Eran militares y agentes enviados "de misión" a Caracas; murieron en combate directo o bajo los bombardeos mientras formaban el último anillo de seguridad del presidente venezolano.
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Julio César Ruiz Aguilar Publicada 8 enero 2026 03:27hLa madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en la historia reciente de América Latina. Bajo el nombre de una operación cuyo alcance completo aún no ha sido revelado, fuerzas armadas de Estados Unidos irrumpieron en Caracas con la misión de capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
El presidente estadounidense Donald Trump describió la acción como una operación de aplicación de la ley, destinada a ejecutar los cargos federales que desde hace años pesan sobre Maduro —y su esposa, Cilia Flores— por delitos relacionados con el narcotráfico y el crimen organizado.
Desde un centro de mando en Washington DC hasta el complejo militar de Fuerte Tiuna, en el sur de la capital venezolana, los hechos de aquella noche se desplegaron en múltiples planos simultáneos.
El primero, el de una intervención militar directa en el corazón de Venezuela y la caída del líder de un régimen que había resistido durante años sanciones, aislamiento y crisis internas.
Operación nocturna de la USAF. E. E.
El segundo, la exposición pública de una presencia extranjera hasta entonces deliberadamente opaca: los cubanos que protegían a Maduro desde dentro de su propio dispositivo de seguridad. Conocidos como "avispas negras", la mayoría de ellos se habían formado en las academias de las Tropas Aerotransportadas de Rusia (VDV) y con los Spetsnaz.
El fuerte del poder
Fuerte Tiuna no es solo una base militar. Es un complejo urbano cerrado, un entramado de cuarteles, residencias oficiales, centros de inteligencia, pasillos internos y rutas altamente vigiladas. Allí confluyen la seguridad del Estado venezolano, la élite castrense chavista y los equipos de protección que garantizan la supervivencia del poder político.
En la noche del ataque, la operación estadounidense se materializó en explosiones y aeronaves volando a baja altura sobre puntos estratégicos como La Carlota y el propio Fuerte Tiuna, mientras los sistemas de comunicación comenzaban a fallar y el sur de Caracas quedaba parcialmente a oscuras.
Entre las fuerzas desplegadas dentro de ese perímetro, según confirmó posteriormente el Gobierno cubano, se encontraban 32 ciudadanos cubanos, integrados en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y en el Ministerio del Interior (MININT), cumpliendo funciones de seguridad y defensa a petición del Estado venezolano.
La primera confirmación oficial del número y la nacionalidad de las bajas llegó desde La Habana. Un comunicado del Ministerio del Interior de Cuba informó de muertes "en combate directo contra los atacantes o como resultado de los bombardeos sobre las instalaciones"; y describió su actuación como el "fiel cumplimiento del deber, con dignidad y heroísmo".
Quiénes eran los 32
La cifra —32— suele circular como un número seco, estadístico, sin rostro. Pero cada uno de esos hombres tenía una función definida dentro del esquema de seguridad presidencial. El comunicado cubano precisó que se trataba de "militares y agentes de inteligencia" desplegados con tareas operativas, no diplomáticas ni técnicas.
Ese matiz es clave. Cuba no reconoce públicamente que sus fuerzas armadas participen en misiones ofensivas fuera de la isla. Sin embargo, la realidad del despliegue en Venezuela confirma que estos efectivos estaban integrados desde hacía años en la estructura de seguridad del presidente venezolano; respondiendo a cuerpos de mando con presencia cubana dentro de unidades estratégicas en Caracas.
La presencia de cubanos en la seguridad presidencial venezolana no era nueva. Desde la llegada de Hugo Chávez, La Habana había facilitado instructores, asesores y oficiales para la formación de fuerzas armadas y servicios de inteligencia. Bajo Maduro, ese papel se profundizó hasta el punto de incorporar personal cubano al anillo más cercano del presidente.
Los 32 militares y agentes cubanos fallecidos durante el asalto a Caracas. E. E.
A diferencia de lo ocurrido en otros episodios, Cuba sí hizo públicas las identidades de los 32 fallecidos. Nombres, apellidos, rangos y edades fueron difundidos oficialmente tras el asalto. Coroneles, tenientes coroneles, mayores, capitanes, primeros tenientes y soldados, con edades comprendidas entre los 26 y los 67 años.
Lo que no se hizo público fue qué función concreta desempeñaba cada uno esa noche, ni su ubicación exacta dentro del complejo cuando comenzaron los bombardeos y los intercambios de fuego.
La Habana optó por identificar a los caídos, pero no por reconstruir la misión. Aunque todos ellos formaban parte de lo denominado "el primer anillo" de protección de Nicolás Maduro y su esposa Cilia FLores.
La lista reveló además un dato significativo: no formaban una unidad homogénea. No eran un solo comando ni un grupo de élite uniforme. 11 de ellos procedían de las FAR y 21 del MININT, con perfiles distintos, coherentes con un dispositivo de seguridad presidencial basado en capas superpuestas y funciones complementarias.
Todos ellos formaban parte de misiones rotativas en el exterior, enviados por turnos fuera de la isla. Su vida familiar permanecía en Cuba; su actividad operativa, en Venezuela. Estancias prolongadas, rotaciones escalonadas y presencia permanente en los puntos más sensibles del régimen chavista.
Imagen de archivo de un grupo de las "avispas negras" cubanas en Venezuela. Redes.
El dispositivo
Más allá de la diplomacia, estos hombres no cumplían labores administrativas ni de asesoría técnica. Estaban integrados en roles de seguridad directa, inteligencia y operaciones especiales dentro del complejo venezolano, hasta el punto de que su presencia se confundía con la propia guardia presidencial.
La lógica interna de la seguridad en Fuerte Tiuna —como en muchas guardias presidenciales del mundo— es interdependiente: agentes venezolanos y cubanos comparten turnos, cubren accesos, coordinan rutas de evacuación, intercambian información en tiempo real y se sitúan en primera línea cuando algo sale mal.
Ese modelo, que exige años de confianza y entrenamiento conjunto, explica por qué estos hombres estaban allí aquella madrugada. El centro de gravedad de su misión no era una base secundaria: era el corazón de la defensa del presidente.
El armamento: resistir, no vencer
Los cubanos que custodiaban a Maduro no estaban equipados para librar una guerra abierta ni para repeler una operación militar de gran escala. Su armamento respondía a otra lógica: contener, ralentizar, ganar minutos. La misma lógica que rige cualquier anillo de seguridad presidencial cuando el escenario se vuelve hostil.
La dotación estándar de las FAR, en concreto de la unidad de élite conocida como las Avispas Negras— sitúa al Kaláshnikov, en sus variantes AK y AKM, como arma principal. Fusiles de calibre 7,62×39, robustos y fiables, diseñados para funcionar en condiciones adversas y en combate cercano.
No son armas de precisión quirúrgica, sino armas de resistencia. En complejos como Fuerte Tiuna, con pasillos largos, accesos múltiples y espacios pensados para el control del perímetro, ese tipo de fusil es habitual.
Algunos de esos Kaláshnikov incorporaban ópticas sencillas de fabricación cubana, suficientes para la adquisición rápida de blancos a corta y media distancia.
No hay constancia pública de sistemas nocturnos avanzados ni de equipamiento de última generación. La defensa se apoyaba más en el conocimiento del terreno que en la tecnología. También son habituales entre la misma unidad fusiles de fabricación cubana como el Mambí (antihelicóptero) y el Alejandro (para francotiradores).
En puntos fijos del complejo —garitas, accesos principales, corredores largos— se desplegaban ametralladoras PKM, armas de apoyo destinadas a cubrir sectores amplios y frenar avances rápidos. Su función no era abatir aeronaves, sinonegar el paso, obligar a cubrirse y ralentizar la progresión de tropas terrestres.
Soldados cubanos maniobran una ametralladora antiaérea, popularmente conocida como "cuatro bocas". EFE.
También había tiradores selectos, situados en posiciones elevadas o con visibilidad estratégica. Su armamento incluía fusiles de precisión de origen soviético o cubano, pensados para observación armada, control de movimientos y alerta temprana. No eran francotiradores de larga distancia: eran ojos armados dentro del perímetro.
El MININT operaba con un perfil distinto. Sus efectivos —entre ellos miembros de la Brigada Especial Nacional— actuaban como unidad de intervención rápida. Pistolas, armas cortas, control de espacios cerrados y reacción inmediata. Su papel no era sostener una línea de fuego, sino cerrar estancias, asegurar desplazamientos internos y proteger al objetivo.
Ese despliegue mixto define con claridad la defensa de aquella noche. No se trataba de impedir el ataque, sino de absorber el impacto inicial, contener el caos y permitir que el presidente alcanzara una sala segura.
Cuando los helicópteros entraron en Caracas y comenzaron los bombardeos sobre instalaciones militares, ese armamento quedó rápidamente en desventaja.
Los Kaláshnikov sirven contra hombres visibles, no contra aeronaves. Las PKM cubren accesos, no cielos. La defensa se convirtió, en cuestión de minutos, en una sucesión de posiciones superadas, de puestos que dejaban de responder, de sectores aislados.
Algunos de los cubanos murieron en intercambios directos de fuego, en pasillos y zonas de control. Otros lo hicieron bajo los impactos de los bombardeos, cuando las posiciones defensivas quedaron expuestas. Cuba lo resumió después sin matices: combate directo y bombardeo.
El armamento con el que se defendieron no fue insuficiente solo por antiguo, sino también por concepto. Estaba diseñado para sostener el poder desde dentro, no para resistir una operación de captura ejecutada por una potencia militar.
En Fuerte Tiuna, la frontera entre vida privada y función militar es difusa. El complejo no es solo un espacio de trabajo: es también un lugar donde se duerme.
Parte del personal asignado a la seguridad presidencial —especialmente el integrado en el anillo más cercano— vive dentro del perímetro; en residencias oficiales o dependencias habilitadas para estancias prolongadas.
Esa condición explica una imagen que, en otro contexto, podría parecer inverosímil: hombres armados reaccionando al asalto sin haber pasado antes por un vestuario. No porque estuvieran desprevenidos, sino porque su lugar de descanso estaba a pocos metros de los puestos que vigilaban.
En un complejo cerrado, con turnos superpuestos y disponibilidad permanente, el tiempo entre la alarma y la acción se mide en segundos. Algunos de los cubanos estaban de guardia cuando comenzaron las detonaciones. Otros dormían tras relevar turno. Todos estaban dentro.
Cuando el ataque se materializó, no hubo margen para la liturgia del uniforme: se tomó el arma, se ocupó la posición asignada y se activó el protocolo. La prioridad no era la forma, sino el bloqueo inmediato del avance.
La noche del asalto
Las primeras detonaciones se registraron alrededor de las 2:00 de la madrugada. Vecinos de zonas cercanas a La Carlota y Fuerte Tiuna relataron explosiones y aeronaves volando a baja altura, combinadas con apagones parciales en el sur de la ciudad.
Por la información disponible, los cubanos estaban en sus puestos asignados cuando comenzó la ofensiva. Algunos cumplían funciones de observación en torres de vigilancia; otros cubrían accesos principales; un grupo más reducido estaba destacado en patrullaje interno y acompañamiento directo del circuito presidencial.
La operación estadounidense avanzó con un despliegue rápido, combinando ataques desde el aire y la entrada de fuerzas especiales en tierra, incluidas unidades de élite entrenadas para capturas de alto riesgo.
Para los cubanos, ese momento fue crítico. No solo se encontraban cerca del epicentro del objetivo —Maduro mismo—, sino que su protocolo era detener o retrasar el avance del atacante en los puntos clave del perímetro interno.
Los ataques de EEUU en Venezuela. Lina Smith
Duelo, silencio y cálculo político
La Habana decretó dos días de duelo nacional y describió a los fallecidos como héroes que "cumplieron su deber con dignidad y heroísmo". El Gobierno venezolano declaró una semana de luto.
Más allá de los comunicados oficiales, persiste un silencio denso sobre las decisiones políticas que llevaron a ese despliegue y sobre los detalles finos de la misión. Lo que sí ha quedado claro es que los 32 cubanos formaban parte de un dispositivo de seguridad mixto, integrado en el corazón mismo de la protección presidencial venezolana.
Venezolanos volviendo a sus casas después de la concentración son acorralados, tiroteados y secuestrados por “Las Avispas Negras” de Cuba operando en suelo Venezolano a las órdenes del criminal Régimen de Maduro. #FueraMaduro#VenezuelaLibre#MaduroTiranoDictadorpic.twitter.com/fdTrJMDIMM
— (a+b)² = a²+2ab+b² ◲ (@beerAndGin) August 6, 2024
La muerte de estos 32 militares cubanos no es solo un episodio militar. Es la manifestación más cruda de una relación estratégica entre La Habana y Caracas, construida durante décadas sobre seguridad, inteligencia, energía y supervivencia política.
La dependencia cubana del petróleo venezolano, que durante años cubrió una parte sustancial de sus necesidades energéticas, se convierte ahora en un factor de vulnerabilidad tras la caída del régimen chavista y la captura de Maduro.
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel lo resumió en un mensaje oficial: "Honor y gloria a los bravos combatientes que cayeron enfrentando terroristas en uniformes imperiales".
Los 32 cubanos que murieron aquella madrugada no regresaron para contar su historia. Estaban allí porque así lo dictaba una alianza forjada durante décadas, y murieron cuando esa alianza se convirtió en un campo de batalla. El resto —la soberanía, los discursos, las consignas— llegó después.