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Aquella meritocracia

Aquella meritocracia
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Vivíamos inmersas en una cultura de esfuerzo que pedía de nosotras que lo diéramos todo en aras de llegar a ser mujeres 'de provecho'
Aquella meritocracia

Vivíamos inmersas en una cultura de esfuerzo que pedía de nosotras que lo diéramos todo en aras de llegar a ser mujeres 'de provecho'

ANA SANZ. JURISTA Y AUTORA DE TEATRO

Jueves, 22 de enero 2026, 01:00

... ciudad de provincias. Eran retoños de la sufrida clase media que mandaba a sus niñas a un colegio 'de pago', bien que lo suficientemente asequible como para que una capa amplia y heterogénea de ciudadanos de los años sesenta y setenta del siglo pasado pudieran procurarle una formación esmerada a sus hijas. Ni elitista ni marcadamente popular, aquel colegio era un reflejo de la sociedad de la época. Allí nos formábamos hornadas, perdón, promociones de niñas de las que he llevado toda mi vida un vívido recuerdo. Allí, después de cursar la enseñanza básica, seguimos los estudios medios y los de preparación para el ingreso en la universidad. Pasaron muchos años y aún guardo en mi memoria las caras, la sonrisa, las voces y hasta la manera en que muchas daban la lección cuando las sacaban al encerado. Eran mis compañeras de clase.

Vivíamos inmersas en una cultura de esfuerzo que pedía de nosotras que lo diéramos todo en aras de llegar a ser mujeres 'de provecho'. Y me viene a la memoria el poema de José Agustín Goytisolo que cantaba Paco Ibáñez en el que, con un realismo no exento de crudeza, se hace eco el poeta de las recomendaciones que le hacían a las niñas sus abuelitos y sus papás: «Trabaja, niña, no te pienses que sin dinero vivirás...» Ay, la independencia económica, ese preciado recurso al que aspirábamos para poder construirnos un futuro. Por aquella época teníamos claro que, de cumplir con determinados estándares de estudio y preparación, podríamos seguir una carrera profesional razonablemente buena. Pero me temo que hoy nadie puede darles el consejo del poema de Goytisolo a las hijas y nietas sin advertirles que, como dijo aquel astro del futbol americano: «El futuro ya no es lo que era».

Las pleamares de la vida nos han llevado a mis compañeras y a una servidora por distintos derroteros y a veces me pregunto qué habrá sido de algunas de esas amiguitas a las que frecuentaba de modo más asiduo; qué han hecho con sus vidas o qué ha hecho la vida con ellas. En lugar de preguntarle al futuro por lo que nos depara, me pregunto a veces por lo que fue de ese ya casi lejano pasado. Es lo que tiene celebrar bodas de oro. Desde aquel 1976 en el que terminamos el otrora Curso de Orientación Universitaria, alias COU, en el que éramos promesas adolescentes, se han sucedido tantos acontecimientos públicos y privados que el repertorio de preguntas y recuerdos se asemeja al piélago cervantino en el que no sé si es una aventura o directamente un peligro perderse.

De aquel bachillerato elemental, con reválida incluida, en el que lo mismo entrábamos en contacto con la Tabla Periódica que con unas liras de San Juan de la Cruz o con las lecciones de costura en las clases de Hogar y de aquel bachillerato superior en el que nos adiestraron en nociones de Matemáticas, Física y Química (a las que elegimos ciencias) y en el Latín y Griego (a las que se decantaron por cultivarse con las batallitas de Julio César y algunos rudimentos de la lengua de Sócrates), salimos aquella hornada, perdón, promoción de chavalas en la primavera de 1976. Sin ceremonia de graduación, porque los 'boomers' no conocimos esas cosas, con el entusiasmo de la juventud y en el marco de un contrato social cuya noción nos era ajena, sabíamos en nuestro fuero interno que algo del porvenir sería nuestro si ofrecíamos a la sociedad lo mejor de nuestra actitud de laboriosidad y entrega al abrigo de aquella meritocracia.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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