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Antes de que llegara el tiburón de Spielberg, una película sembró el pánico en España con algo más simple: quedarte encerrado

Antes de que llegara el tiburón de Spielberg, una película sembró el pánico en España con algo más simple: quedarte encerrado
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Cuando Antonio Mercero y José Luis Garci viajaron a Nueva York a comienzos de los 70, fue subiendo a la Estatua de la Libertad cuando ambos decidieron que José Luis López Vázquez tenía que protagonizar su próximo proyecto. Años después, aquella intuición terminaría dando lugar a una de las imágenes más traumáticas de la televisión española. El verdadero terror no son tiburones. Años antes de que Hollywood popularizara el miedo cotidiano con películas como Tiburón, una producción española de apenas 35 minutos logró algo todavía más extraño: hacer que miles de personas tuvieran miedo de entrar en una cabina de teléfono. La idea era absurdamente simple. Un hombre entra a llamar y descubre que no puede salir. Nada más.  Pero Antonio Mercero entendió enseguida que ahí había algo profundamente inquietante. No era solo la claustrofobia física de quedar atrapado dentro de una caja de cristal. Era la angustia de sentirse observado, ignorado y finalmente abandonado por el mundo entero mientras todo sigue funcionando con normalidad alrededor. La cabina convirtió un objeto cotidiano y aparentemente inocente en una de las imágenes más perturbadoras de la televisión española. Un simple gag. Lo más fascinante es que la película comenzó casi como una broma. Antonio Mercero, José Luis Garci y Horacio Valcárcel imaginaban inicialmente una situación cómica sobre un hombre incapaz de salir de una cabina telefónica. Pero Mercero se obsesionó con aquella imagen. Durante años siguió dándole vueltas hasta encontrar la clave que transformó la historia en algo completamente distinto: el protagonista no debía escapar nunca.  Ahí apareció el verdadero terror. La cabina pasaba de ser un sketch absurdo a una pesadilla existencial. El propio Mercero entendió que la película debía cambiar de tono sin que el espectador se diera cuenta, arrancando como una comedia costumbrista casi simpática para terminar convertida en un descenso aterrador hacia algo irracional y macabro. De hecho, ese giro de género sigue siendo hoy una de las cosas más revolucionarias de la obra. Madrid kafkiano. Gran parte de la fuerza de La cabina nace de cómo utiliza espacios completamente normales para volverlos opresivos. El patio interior de Chamberí donde se desarrolla la primera parte funciona como un pequeño laboratorio social: vecinos mirando desde balcones, curiosos riéndose, policías incapaces de ayudar y peatones transformando el sufrimiento ajeno en espectáculo improvisado.  Mercero cuidó obsesivamente los detalles visuales para aumentar la tensión. Por ejemplo, la cabina se pintó de rojo porque el color generaba más nerviosismo, y se construyó ligeramente más estrecha para potenciar la sensación de asfixia de José Luis López Vázquez. El protagonista aparecía vestido de oscuro, “como una mosca atrapada en un panal”, según explicó el propio director. Y luego estaba el viaje final por el Madrid periférico de los años 70, pasando por túneles, descampados y estructuras industriales hasta desembocar en la central hidroeléctrica de Aldeadávila, convertida en una especie de inframundo mecánico lleno de cadáveres atrapados en otras cabinas. Mercero y López durante el rodaje López Vázquez y el miedo. Mercero necesitaba un actor capaz de sostener prácticamente toda la película sin diálogos. La historia dependía de la expresión corporal, de los ojos y de cómo evolucionaba el rostro del protagonista desde la vergüenza inicial hasta la desesperación más absoluta. Ahí es donde aparece José Luis López Vázquez, quien entendió enseguida lo especial que era el proyecto y se implicó completamente en él.  El actor pidió incluso rodar cronológicamente para construir emocionalmente el deterioro del personaje. Durante el rodaje soportó calor extremo dentro de la cabina y escenas físicamente peligrosas suspendido sobre enormes alturas mientras la estructura era transportada por grúas. Todo eso quedó reflejado en pantalla y es una de las razones por las que la película funciona, porque el espectador siente físicamente el miedo del personaje. López Vázquez logra transmitir la humillación de convertirse en espectáculo público y el horror de comprender que nadie va a salvarte. Paranoia en España. El impacto fue tan grande que rozó la psicosis colectiva. Es más, al día siguiente de la emisión, José Luis Garci contó que vio a varias personas sujetando con el pie la puerta de las cabinas mientras llamaban para evitar quedarse encerradas. La anécdota se repitió en muchas ciudades españolas. La paranoia llegó a tal punto que la propia Telefónica llegó incluso a contratar a López Vázquez para protagonizar anuncios destinados a tranquilizar a la población y convencerla de que las cabinas eran seguras.  El fenómeno recuerda muchísimo a lo que Spielberg lograría dos años después con Tiburón: convertir algo cotidiano en una fuente permanente de ansiedad. La diferencia es que Mercero lo consiguió con algo todavía más banal. No hacía falta un monstruo escondido bajo el agua. Bastaba una puerta que no se abría. En Xataka El día que España quiso ser Spielberg haciendo ciencia ficción. Fue tal disparate que Tarantino terminó reivindicando la película Más que una peli de terror. Parte de la grandeza de La cabina es que sigue admitiendo interpretaciones más de medio siglo después. Algunos vieron una crítica directa al franquismo, a la falta de libertad y a la sensación de encierro de la sociedad española de la época. Otros encontraron una reflexión sobre la incomunicación humana, la indiferencia colectiva o incluso la muerte. Mercero siempre restó importancia a esas lecturas y decía que simplemente le interesaba contar la historia de un hombre atrapado.  Sea como fuere, probablemente ahí reside su fuerza. La película nunca explica nada del todo. Funciona como una parábola abierta donde cada espectador proyecta sus propios miedos. Quizá por eso sigue resultando tan incómoda hoy. Porque las cabinas telefónicas desaparecieron hace años, pero la sensación de sentirse atrapado mientras el resto del mundo mira sin hacer nada sigue siendo completamente reconocible. Imagen | X En Xataka | "Golpéame de verdad": la historia detrás de Sylvester Stallone y una de las escenas más peligrosas de la historia del cine En Xataka | El día que un hombre se atrevió a llegar más lejos que nadie: una pelea real con Bruce Lee donde no había límites - La noticia Antes de que llegara el tiburón de Spielberg, una película sembró el pánico en España con algo más simple: quedarte encerrado fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
Antes de que llegara el tiburón de Spielberg, una película sembró el pánico en España con algo más simple: quedarte encerrado

No hay nada peor que sentirse atrapado y que nadie te responda 

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Miguel Jorge

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Cuando Antonio Mercero y José Luis Garci viajaron a Nueva York a comienzos de los 70, fue subiendo a la Estatua de la Libertad cuando ambos decidieron que José Luis López Vázquez tenía que protagonizar su próximo proyecto. Años después, aquella intuición terminaría dando lugar a una de las imágenes más traumáticas de la televisión española.

El verdadero terror no son tiburones. Años antes de que Hollywood popularizara el miedo cotidiano con películas como Tiburón, una producción española de apenas 35 minutos logró algo todavía más extraño: hacer que miles de personas tuvieran miedo de entrar en una cabina de teléfono. La idea era absurdamente simple. Un hombre entra a llamar y descubre que no puede salir. Nada más. 

Pero Antonio Mercero entendió enseguida que ahí había algo profundamente inquietante. No era solo la claustrofobia física de quedar atrapado dentro de una caja de cristal. Era la angustia de sentirse observado, ignorado y finalmente abandonado por el mundo entero mientras todo sigue funcionando con normalidad alrededor. La cabina convirtió un objeto cotidiano y aparentemente inocente en una de las imágenes más perturbadoras de la televisión española.

Un simple gag. Lo más fascinante es que la película comenzó casi como una broma. Antonio Mercero, José Luis Garci y Horacio Valcárcel imaginaban inicialmente una situación cómica sobre un hombre incapaz de salir de una cabina telefónica. Pero Mercero se obsesionó con aquella imagen. Durante años siguió dándole vueltas hasta encontrar la clave que transformó la historia en algo completamente distinto: el protagonista no debía escapar nunca

Ahí apareció el verdadero terror. La cabina pasaba de ser un sketch absurdo a una pesadilla existencial. El propio Mercero entendió que la película debía cambiar de tono sin que el espectador se diera cuenta, arrancando como una comedia costumbrista casi simpática para terminar convertida en un descenso aterrador hacia algo irracional y macabro. De hecho, ese giro de género sigue siendo hoy una de las cosas más revolucionarias de la obra.

Madrid kafkiano. Gran parte de la fuerza de La cabina nace de cómo utiliza espacios completamente normales para volverlos opresivos. El patio interior de Chamberí donde se desarrolla la primera parte funciona como un pequeño laboratorio social: vecinos mirando desde balcones, curiosos riéndose, policías incapaces de ayudar y peatones transformando el sufrimiento ajeno en espectáculo improvisado. 

Mercero cuidó obsesivamente los detalles visuales para aumentar la tensión. Por ejemplo, la cabina se pintó de rojo porque el color generaba más nerviosismo, y se construyó ligeramente más estrecha para potenciar la sensación de asfixia de José Luis López Vázquez. El protagonista aparecía vestido de oscuro, “como una mosca atrapada en un panal”, según explicó el propio director. Y luego estaba el viaje final por el Madrid periférico de los años 70, pasando por túneles, descampados y estructuras industriales hasta desembocar en la central hidroeléctrica de Aldeadávila, convertida en una especie de inframundo mecánico lleno de cadáveres atrapados en otras cabinas.

Mercero y López durante el rodaje

López Vázquez y el miedo. Mercero necesitaba un actor capaz de sostener prácticamente toda la película sin diálogos. La historia dependía de la expresión corporal, de los ojos y de cómo evolucionaba el rostro del protagonista desde la vergüenza inicial hasta la desesperación más absoluta. Ahí es donde aparece José Luis López Vázquez, quien entendió enseguida lo especial que era el proyecto y se implicó completamente en él. 

El actor pidió incluso rodar cronológicamente para construir emocionalmente el deterioro del personaje. Durante el rodaje soportó calor extremo dentro de la cabina y escenas físicamente peligrosas suspendido sobre enormes alturas mientras la estructura era transportada por grúas. Todo eso quedó reflejado en pantalla y es una de las razones por las que la película funciona, porque el espectador siente físicamente el miedo del personaje. López Vázquez logra transmitir la humillación de convertirse en espectáculo público y el horror de comprender que nadie va a salvarte.

Paranoia en España. El impacto fue tan grande que rozó la psicosis colectiva. Es más, al día siguiente de la emisión, José Luis Garci contó que vio a varias personas sujetando con el pie la puerta de las cabinas mientras llamaban para evitar quedarse encerradas. La anécdota se repitió en muchas ciudades españolas. La paranoia llegó a tal punto que la propia Telefónica llegó incluso a contratar a López Vázquez para protagonizar anuncios destinados a tranquilizar a la población y convencerla de que las cabinas eran seguras. 

El fenómeno recuerda muchísimo a lo que Spielberg lograría dos años después con Tiburón: convertir algo cotidiano en una fuente permanente de ansiedad. La diferencia es que Mercero lo consiguió con algo todavía más banal. No hacía falta un monstruo escondido bajo el agua. Bastaba una puerta que no se abría.

En XatakaEl día que España quiso ser Spielberg haciendo ciencia ficción. Fue tal disparate que Tarantino terminó reivindicando la película

Más que una peli de terror. Parte de la grandeza de La cabina es que sigue admitiendo interpretaciones más de medio siglo después. Algunos vieron una crítica directa al franquismo, a la falta de libertad y a la sensación de encierro de la sociedad española de la época. Otros encontraron una reflexión sobre la incomunicación humana, la indiferencia colectiva o incluso la muerte. Mercero siempre restó importancia a esas lecturas y decía que simplemente le interesaba contar la historia de un hombre atrapado

Sea como fuere, probablemente ahí reside su fuerza. La película nunca explica nada del todo. Funciona como una parábola abierta donde cada espectador proyecta sus propios miedos. Quizá por eso sigue resultando tan incómoda hoy. Porque las cabinas telefónicas desaparecieron hace años, pero la sensación de sentirse atrapado mientras el resto del mundo mira sin hacer nada sigue siendo completamente reconocible.

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En Xataka | "Golpéame de verdad": la historia detrás de Sylvester Stallone y una de las escenas más peligrosas de la historia del cine

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