La figura del presidente de EE.UU. planea sobre un Mundial politizado, impactado por la mano dura migratoria de Trump y agitado por la guerra de Irán
Regala esta noticia Añádenos en Google Gianni Infantino y Donald Trump, en una imagen de archivo. (EP)Javier Ansorena
Corresponsal en Nueva York
10/06/2026 a las 23:57h.Diego Armando Maradona dijo aquello de «la pelota no se mancha». Pocos se esforzaron más que el astro argentino en estropear la belleza que dejó ... en el césped. En su exagerada -como todo en él- despedida en La Bombonera, defendió que, pese a todo, la pureza del fútbol se mantiene.
El Mundial que arranca estaba diseñado para un cambio de rumbo, para devolver una versión amable del fútbol, con el hermanamiento de tres países vecinos, una muestra de unión alrededor del fútbol, de sintonía en la diversidad: EE.UU., primera potencia mundial y símbolo de las libertades; Canadá, el país simpático por antonomasia; y México, la potencia futbolera de la región y el gran país hispanohablante.
El torneo, sin embargo, llega tomado por la controversia, la que nunca se separa de su figura central: Donald Trump. Arranca un Mundial politizado, impactado por la mano dura migratoria del presidente de EE.UU., agitado por la guerra de Irán y con dudas sobre la organización. Con el 75% de los partidos en territorio estadounidense, es el Mundial de Trump. Aunque no estaba previsto que lo fuera.
Cuando la FIFA eligió la sede del torneo en 2018, Trump ya estaba en la Casa Blanca. Aquello tampoco entusiasmó mucho al multimillonario neoyorquino: nadie, tampoco él, pensaba que en junio de 2026, con 80 años, él sería el presidente. Su plan era ganar la reelección en 2020 y dejar el poder cuatro años después (hay un límite de dos mandatos para los presidentes). Después perdió frente a Joe Biden en 2020 y el asalto al Capitolio por una turba de sus seguidores pareció enterrar para siempre su carrera política. Pero Trump mantuvo el poder en el Partido Republicano y, en la mayor remontada de la historia política de EE.UU. volvió a ganar en 2024.
Trump siempre ha dicho que el bonus de haber perdido en 2020 -él clama, contra toda evidencia, que le robaron la elección- es que ganó presidir eventos históricos: el 250º aniversario de la fundación de EE.UU. (se cumple este 4 de julio), los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 2028 y, por supuesto, el Mundial.
La preparación del torneo ha sido un cortejo intenso -en ocasiones, bochornoso- del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, a Trump. En el camino, muchos han puesto en cuestión la supuesta neutralidad política de la FIFA. Infantino se ha convertido en una presencia constante al lado de Trump, estuvo en la jura de su cargo, ha peregrinado al Despacho Oval media docena de veces y le ha cubierto de regalos. El capo de la FIFA -al que Trump llama «mi chico»- llegó a estar con mandatarios de todo el mundo en la Cumbre de Paz sobre Gaza en Egipto. Y llevó la adulación a crear un Premio de la Paz de FIFA para agradar al multimillonario neoyorquino, que protestó por no recibir el Nobel.
Toda una estrategia para conseguir el favor del presidente en la organización del Mundial, para que no descarrile por los fogonazos intempestivos del multimillonario neoyorquino. En los últimos meses, por ejemplo, ha insistido en anexionar a otro país organizador -Canadá-, ha amenazado con lanzar ataques militares contra el tercero en liza (México) y ha sugerido que no haya partidos en Boston, como castigo a las autoridades locales, que son demócratas.
¿El Mundial más acogedor?
El impacto más directo, y que ya se nota en el Mundial, es el de la mano dura migratoria de Trump, una de sus grandes banderas politicas. La Casa Blanca ha defendido que el torneo será «el más seguro y acogedor de la historia». Infantino insistió en que «el mundo está bienvenido en EE.UU. Los jugadores, todo el mundo implicado, todos nosotros, pero sin duda también los aficionados».
Era evidente que eso no se va a cumplir. Para empezar, cuatro países tiene prohibición total o parcial para que sus nacionales viajen a EE.UU.: Irán, Haití, Senegal y Costa de Marfil. Pero es que además una cuarta parte de los 48 participantes tienen restricciones o niveles altos de rechazo de visados.
Las autoridades estadounidenses han prohibido el viaje de parte de la delegación de Irán y han forzado a que su concentración se traslade a México. Un delantero de la selección de Irak, Aymen Hussein, pasó horas interrogado en el aeropuerto de Chicago. A los equipos de Senegal y Uzbekistán se les sometió a largos registros de su equipaje. Varios periodistas de Irán y de países africanos se han quedado sin visado. Hasta el mes pasado, los solicitantes de visado de algunos países tenían que hacer un depósito de 15.000 dólares.
La primera gran víctima del Mundial de Trump ha sido el árbitro Omar Artan. Iba a ser el primer somalí en dirigir un partido de la Copa del Mundo. Tras llegar a Miami, las autoridades migratorias no le dejaron pasar la frontera. La FIFA aceptó la decisión.
Quedan cuarenta días de Mundial y cuando todo acabe habrá que ver si estos episodios son excepcionales, si se impone la fiesta del fútbol a todo lo demás. O si la historia recordará a esta edición como una turbulencia más del fenómeno político de Trump.
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