete dirimir estos asuntos. Pero si la educación que el Estado gestiona es un fracaso, o el Estado resuelve este problema crónico o reconoce su impotencia y permite que lo resuelvan otros. Porque del perro del hortelano, que ni come ni deja comer, se cansa hasta su amo.
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