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La ingesta de alimentos ultraprocesados provoca infinidad de enfermedades. Adobestock Así ha copiado la industria alimentaria a la del tabaco para engancharnos a la comida basuraUn estudio desentraña las estrategias que emplean para incitar a la población a comer ultraprocesados
Jueves, 5 de febrero 2026, 00:18
... riesgo de múltiples enfermedades crónicas relacionadas con la dieta». El trabajo subrayaba que los cereales y bebidas azucaradas, postres y panes industriales y palitos de pescado, entre otros muchos productos, provocan una interminable ristra de males entre las que se cuentan el sobrepeso, la obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión, la dislipidemia –colesterol alto–, enfermedades cardiovasculares, cerebrales y renales, cardiopatías coronarias, la enfermedad de Crohn y depresión. Antes, en mayo de 2024, otra investigación de la no menos prestigiosa 'British Medical Journal' había ido más allá si cabe y afirmaba que abusar de estos productos incrementa un 4% el riesgo de muerte, un porcentaje que se elevaba hasta el 9% si se le añadían ciertas patologías.«Es un trabajo muy interesante. Lo que hacen estos productos es alterar la capacidad del cerebro para controlar la sensación del placer. Se trata de hacernos adictos de una forma muy controlada para que no genere rechazo social y sigamos consumiéndolos», corrobora David Garisoain Alonso, psicólogo especializado en adicciones. «El azúcar y las grasas manipuladas de estos productos tienen en el cerebro efectos parecidos a los de las drogas. Son réplicas controladas de los efectos que producen sustancias más agresivas. Y esto no se consigue con el brócoli, sino con patatas fritas», añade. Cinco son las áreas analizadas:
Ingredientes de refuerzo y dosis controladas
«El tabaco y los UPF –siglas en inglés de alimentos ultraprocesados– comparten un origen común: ambos son sustancias naturales que presentan poco potencial adictivo en sus formas no procesadas. Durante siglos, las hojas de tabaco, el maíz, la caña de azúcar, los cereales y las semillas oleaginosas desempeñaron un papel en la vida humana sin causar crisis de salud pública. Lo que transformó estos materiales en importantes factores de riesgo fue la forma en que fueron rediseñados industrialmente para mejorar el refuerzo, maximizar tanto el deseo como la necesidad, aumentar la accesibilidad y maximizar las ganancias», aseguran los investigadores. En otras palabras, el problema no está en la materia prima de base, sino en lo que la industria ha hecho para 'engancharnos'.
En cuanto a las dosis, la cantidad de nicotina en los cigarrillos está pensada justamente para quedar en el fiel de la balanza entre querer esa (nociva) recompensa y evitar la aversión por sus efectos nocivos. Lo mismo se hace en los alimentos: «La cantidad de carbohidratos refinados y grasas añadidas buscan maximizar el impacto hedónico».
Velocidad de administración
La clave aquí es que cuanto más rápido llega una sustancia reforzante al cerebro, mayor es el aumento de dopamina –la hormona del placer– y más adictivo se vuelve el producto. En el caso de la nicotina, los cigarrillos están diseñados para que esta sustancia llegue al cerebro en unos pocos segundos. Por su parte, los carbohidratos refinados y las grasas añadidas se digieren rápidamente debido a que el procesamiento industrial aumenta la velocidad y la eficiencia de la absorción.
Ingeniería del placer
Otros de los rasgos que comparten ambos productos es su fugacidad: proporcionan un placer rápido que desaparece a la misma velocidad con la que ha venido, lo que a su vez incrementa el deseo de fumar o comer más. Para ello, añaden al tabaco saborizantes, mentol y edulcorantes, y sabores artificiales, emulsionantes y colorantes a los alimentos industrializados. La textura también es fundamental, ya que se diseñan para descomponerse o fundirse rápidamente, y para que el masticado no lleve mucho tiempo, ya que reduce el deseo de ingerir más.
El envoltorio
«Mediante el procesamiento y el diseño industrial, estos productos se optimizan no solo para su atractivo sensorial, sino también para una uniformidad en la aplicación, garantizando que cada uso resulte familiar, satisfactorio y reconfortante», aseguran. En el caso del tabaco, cada cigarrillo de un paquete está diseñado para quemarse de la misma manera, tener el mismo sabor y ofrecer la misma sensación en la garganta y boca. A los ultraprocesados se les aumenta su densidad energética respecto a los alimentos naturales para que cada bocado sea más gratificante. También juegan con el sonido. Lejos de ser casualidad, el crujido de una patata frita, la efervescencia de un refresco recién abierto o el chasquido de una barra de chocolate son parte de la marca.
Lavado de imagen
El adjetivo 'light' es común en ambas industrias y clave para lo que los investigadores llaman «lavado de imagen para crear la ilusión de un daño reducido al tiempo que se preservan sus propiedades adictivas básicas». Esta estrategia es añosa en el caso del tabaco. Ya en la década de 1950 se introdujeron los filtros que supuestamente atrapaban el alquitrán y otras sustancias nocivas antes de llegar a los pulmones. Años después llegarían los cigarrillos 'light' y más recientemente los vapeadores. Sus equivalentes en los alimentos serían las etiquetas de 'bajo en grasa' o 'sin azúcar', que crean en el consumidor la ficción de que su consumo es inocuo.
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