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Asia descubre los límites del intervencionismo estatal

Asia descubre los límites del intervencionismo estatal
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La experiencia de Japón y, cada vez más, la de China son un aviso para las economías occidentales. Leer
OPINIÓNAsia descubre los límites del intervencionismo estatal
  • DANIEL RODRÍGUEZ ASENSIO*
Actualizado 17 JUL. 2026 - 23:20

La experiencia de Japón y, cada vez más, la de China son un aviso para las economías occidentales.

Las expectativas de un mayor crecimiento económico mundial para los próximos años descansan, en gran medida, sobre la capacidad de las economías asiáticas para mantener su dinamismo. China continúa siendo el principal motor de los mercados emergentes; India consolida tasas de crecimiento muy superiores a las de las economías desarrolladas; Japón intenta abandonar definitivamente tres décadas de estancamiento; y varias economías de Oriente Próximo aspiran a diversificar su modelo productivo aprovechando los ingresos energéticos acumulados durante los últimos años.

Sin embargo, detrás de estas perspectivas existe un elemento común que conviene analizar con detenimiento. Buena parte del crecimiento registrado por estas economías durante la última década no ha descansado exclusivamente sobre mejoras estructurales de productividad o sobre una mayor competitividad internacional, sino sobre una combinación extraordinariamente intensa de estímulos fiscales y monetarios.

Tras la crisis financiera internacional y, especialmente, desde la pandemia, muchos gobiernos asiáticos han recurrido de forma recurrente al gasto público para sostener la actividad económica, mientras sus bancos centrales mantenían políticas monetarias extraordinariamente acomodaticias. Japón constituye el ejemplo paradigmático. El plan conocido como Abenomics impulsó una expansión fiscal continuada, profundas inyecciones de liquidez por parte del Banco de Japón y reformas estructurales pobres, cuya eficacia terminó siendo mucho más limitada de lo esperado.

Durante años, Japón mantuvo una aparente estabilidad financiera a pesar de unos datos de crecimiento económico y productividad muy débiles y de una deuda pública que ya entonces superaba ampliamente el 200% del PIB. El Banco de Japón llegó a convertirse en el mayor comprador de deuda pública del país y su balance alcanzó una dimensión sin precedentes entre las grandes economías desarrolladas. Al mismo tiempo, los tipos de interés permanecieron próximos a cero durante décadas, reduciendo artificialmente el coste de financiación del Estado.

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Hoy comienzan a aparecer los límites de ese modelo. Como ocurre en economía con frecuencia, las políticas públicas también presentan rendimientos decrecientes una vez se superan determinados umbrales. Los primeros estímulos generan efectos importantes sobre la actividad; sin embargo, cuando se prolongan durante demasiado tiempo, cada nueva intervención produce beneficios cada vez menores mientras aumenta el coste asociado.

Japón representa actualmente el mejor laboratorio para observar este fenómeno. La primera ministra, Sanae Takaichi, ha presentado un ambicioso programa de impulso económico valorado en torno a 2,3 billones de dólares. Más que una ruptura con las políticas anteriores, se trata de una continuación natural de Abenomics: mayor gasto público, nuevas ayudas a empresas y hogares, incentivos fiscales y un papel todavía más activo del Estado como impulsor del crecimiento.

El problema es que este nuevo estímulo llega sobre una economía extraordinariamente intervenida desde hace más de una década. La deuda pública japonesa continúa siendo la más elevada del mundo desarrollado y los mercados comienzan a exigir rentabilidades significativamente superiores para financiar al Estado. El bono japonés a diez años se ha disparado hasta el 2,7%, niveles no observados desde los años noventa, mientras las referencias a treinta y cuarenta años también cotizan en máximos de varias décadas.

Las dudas ya no giran únicamente en torno al crecimiento económico, sino sobre la propia capacidad del Estado para financiar un endeudamiento que supera ampliamente el tamaño de su economía sin provocar tensiones permanentes en los mercados de deuda.

Las autoridades japonesas han intentado contener esta situación mediante diferentes mecanismos. El gigantesco fondo público de pensiones continúa desempeñando un papel relevante como comprador de deuda soberana, contribuyendo a sostener la demanda doméstica de bonos. A ello se suma la reciente decisión del Gobierno de ampliar las posibilidades de inversión de las cuentas de ahorro con ventajas fiscales para facilitar que una parte mayor del ahorro privado pueda canalizarse hacia la financiación del Tesoro.

Son medidas comprensibles desde el punto de vista financiero, pero que reflejan también una realidad difícil de ignorar: Japón necesita cada vez más mecanismos internos para absorber una deuda pública creciente en un contexto de tipos de interés positivos. Durante años el Banco de Japón pudo resolver este problema con compras masivas de activos. Hoy ese margen comienza a estrecharse.

China no arranca a pesar de que su banco central es el único que no ha frenado las políticas expansivas no convencionales

China, la segunda economía del mundo, continúa registrando tasas de crecimiento que muchas economías desarrolladas considerarían extraordinarias. Sin embargo, los datos publicados para el segundo trimestre de 2026 vuelven a confirmar una desaceleración que empieza a adquirir un carácter estructural. La economía china ha crecido tan solo un 4,3% interanual en el segundo trimestre de 2026. Esta es la cifra más baja desde principio de los años 1990, está por debajo también de los objetivos establecidos por el Gobierno chino, y esconde una ausencia total de inversión (-5,7% interanual en el primer semestre) y de consumo interno.

Resulta especialmente significativo porque el Gobierno chino lleva varios años desplegando sucesivos programas de estímulo dirigidos al sector inmobiliario, a las administraciones locales, y a la inversión pública. En paralelo, el Banco Popular de China continúa siendo prácticamente el único gran banco central que mantiene una orientación claramente acomodaticia, con el objetivo de facilitar el crédito y sostener la actividad económica.

La combinación resulta especialmente reveladora. Ni el mayor intervencionismo fiscal consigue devolver el dinamismo perdido al sector privado, ni la política monetaria expansiva está siendo capaz de generar una recuperación sólida del crédito y de la inversión. Como ocurrió anteriormente en Japón, las herramientas de estímulo parecen perder eficacia a medida que se utilizan de forma reiterada. Esta situación debería invitar a una reflexión más amplia sobre el modelo de crecimiento que ha predominado en buena parte de Asia durante los últimos años.

Durante la última década, el crecimiento asiático ha descansado sobre dos pilares fundamentales: la expansión fiscal y la intervención pública. Los datos que comienzan a conocerse durante 2026 reflejan un patrón que ya venimos advirtiendo desde hace algunos años: tanto la política fiscal como la política monetaria empiezan a mostrar rendimientos decrecientes porque se han sobrepasado todos los umbrales razonables.

Japón acumula una deuda cuya sostenibilidad comienza a ser cuestionada por los propios mercados financieros. China, por su parte, comprueba que el gasto público y la política monetaria ya no bastan para compensar las debilidades estructurales de su demanda interna ni para recuperar plenamente la confianza de empresas y consumidores.

El verdadero desafío para ambas economías no consiste en gastar más, sino en recuperar productividad, inversión privada, innovación y confianza empresarial. En definitiva, volver a situar al sector privado como principal motor del crecimiento económico. Y esta reflexión trasciende claramente las fronteras asiáticas.

Europa lleva años recurriendo también a políticas fiscales cada vez más expansivas, mientras el debate sobre el papel de los bancos centrales continúa muy presente tras la crisis inflacionista posterior a la pandemia. La experiencia de Japón y, cada vez más, la de China constituyen un aviso para las economías occidentales. La política fiscal y la política monetaria son herramientas extraordinariamente poderosas para amortiguar crisis. Pero cuando sustituyen de forma permanente a la productividad, a la inversión y a las reformas estructurales, terminan perdiendo eficacia.

La verdadera fortaleza económica no se construye sobre estímulos permanentes, sino sobre la capacidad de generar crecimiento sostenible sin depender continuamente del apoyo del sector público.

Daniel Rodríguez Asensio, Economista

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Fuente original: Leer en Expansión
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