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A Pío Baroja lo hemos dejado convertido en una caricatura casi entrañable: la boina, la bufanda, el gesto torvo y ese deambular entre los viejos libros de Moyano como un espíritu de otro siglo. Tan eficaz ha sido el tópico, tan cómoda la postal, ... que se nos ha olvidado el otro Baroja: el aventurero. El viajero incansable que se movió por lugares inauditos —de París a Tánger, de Extremadura a Jutlandia— con la naturalidad con la que otros apenas se atreven a cambiar de barrio.
Me gusta recordar, de vez en cuando, que don Pío, lector voraz de Stevenson, Defoe o Mayne-Reid, fue un peregrino en su patria y fuera de ella; un 'desgastaaceras' castizo, un médico rural casi inglés y un cosmopolita erudito con Nietzsche en el bolsillo y el Escenario Humano en la punta de la pluma.
El Teatro Español presenta la adaptación teatral de la novela del autor vasco, realizada por José Ramón Fernández y dirigida y protagonizada por Ramón Barea
Ese Baroja, el que camina, explica mejor al escritor que ninguna de las leyendas posteriores. Basta seguir sus casas, que son estaciones de un viaje personal y literario. Empieza en San Sebastián, Calle Oquendo 6, donde nació entre brumas cantábricas, y continúa en el Paseo de La Concha, su primera escuela de horizontes.
Desde allí, el joven Pío fue lanzado a Madrid, que entonces era una ciudad áspera, castiza y sentimental. Vivió primero en la Misericordia, luego en Fuencarral y Espíritu Santo, época de adolescencia y panadería familiar, de la que le vendría el título de «escritor con mucha miga». La primera etapa universitaria transcurrió entre Atocha y los cafés bohemios, cuando estudiaba Medicina (que continuó en Valencia, donde ganó un título y perdió a un hermano) aprendiendo que a veces el cuerpo se salva, pero el alma no siempre. Más tarde, ya escritor –y descreído– ocupó junto a su familia el «hotelito» de Argüelles, entonces un barrio donde, antes de que lo allanara la modernidad, aún se podía pensar contemplando la sierra de Madrid.
Fue en su casona de Itzea donde encontró su centro de gravedad
Y luego Bera de Bidasoa, el refugio y la trinchera. Antes había ejercido de médico rural en Cestona, observando vidas ajenas con una mezcla de compasión y distancia que luego trasladaría a sus novelas. Pero fue en su casona de Itzea donde encontró su centro de gravedad: el hogar apartado, la biblioteca, la paz trabajosa del escritor que necesita silencio para escuchar lo que va a decir.
La ruta vital tiene su última estación cerca del Retiro, donde murió en su piso de Ruiz de Alarcón 12, en 1956. Aquel funeral civil, multitudinario, hoy resultaría inconcebible. Demasiado respeto junto. Luego vino Hemingway, que dejó una rosa y murmuró: «Adiós, viejo maestro», frase que él sí podía permitirse sin caer en la cursilería. Finalmente, los restos volvieron a Bera, al lado de Itzea, como regresan los marineros a su puerto.
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