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Antony Beevor disecciona el mito de Rasputín, el campesino que susurraba a los zares

Antony Beevor disecciona el mito de Rasputín, el campesino que susurraba a los zares
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El historiador británico se acerca en su último libro al hombre que acumuló influencia y poder en la corte de los Románov
Antony Beevor disecciona el mito de Rasputín, el campesino que susurraba a los zares

El historiador británico se acerca en su último libro al hombre que acumuló influencia y poder en la corte de los Románov

Regala esta noticia Añádenos en Google El místico siberiano Grigori Rasputín.

Álvaro Soto

Madrid

23/08/2026 a las 00:04h.

¿Cómo pudo un campesino siberiano casi analfabeto acercarse a la corte imperial más aristocrática del mundo? ¿Cómo pudo este hombre, sin dinero ni armas, ... ganarse el favor de un zar y sobre todo, de una zarina? ¿Y cómo su muerte representó, a la vez, el fin de la dinastía que había marcado los últimos 300 años de la historia de Rusia? Rasputín atrajo desde siempre a uno de los mejores historiadores contemporáneos, el británico Antony Beevor (Kensington, 1946), y ahora, el autor de páginas brillantes sobre la revolución rusa, la guerra civil española o la Segunda Guerra Mundial se adentra en la vida de este personaje real convertido en leyenda en el brillante libro 'Rasputín y la caída de los Románov', publicado por Crítica.

La zarina creía que el místico era capaz de hacer milagros que salvaban la vida de su hijo

Al stárets (asesor espiritual) siberiano se le comenzaron a atribuir los supuestos milagros que hacían que Alekséi superara sus periódicas crisis de salud. Alejandra de Hesse creía lo justo en los consejos de los médicos aunque muchos de aquellos prodigios que lograban mantener a su hijo con vida tenían explicaciones científicas. La zarina solo confiaba en Rasputín, que en la corte de San Petersburgo pronto se convirtió en el asesor áulico de la pareja real pese a las reticencias de la madre de Nicolás II, la zarina viuda, la emperatriz María Fiodorovna Románova, y de los monárquicos, que recelaban sobremanera de la influencia de Rasputín. «Este siniestro Rasputín va a suponer la perdición absoluta de la dinastía. ¿Qué magia incomprensible ha hechizo a todas las personas más o menos razonables de nuestra cúspide soberana?», se preguntaba un escritor ultraconservador, Lev Tijomírov, que puso voz al desasosiego que comenzaba a cundir en los aledaños a la corona.

En un periodo especialmente turbulento en la historia de Rusia, con la guerra ruso-japonesa (1904-1905), los primeros levantamientos populares en el país por la falta de alimentos y el desastre de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en el horizonte, Rasputín se alzó como el verdadero hacedor de la política nacional, y a él se le atribuyó una decisión que pudo suponer, en el largo plazo, el hundimiento de la monarquía. Frente a la opinión de los ministros y los consejeros militares, Nicolás II, influenciado por la zarina y por Rasputín (que años antes, por el contrario, había augurado que la entrada de Rusia en la Gran Guerra acabaría con el imperio), decidió tomar el mano del Ejército en 1915. Las sucesivas derrotas del Ejército ruso no hicieron más que contribuir al desprestigio del zar entre la población, el caldo de cultivo perfecto para la revolución que estaría por llegar.

Su ascendiente sobre los emperadores le dio poder político y le corrompió

Mientras tanto, el ascendiente de Rasputín sobre los emperadores le permitía cambiar ministros a su antojo y su cercanía con el poder le convirtió en el centro de una red de corrupción que incluía las apuestas, el comercio con piedras preciosas o el intercambio de dinero para lograr favores en la corte. En 1916, en plena Guerra Mundial, «el verdadero desafecto que se instaló en la capital y el resto del país se entraba en la corrupción, tanto económica como política; y Rasputín había pasado a simbolizar todo lo que estaba mal», escribe con su precisión y su estilo accesible Beevor, autor de obras que ya son una referencia, como 'Stalingrado', 'Berlín. La caída: 1945', 'La guerra civil española', 'El Día D. La batalla de Normandía' o 'Rusia. Revolución y guerra civil, 1917-1921'.

En su último libro, el historiador británico retrata a Rasputín como un obseso sexual que no duda en aprovecharse de las «almas perdidas» con problemas de salud mental que le consideraban una especie de semidiós y que a veces, como la escritora Vera Zhukóvskaya, caían en «un enamoramiento demencial con tintes masoquistas». Otras «se sacrificaban» para mejorar las carreras de sus maridos. Pero todas, sin embargo, se sentían atraídas por «este hombre extraño, con voz ronca pero suave, los labios pálidos y estrechos que forman una sonrisa misteriosa, la mirada magnética (…) que te invita amorosamente a entrar en una jungla impenetrable», como lo definió Zhukóvskaya.

Asesinato

Con la idea de que su acto iba a salvar a la patria, un grupo de nobles rusos encabezados por el príncipe Félix Yusúpov decidió asesinar a Rasputín. El 30 de diciembre de 1916, en San Petersburgo, Rasputín fue secuestrado (Yusúpov utilizó como señuelo a su bella esposa, Irina) y primero le intentaron envenenar: al comprobar que el cianuro no tenía efecto, los aristócratas le dispararon, aunque necesitaron de varios intentos para acabar con su vida. Después, lanzaron el cadáver al congelado río Nevá. En los palacios de San Petersburgo, la muerte de Rasputín se celebró con grandes fiestas, pero en la corte, y según contó María, a la que hicieron llamar para identificar el cuerpo de su padre, la hija de Rasputín, «el soberano y las grandes duquesas (las hijas del zar) lloraban, mientras que la emperatriz, reservada, se esforzaba por consolarnos».

El destino de Rasputín parecía unido al de la familia real. Un integrante del Santísimo Sínodo, la máxima autoridad de la iglesia ortodoxa rusa en 1917, reveló las palabras que unos meses antes Rasputín había profetizado sobre la familia real: «Si yo muero o vosotros me abandonáis, antes de seis meses perderéis a vuestro hijo y la corona». La historia le dio la razón.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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