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Henri Matisse realizó el diseño y la decoración de la Capilla del Rosario de Saint-Paul de Vence en Francia entre 1951 y 1954.
El gran pintor francés Henri Matisse (1869-1954) no necesita presentación. Menos conocido es que su despedida del olimpo de los grandes artistas del siglo pasado estuvo dedicada, a partir de 1951, a la decoración de la Capilla del Rosario de las monjas dominicas de Saint-Paul de Vence, en la Provenza (Francia).
La historia no tiene desperdicio. Monique Bourgeois, antigua enfermera y modelo del artista, convertida en monja dominica en 1944, convenció a Matisse para la transformación de un garaje con goteras en medio de una urbanización sin pretensiones en una bella capilla de tejado azul y blanco coronada con una cruz de hierro forjado que Matisse completaría con un Vía Crucis -realizado en un único conjunto, compuestas de siluetas en negro-, ocupándose además del mobiliario, las vestimentas litúrgicas, una figura de Santo Domingo, un fresco de la Virgen y el Niño y unas magníficas vidrieras.
Mientras la Segunda Guerra Mundial asolaba Europa, en 1941 Henri Matisse fue diagnosticado de cáncer de colon. Para colmo, Amélie, su esposa durante 39 años, le había abandonado por sus infidelidades, y su hija había sido detenida y enviada a un campo de concentración. Matisse se sometió a dos complicadas operaciones que le dejaron en silla de ruedas, incapaz de pintar y esculpir como antes.
Necesitado de ayuda, Matisse puso un anuncio en el periódico buscando una enfermera de noche "joven y guapa" y Monique Bourgeois, de 21 años, respondió. Matisse se mudó de Niza al pueblecito de Vence y Monique se quedó en Niza a continuar sus estudios de enfermería, pero una tuberculosis hizo que su doctor la enviara a una casa de reposo de monjas dominicas en Vence.
'Monique Bourgeois' (1943), de Matisse.Ahí, descubrió que su vocación no era la enfermería, quería ser monja. Cuando Matisse recuperó fuerzas, le pidió que fuera una de sus modelos y la historia podría haber tomado el mismo cariz que muchos de sus otros escarceos, pero la joven Monique poseía ya la firme vocación de convertirse en la hermana dominica, Sor Jacques-Marie. De esa relación surgió lo que el artista de 82 años describiría como "el resultado de toda mi vida laboral, mi obra maestra".
El encargo suscitó objeciones. Sus colegas de la vanguardia estaban horrorizados. Los católicos conservadores se indignaron porque un libertino agnóstico diseñara un espacio sagrado. Físicamente, Matisse no podía mantenerse en pie y pintar con la energía de antaño; espiritualmente, a pesar de un recién descubierto interés por el catolicismo, era un analfabeto religioso.
Matisse hizo lo mismo que los grandes maestros que le precedieron: jugó con sus puntos fuertes. El color le hablaba, los matices le conmovían, su paleta tenía el potencial de comunicar un lenguaje universal. Durante su convalecencia, Matisse empezó a experimentar con recortes de cartulina, creando formas y motivos limpios, nítidos y coloreados. Ayudado por el artista y teólogo dominico padre Marie-Alain Couturier, Matisse se lanzó a un proyecto que ocuparía los últimos cuatro años de la vida del artista.
Algunas de las paredes están cubiertas de azulejos blancos pero la fuerza de la capilla procede de las vidrieras diseñadas en su nuevo estilo recortado y cocidas por el maestro vidriero Paul Bony. Siguiendo la tradición de las grandes catedrales francesas, Matisse domaba en esta miniatura la luz y el color dentro de un espacio sagrado.
Vitrales representando el Árbol de la Vida, obra de Matisse.Las esbeltas ventanas que evocan las cuentas del rosario conducen al santuario, donde el artista se inspiró en las decoraciones de mosaico que le habían cautivado en Italia. Un cristal del color del sol llena el espacio detrás del altar, como los ábsides dorados de Roma. La decoración sencilla de las primeras iglesias y símbolo de la vida eterna.
Matisse encontró en el reducido espacio una nueva forma de belleza, una belleza de esperanza y renovación. Estaba tan absorto en el proyecto que diseñó todos los detalles. Pintó las paredes con un pincel sujeto a un palo largo que podía manejar desde su silla de ruedas. Las formas parecen casi infantiles, reflejo de su nuevo amor por la sencillez.
La imagen de Santo Domingo junto al altar se dibujó sin rasgos faciales, para que cada sacerdote cuyo rostro se reflejara en los azulejos brillantes pudiera ser una nueva encarnación del fundador. Y para que cada visitante, sea o no creyente, reflexione sobre su propia introspección espiritual. De hecho, no hay rostros en absoluto en la capilla, ni en la Virgen con el Niño que se extiende a lo largo de la nave ni en el Vía Crucis trazado en espartanas líneas negras en la parte posterior de la iglesia.
Los siguientes cuatro años fueron de arduo trabajo. Matisse se encargaría hasta del más mínimo detalle, desde las casullas hasta los murales y vidrieras e incluso el altar y las puertas de madera. Todo sería diseño de él. Y no se parece a ninguna otra capilla. Nuestras propias experiencias son las que complementan a la austera decoración y la vuelven lugar de consuelo y de reflexión.
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