El 'derecho a reparar' en la Unión Europea trata de contrarrestar la obsolescencia programada por los fabricantes
Jueves, 22 de enero 2026, 21:01
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No importa el aparato del que hablemos: el ciclo de consumo actual dicta que al año siguiente su fabricante ponga a la venta una versión ... mejorada (y generalmente más cara). Esto hace que las compañías luchen por convencernos de adquirir un modelo nuevo cada cierto tiempo, lo que contradice la idea de rentabilizar nuestras inversiones al máximo. Pongamos como ejemplo una lavadora comprada hace 30 años: lo más probable es que siga funcionando como el primer día. Sin embargo, raro es el smartphone actual que no renquea después del tercer año.
La primera y más evidente gira en torno a un concepto con el que muchos ya están familiarizados: la obsolescencia programada. Hace referencia al conjunto de prácticas acometidas en el diseño y/o fabricación de los productos con tal de acortar su vida útil. El típico «le sale más barato comprar uno nuevo que repararlo», que solemos escuchar por boca de los operadores al contactar con los centros de soporte técnico.
Hasta hace no mucho, la obsolescencia programada más común era de tipo mecánico. Para encontrar uno de sus primeros ejemplos tenemos que remontarnos a 1924, cuando el llamado cartel Phoebus (conformado por compañías del sector eléctrico como Osram, Philips o General Electric) acordó fabricar bombillas con una vida útil estimada de 1.000 horas (la mitad de lo que venían durando hasta entonces), de forma que los consumidores se vieran obligados a reemplazarlas antes de tiempo y, con ello, se duplicasen los ingresos.
Con los años llegamos a ver también impresoras que incluían contadores internos diseñados para bloquearlas tras imprimir cierto número de páginas (momento en que desplegaban un mensaje de advertencia); cafeteras diseñadas para impedir el uso de cápsulas fabricadas por terceros; o piezas fabricadas con materiales de baja calidad en lavavajillas, aspiradoras o frigoríficos. Dichos electrodomésticos solían emplear juntas, engranajes o rodamientos metálicos (más resistentes), pero de un tiempo a esta parte sus responsables han optado por plásticos que se desgastan más rápidamente. A esto habría que sumar las bombas de agua y motores fusionados en un solo bloque, de forma que si se estropea una pieza, toca cambiar varias de golpe (así la reparación sale mucho más cara y nos planteamos si no será mejor comprar un electrodoméstico nuevo).
Otro ejemplo de obsolescencia programada mecánica son las baterías de los móviles (que abandonaron el 'quita y pon' para encapsularse en el cuerpo de los terminales). Esto ha permitido a los fabricantes cobrarnos importantes sumas por reemplazarlas, así que, una vez más, son muchos quienes prefieren cambiar de smartphone antes que llevar el actual al servicio técnico.
Obsolescencia por software e incompatibilidades
Siguiendo con los dispositivos electrónicos, no obstante, el principal motivo por el que se ralentizan con los años (hasta el punto de que resulta un incordio usarlos) son las actualizaciones de sus sistemas operativos (iOS y Android). Al contar con cada vez más florituras visuales y funciones en segundo plano, los modelos más antiguos se las ven y desean para dar a basto. Esto es así porque las compañías diseñan su software pensando exclusivamente en los procesadores modernos; a sabiendas de que los usuarios estarán menos reacios a comprarse un móvil nuevo si le ponen 'palos en las ruedas' al que tienen actualmente.
Luego están los gadgets que cambian de conector de un modelo a otro (como ocurrió con los iPhone al abandonar los cables de carga Lightning en favor del ya universal USB-C). Incluso las marcas de cepillos de dientes eléctricos que descatalogan cierto tipo de cabezales intercambiables. Al quedar inservibles dichos accesorios, no nos queda más remedio que comprar adaptadores (si los hay) o estrenar producto.
Tampoco podemos desdeñar la importancia del marketing en todo este asunto: las campañas publicitarias están meticulosamente diseñadas para exagerar las bondades de los últimos dispositivos a la venta; para convencernos de que sus nuevas funciones resultan imprescindibles en nuestro día a día. Si a esto le sumamos decisiones drásticas como la de Microsoft y el fin de soporte a Windows 10 (el cual dejará de recibir actualizaciones de seguridad más allá de octubre de 2026, tras un periodo de gracia que nos han vendido como excepcional), obtendremos un panorama completo sobre cómo las multinacionales nos empujan a desechar sin necesidad.
Métodos de resistencia
Si pensamos que no tenemos nada que hacer frente al envite de los fabricantes, nos equivocamos. Especialmente en la Unión Europea, donde el 'derecho a reparar' (aprobado en el Parlamento Europeo el año pasado) «extiende la garantía legal en doce meses si se opta por la reparación, facilita el acceso a las piezas de repuesto y garantiza arreglos más sencillos, baratos y rápidos», según comentó entonces el representante germano René Repasi.
Muchas veces, además, prolongar la vida útil de un móvil u ordenador es tan fácil como cambiarle la batería por nuestra cuenta (se ofrecen kits de reemplazo por Internet, con instrucciones paso a paso) o instalar un nuevo sistema operativo respectivamente. A este último respecto, algunos usuarios de Windows 10 han apostado por distribuciones de Linux (gratuitas) como alternativa a comprar un ordenador nuevo.
Apoyar a marcas sostenibles (cuyos productos tengan un diseño modular, que permita reemplazar piezas fácilmente) y cuestionarnos la necesidad real de renovar la tecnología que usamos a diario (frente a las mentadas promesas artificiales de la publicidad), son otras opciones válidas. Y es que muchas veces somos nosotros, los usuarios, quienes damos la razón a las empresas por considerar que cambiar de smartphone cada año nos da cierto estatus social de cara a la galería. Basta echar un vistazo a Instagram y comprobar cuántos de nuestros conocidos publican 'stories' con el nuevo móvil de turno días después de su lanzamiento.
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