EL SISTEMA funcionaba a pleno rendimiento en la plaza del Sol. Ninguno de los acampados había movido ni un ápice sus fronteras. En la tienda de Apple había otra acampada: la de quienes consideran un cómplice al sistema. Al otro lado, en el asentamiento Quechua, estaban quienes lo consideran un adversario. Todos cumplían su función. Forman parte del engranaje. A veces es muy difícil observarlo a simple vista, pero ayer, durante la jornada crucial por la negociación en el Consejo de Ministros del decreto Maricarmen, estaba expuesto. Los antisistemas no interrumpen nada. Sus movimientos, sus asambleas, sus discusiones, sus tareas o sus siestas quedan reducidos al folclore. Hay gente que parece destinada a acampar en cualquier circunstancia. A la pecera se asomaban los entendidos, los jubilados, los parados, los yonkis de la actualidad y los periodistas. La ciudad no estaba en jaque, ni mucho menos el país. Al Gobierno le viene bien este ardor revolucionario castrado, que moviliza pero no hiere, que canta pero no sangra, que, en fin, puede mover a su antojo. En esta España gobernar no significa gestionar y pedir un cambio de sistema significa dormitar, no enfrentarlo.
A las dos de la tarde, un ciudadano un poco distraído, que hubiera pasado el fin de semana sin consumir nuestros alpistes, con un algoritmo sano que cribe la actualidad, podría haber ido a comer un menú a su bar de siempre como cualquier otro día. Nuestros revolucionarios confían en la buena fe de nuestros políticos. Por esta razón permiten el peor de los insultos a su campamento: cualquier persona situada a quinientos metros de la plaza Gaza -así llaman al casco histórico de la acampada- no tiene noticia de la revolución.
Hubo un poco de acción al mediodía. Una chavala avisó con megáfono de un nuevo desahucio, a siete minutos a pie de la barra donde repartían hummus y café. Otra Maricarmen -enferma de cáncer-, custodiada por las sobrinas que el activismo puso en su mesa camilla, estaba amenazada. Al principio costó arrancar: llegamos primero los periodistas. Después, bajo el balcón, los tunos de la revolución cantaron las proclamas. Hasta los antidisturbios quisieron ayudarles, pero tampoco se dieron por aludidos con los empujones. Los agentes tocaron a retirada para intentar curar la autoestima de los manifestantes que protestaban contra sus propios votos. Presenciábamos un triste bucle autorreferencial. Exigen solucionar los problemas reales quienes pretenden frenar el fascismo en alusión a un Gobierno creado para frenar el fascismo, al que votaron, precisamente, para frenar el fascismo. Los problemas reales salen ahora a flote como los cadáveres de un naufragio y los manifestantes se pellizcan. ¿Cómo es posible que la ministra de Vivienda sea rentista? ¿Podemos hacer algo para bajar el IPC?¿De dónde ha salido la corrupción?
A la hora del aperitivo, todo el mundo se apresuraba a coger fruta en la barra principal. Había un aplazamiento de exigencias, como si la gente acampada hubiera decidido resolver primero los asuntos secundarios o conformarse con lo secundario a falta de lo principal. No sé. Aquí está lo que los boomers llaman conformismo. Están confundidos. Son las únicas causas por las que ha luchado mi generación. Las únicas causas admitidas por esta izquierda. Sin casa, pero con arándanos. Sin sueldos decentes, pero con hummus. Sin ambición, pero veganos. Sin hijos, pero con gatos. La precariedad llega hasta donde dice Hacendado.
«María, soy Carmen, me he ido a casa un momento a cargar el móvil y ducharme. Vuelvo en una hora o dos». El cartel estaba colgado en una tienda de campaña.