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Auge y caída de Cilia Flores: de primera combatiente chavista y colocadora de 40 familiares a presa por 'narco' en Nueva York

Auge y caída de Cilia Flores: de primera combatiente chavista y colocadora de 40 familiares a presa por 'narco' en Nueva York
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Durante tres décadas construyó autoridad desde las sombras, colonizó la justicia y convirtió la familia en sistema. Su detención junto a Nicolás Maduro revela el rostro menos visible y más duradero del chavismo. Otras historias: La CIA informó a Trump de que Delcy era la mejor opción para liderar Venezuela tras Maduro: llevaban hablando meses

Cilia Flores llega al helipuerto de Wall Street este lunes, para ser traslada al tribunal federal en Nueva York. Efe

Reportajes VENEZUELA Auge y caída de Cilia Flores: de primera combatiente chavista y colocadora de 40 familiares a presa por 'narco' en Nueva York

Durante tres décadas construyó autoridad desde las sombras, colonizó la justicia y convirtió la familia en sistema. Su detención junto a Nicolás Maduro revela el rostro menos visible y más duradero del chavismo.

Otras historias:La CIA informó a Trump de que Delcy era la mejor opción para liderar Venezuela tras Maduro: llevaban hablando meses

Publicada 6 enero 2026 15:58h Actualizada 6 enero 2026 16:10h

Durante años, Cilia Flores aprendió a no hablar cuando todos miraban. El poder, para ella, nunca estuvo en el micrófono. Estuvo en los pasillos, en las listas, en los nombres que se repiten, en los teléfonos que contestan a la primera llamada.

Cuando las fuerzas estadounidenses entraron de madrugada en Caracas y se llevaron a Nicolás Maduro, la escena tuvo algo de final de ciclo. Pero el dato verdaderamente revelador no fue sólo la caída del presidente sino también el nombre que apareció a su lado en la imputación: el de su esposa. No como acompañante, sino como pieza.

Para buena parte de Venezuela —y para quienes han seguido el país desde fuera—, la captura de Flores confirmó una intuición antigua: que el chavismo no se sostuvo únicamente con discursos ni con elecciones, sino con una arquitectura paciente de lealtades.

Que mientras Maduro hablaba, ella ordenaba. Que mientras otros ocupaban cargos, ella ocupaba instituciones. Gobernar sin dar órdenes es una forma de Gobernar. Y Flores la perfeccionó.

El presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores saludan a sus seguidores durante una marcha con motivo del primer aniversario de su victoria en las controvertidas elecciones presidenciales del 28 de julio, en Caracas, Venezuela. Reuters.

Dentro del chavismo, Cilia Flores nunca fue una figura popular. Tampoco lo necesitó. No daba discursos memorables ni buscaba aplausos. Su nombre circulaba de otro modo: en voz baja, en advertencias, en frases incompletas. "Eso lo sabe Cilia", decían algunos, como quien constata un hecho irreversible.

Ministros, magistrados y dirigentes intermedios aprendieron pronto que discutir con ella no era una opción, y que contradecirla solía tener consecuencias invisibles pero duraderas: un traslado, una destitución, una llamada que dejaba de llegar. No hacía falta que levantara la voz. Bastaba con que alguien supiera que estaba al tanto.

Su poder se medía menos por lo que decía que por lo que dejaba de ocurrir cuando entraba en escena. En un movimiento acostumbrado al estruendo retórico, Flores impuso el silencio como forma de autoridad.

Abogada de los insurrectos

Nació en Tinaquillo, estado Cojedes —a 200 kilómetros de Caracas—, en 1956. Abogada de formación, militante por vocación, llegó a la política cuando el país se acostumbraba a la palabra "crisis" y empezaba a perderle el miedo a la palabra "ruptura".

Tras el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, fue a la cárcel de Yare como abogada defensora de los militantes insurrectos.

Allí conoció a Hugo Chávez y, alrededor de él, a un grupo de hombres que creían estar destinados a refundar el país. Entre ellos, un sindicalista del metrobús de Caracas llamado Nicolás Maduro. La política, para Flores, empezó como trabajo jurídico y terminó como vocación de poder.

Tanto que cuando Chávez llegó al gobierno en 1999, Flores ascendió con una rapidez que sólo se explica por dos factores: lealtad y eficacia. Fue diputada, dirigente del movimiento chavista y, a partir de 2006, presidenta de la Asamblea Nacional.

Eran años de Parlamento monocorde, con una oposición ausente o marginal, y de una revolución que confundía —sin rubor— Estado, partido y familia. Flores dirigió ese Parlamento con mano firme y una idea clara, que el poder no se exhibe, se distribuye. El suyo no estaba en el atril, sino en la capacidad de decidir quién entraba y quién salía.

Imagen de archivo del 2009 de Cilia Flores, junto a Hugo Chávez, en una manifestación del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en Caracas.

El nepotismo, primer escándalo

De esos años data el primer gran escándalo asociado a su nombre. En 2008, los sindicatos de la propia Asamblea la acusaron de haber colocado a decenas de familiares en puestos del Legislativo. La cifra —hasta 40— se volvió símbolo.

La respuesta de Flores fue menos defensiva que doctrinaria. "Mi familia entró por sus méritos", dijo. Aunque no explicó cuáles. Y añadió que estaba orgullosa. Aquella frase, que provocó burlas y críticas incluso dentro del chavismo, fue en realidad una declaración de principios: el parentesco no era un exceso del sistema; era el sistema.

La frontera entre lo público y lo privado se volvió porosa. Hermanos, sobrinos, cuñados y aliados ocuparon cargos estratégicos.

Algunos nombres reaparecerían con el tiempo en organismos clave del Estado; otros, años después, en investigaciones internacionales por corrupción. Mientras tanto, Flores aprendía otra lección decisiva: el poder verdadero se consolida cuando controla la justicia.

Periodistas, exfiscales y analistas coinciden en que su influencia sobre el poder judicial venezolano fue decisiva. Jueces y altos funcionarios respondían a una cadena de lealtades que no figuraba en organigramas. Venezuela pasó más de dos décadas sin una sola sentencia firme contra el Estado.

La justicia dejó de ser un contrapeso para convertirse en un engranaje. Flores no firmaba resoluciones, pero su nombre —o el de alguien cercano— aparecía siempre en el recorrido previo.

No necesitaba un cargo para mandar. Mandaba porque podía.

Cilia Flores, junto a Nicolás Maduro, en una foto de archivo durante una manifestación en Caracas el 1 de mayo de 2013. REUTERS/ Carlos García Rawlins.

Quienes la trataron de cerca coinciden en que Cilia Flores no era una dirigente expansiva ni carismática. No seducía. No improvisaba. No buscaba adhesiones emocionales. Su manera de ejercer el poder era más bien seca, metódica, casi administrativa.

Escuchaba más de lo que hablaba y, cuando hablaba, no dejaba espacio para la réplica. No era una mujer de gestos ampulosos ni de explosiones de ira pública. Su autoridad se sostenía en el control y en la memoria: recordaba nombres, lealtades, errores.

Sabía quién debía favores y quién los había gastado. En un entorno político dominado por la épica, el discurso y la sobreactuación, Flores representó otra cosa: la gestión fría del poder. No parecía interesada en gustar ni en ser querida.

Le bastaba con que se obedeciera. Esa distancia —emocional, calculada— fue una de sus principales herramientas. Y también una de las razones por las que, incluso dentro del chavismo, muchos la respetaron sin confiar en ella.

"La primera combatiente"

Tras la muerte de Chávez en el 2013 y la ajustada victoria electoral de Maduro, Flores dio un paso atrás en lo formal. Se casó con el presidente ese mismo año y abandonó los cargos visibles. Fue una retirada estratégica, insisten los expertos. Desde entonces, su poder se volvió más opaco y, por eso mismo, más eficaz.

Era la consejera, la mediadora, la guardiana de las lealtades internas. "Muchos la consideraban más astuta que Maduro", diría después un exalto funcionario chavista hoy en el exilio.

Ella entendía algo que otros aprendieron tarde: en los regímenes largos, la supervivencia depende menos del carisma que de la administración del miedo.

En noviembre de 2015, esa arquitectura sufrió una grieta íntima. Dos sobrinos de Flores —Efraín Campo Flores y Franqui Flores de Freitas— fueron detenidos en Haití en una operación encubierta de la DEA, la agencia antidrogas estadounidense. Intentaban introducir 800 kilos de cocaína en Estados Unidos.

El caso de los "narcosobrinos" se convirtió en un tabú nacional.

Flores habló de secuestro, Maduro denunció una conspiración imperialista y el aparato del Estado cerró filas. Aun así, ambos fueron condenados en Nueva York. Años más tarde, en 2022, regresarían a Venezuela como parte de un intercambio de prisioneros negociado por la administración Biden.

Para la pareja presidencial, el episodio fue algo más que un escándalo. Fue la constatación de que el apellido ya no protegía del todo. La censura y la polarización política diluyeron el impacto interno, pero el daño reputacional quedó fijado fuera.

El apellido Flores se asoció, desde entonces, a una trama donde nepotismo y crimen transnacional ya no podían separarse con facilidad.

En paralelo, Flores ensayó una metamorfosis pública. En los años de mayor colapso económico y humanitario, apareció en televisión con un programa dominical, "Con Cilia en familia". Hablaba de valores, de convivencia, de cocina.

Portada del programa "Con Cilia en familia", emitido por VTV CANAL 8, emisora pública venezolana. Archivo.

Bailaba salsa con su marido y sonreía a cámara mientras el país se vaciaba por los aeropuertos y las fronteras. Era una máscara cuidadosamente construida: la "primera combatiente" convertida en figura doméstica, maternal, apolítica.

El poder, una vez consolidado, podía permitirse el lujo de la suavidad.

Las sanciones internacionales no tardaron, sin embargo. Estados Unidos, Canadá, Colombia y Panamá incluyeron a Flores en listas por socavar la democracia y participar en redes de corrupción.

Investigaciones periodísticas documentaron propiedades de lujo, cuentas opacas y relaciones con empresarios sancionados.

La nueva imputación federal añadió cargos por narcotráfico y sobornos, incluyendo la acusación de haber facilitado contactos institucionales a cambio de dinero. La narrativa del cerco imperial se volvió insuficiente.

Y entonces llegó la caída. No en soledad, sino junto al hombre al que había ayudado a sostener durante más de una década.

La imagen de Flores detenida junto a Maduro cerró un círculo que había empezado en Yare, treinta años antes. El chavismo perdía a su presidente y a su operadora. Al rostro visible y a la mano invisible.

Cilia Flores, esposa del presidente venezolano capturado Nicolás Maduro, con una venda en la frente, asiste a su comparecencia para enfrentarse a cargos federales estadounidenses REUTERS/ Jane Rosenberg.

Herida en Nueva York

Cilia Flores nunca necesitó un culto a la personalidad. Su legado es otro: un Estado convertido en red de lealtades, una justicia domesticada y una forma de ejercer el poder que no deja huellas evidentes.

Para sus detractores, fue el cerebro frío de un régimen brutal. Para sus aliados, una revolucionaria disciplinada que hizo el trabajo sucio para que otros brillaran.

La historia dirá si fue estratega o síntoma. Lo que ya es evidente es que el chavismo no puede explicarse sin ella. Ahora, lejos de MIraflores y de los pasillos donde se decidían jueces y ministros, Flores se enfrenta a un tribunal que no controla.

Lo hace "herida", según denunció su abogado, Mark Donnelly, antes de la primera vista judicial; a la que acudió con un vendaje en la frente y un hematoma visible debajo del ojo derecho.

La mujer que gobernó sin dar órdenes deberá escuchar, por primera vez en décadas, una voz que no le pertenece. Cuando cayó, no cayó un cargo. Cayó un método. Y con él, el poder y la mano del chavismo que apenas se veía.

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