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Aprendiendo a ser país

Aprendiendo a ser país
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Nacida en 1991, la nación, localizada en el corazón de la Ruta de la Seda, vive un espectacular auge turístico

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Visita nocturna a los mausoleos Shah-i-Zinda en Samarcanda. J. Martín Aprendiendo a ser país

Uzbekistán ·

Nacida en 1991, la nación, localizada en el corazón de la Ruta de la Seda, vive un espectacular auge turístico

Joseba Martín

Sábado, 28 de febrero 2026, 18:12

... madrugada en un elegante hotel. Será seguramente un vehículo de Dolores Tours, mayorista con una flota de más de 40 buses. Pero el visitante peninsular está aquí en minoría; Rusia y los países del CEI, integrado por antiguas repúblicas soviéticas, acaparan las visitas.

Al turista le sorprende el vendedor callejero de zumo de granada con extractores manuales pakistaníes; también las numerosas farmacias (dorixona), a menudo colindantes; los voluntarios que detienen el tráfico para facilitar el paso de escolares o la coexistencia de carteles en cirílico y en latino. Uzbekistán es un país joven, nacido en 1991, «que está aprendiendo», insiste Mirzo, el guía que habla un perfecto español. Y es que es el único de los cinco países de Asia Central que ha apostado por el alfabeto latino y las relaciones comerciales con más de 150 naciones.

Los uzbekos son hospitalarios, de trato amable, siempre dispuesroa a ayudar. Por eso es importante aprender la palabra 'rahmat' para agradecérselo. Uzbekistán tiene una media de edad de 28 años (España 45); allí las parejas se casan con poco más de 20, ellas, incluso con menos. Tras la boda, un gasto muy costoso que paga el padre del novio, la pareja tiene un permiso de 40 días «para dedicarse a encargar los niños, una tarea muy cansada, por lo que conviene comer carne de caballo», afirma el guía.

Con un sueldo medio de 400 euros los uzbekos suelen contar con dos trabajos. A menudo lo hacen en hoteles y grandes restaurantes preparados para bodas y celebraciones, con su DJ y enormes altavoces, todo en un mismo espacio, frecuentemente solo con mujeres y niños, ya que los maridos están trabajando. En celebraciones caseras los hombres van por su lado; es la tradición del patriarcado. Támbien sorprende que en los bailes las mujeres con hiyab son más comedidas en sus movimientos que las jóvenes con vaqueros, trajes de fiesta ajustados y llamativas manicuras. El 93% de la población es musulmana, pero no hay llamada a la oración; la cerveza se considera refresco, muy pocas chicas se cubren con el velo, los restaurantes no cierran en ramadán y el ayuno no está muy extendido. Es también un legado soviético.

Hablando de fútbol

Después de Taskent llega Samarcanda, a unos 300 kilómetros; el Afrosiyob, fabricado por Talgo, cubre la distancia en un par de horas. La histórica ciudad de la Ruta de la Seda, con casi 3.000 años de antigüedad, es Patrimonio de la Humanidad, junto con Bujara y Jiva. Aquí está el complejo del Registán con sus tres madrasas, sus minaretes, sus cúpulas de cerámica turquesa, sus magníficas portadas... Y más allá la necrópolis de Shah-i-Zinde con una docena de mausoleos, el observatorio del nieto del legendario emir Amir Timur (Tamerlán), que llegó a calcular la duración del año con exactitud hace seis siglos, o el entretenido bazar de Siyob, donde compran los locales, entre puestos ordenadísimos, coloridos y pulcros, donde se puede hacer una foto sin molestar, ver los enormes melones o hablar de fútbol. Uzbekistán se ha clasificado para el Mundial de 2026 por primera vez en su (corta) historia y ha fichado como entrenador a Fabio Cannavaro, capitán de la selección italiana que ganó el de 2006.

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Bujará también es famosa por sus abrigos de piel y sus sombreros de piel karakul. J. M.

La visita a Samarcanda no puede terminar sin las modernas animaciones cibernéticas que se proyectan cada noche sobre la fachada de la madrasa Tilla-Kori, en el Registán: cientos de turistas activan el vídeo del móvil durante 20 minutos. De nuevo a bordo del tren, se vuelven a ver campos de algodón, cereales, maíz y árboles frutales. 270 kilómetros más allá está Bujara, con 'solo' 300.000 habitantes, la mitad que Samarcanda. Su atractivo está en la parte vieja con sus numerosas cúpulas de ladrillo, junto al complejo de Lyabi-Hauz y sus madrasas, restaurantes y un estanque con patos. Destaca el minarete de Kalyan, de 47 metros, salvado de la destrucción por Gengis Khan tras rendirse a su belleza. Aquí también abundan los fotógrafos callejeros, jóvenes armados con aparatosas Canon full frame dispuestos a hacer fotos a novios, familias, escolares o turistas con atuendos tradicionales.

La parte vieja es un animado bazar peatonal donde compran los uzbekos: telas, prendas de seda y algodón, especias, artesanías, títeres, frutos secos, miniaturas, muñecas o afiladas tijeras. Todo lo inimaginable, con la mejor calidad en manos de los mejores artesanos y a buen precio. Y tras cruzarte con una vendedora de globos, siempre rojos, entras en el caravasar Toki Zargaron, un antiguo hotel que ha acogido la primera Bienal de Bujara, con 200 artistas de 40 países.

La herencia rusa

El ajedrez, otra herencia rusa, es muy popular en el país, casi tanto como la lucha libre uzbeka, el kurash; eso sí, son una superpotencia en boxeo: de los Juegos Olímpicos de París se volvieron con cinco medallas de oro, sin contar las de lucha o judo. En fútbol «estamos aprendiendo», reconoce el guía. La gran madrasa de Nodir-Divan Begi, ahora convertida en restaurante, ofrece cena con música en directo, bailes folklóricos… y un desfile de moda de diseñadoras locales que modernizan el rico vestuario tradicional.

Con una media de edad de 28 años, los uzbekos se casan con apenas 20 y tras la boda disponen de cuarenta días de permiso

Tras seis horas en bus se llega a Jiva, cuyo casco viejo amurallado, Itchan Kala, con sus cuatro puertas de acceso, es también Patrimonio de la Humanidad. Su recinto fue vaciado por los soviéticos para restaurarlo en los años 70. Ahora es un laberinto de inmaculadas calles y plazas, con más mezquitas, mausoleos, madrasas reconvertidas en hoteles o galerías comerciales y puestos callejeros. Destaca el inacabado y anchísimo minarete conmemorativo Kalta Minor, con sus espectaculares motivos geométricos dominados por el turquesa, o el de Islam Khodja, con sus respetables 57 metros de altura. Más allá está la vieja mezquita Juma, que sigue restaurando sus más de 200 columnas de madera tallada.

Jiva es un buen lugar para terminar la ruta: un pequeño restaurante, un grupo de música con bailarina y turistas que danzan dándolo todo. Solo queda echarse la mano al corazón y decir 'rahmat' por todo lo vivido en el corazón de la Ruta de la Seda antes de que se vea alcanzada por la masificación.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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