Juanjo Sánchez Arreseigor
Historiador, especialista en el mundo árabe e islámico contemporáneo
21/05/2026 Actualizado a las 18:42h.Los guardianes de la revolución iraníes han reiterado su voluntad de poder sobre el estrecho de Ormuz. El comunicado no habla de soberanía sino de ... jurisdicción regulatoria, pero sus mapas no dejan lugar a duda, cubriéndolo todo hasta la línea de costa, sin detenerse siquiera en las aguas jurisdiccionales de Omán o Emiratos Árabes Unidos.
Pero Trump parece muy renuente a lanzar una gran ofensiva. Napoleón solía decir que si los oficiales son buenos, las tropas serán buenas también. ¿Pero cuánto valen las mejores tropas si el comandante supremo es un cenutrio?
Para entender la incompetencia de Trump es necesario recordar la crisis de Groenlandia. Cuando comenzó a reclamar la isla, su indefensión era absoluta. Unos pocos miles de soldados habrían podido tomar la capital, Nuuk, sin pegar un tiro, y unas cuantas naves de guerra en la costa oriental de la isla habrían bastado para disuadir a la UE de intentar nada. La OTAN habría colapsado, pero sería necedad creer que eso le importa a Trump. Por lo tanto, ¿por qué no se limitó a atacar por sorpresa?
La respuesta está en la mente dañada y disfuncional de Trump. A lo largo de su vida ha sido un gandul avariento que no quiere molestarse en tomar las cosas; exige que se las entreguen en mano. Siempre busca lograr sus objetivos a base de insultos, amenazas, difamaciones y jactancias. Grita y grita hasta que la parte contraria cede para tener un poco de paz. Es muchísimo más satisfactorio emocionalmente ver que los otros se someten. Y si tropieza con resistencia, busca repetir la jugada venezolana: decapita el liderazgo enemigo y los demás se someten por miedo.
Como todas estas argucias de matón han fracasado, la primera opción de Trump es retirarse y pasar a otra cosa, pero aquí no puede hacerlo; está atrapado. Las elecciones de noviembre no le preocupan porque gobierna al margen del Parlamento y porque sin duda ya tiene planificado el pucherazo. El verdadero problema es que, por su inconsistente carácter, no quiere reconocer el fracaso ni tampoco le apetece iniciar una ofensiva que requeriría mucho tiempo, dinero y tropas.
Los iraníes han entendido que poco importa el poderío militar norteamericano si su líder supremo no se atreve a usarlo. Por eso ya se consideran vencedores y, borrachos de soberbia, reclaman el botín. Ahora bien, el orgullo precede a la caída: sus pretensiones sobre Ormuz van a obligar a combatir tanto a EE UU como a otras potencias. Si no es bajo Trump, será bajo su sucesor. Los iraníes se han puesto una soga al cuello. La única duda es cuánto tiempo tardará en cerrarse el nudo corredizo.
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