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Benditos caballeros del punto fijo

Benditos caballeros del punto fijo
Artículo Completo 934 palabras
Si acaso fascina tanto el tiempo y, consecuentemente, el modo de medirlo, es porque es un bien que a todos se nos da al nacer, reyes o mendigos. Tasado, eso sí, misteriosamente. ««El tiempo y yo, para otros dos» fue muchas veces repetido por el rey don Felipe II , dando a entender lo mucho que uno puede hacer con la vida y tiempo», nos dice Gonzalo Correas, contemporáneo suyo, en su inagotable 'Vocabulario de refranes'. Un domingo del pasado junio le abordó a uno en el Rastro un desconocido. El encuentro fue muy breve. Me preguntó si podía regalarme un libro, y se excusó por no llevarlo encima. Prometió traerlo al domingo siguiente, pero ese día no pude yo, y se lo dejó a un amigo: 'Los relojes de John Harrison y la búsqueda de la longitud'. Lo editó en 2024 la Asociación de Amigos del Telégrafo de España y su autor, Ramón Novoa Mombiedro, añadió esta dedicatoria: «Para A.T. con la seguridad de que, siendo escritor, sabrá reconocer el esfuerzo de una investigación profunda , que va a encontrar en estas líneas. Con afecto R.N.». Que el señor Novoa no pertenece a nuestro gremio de escritores salta a la vista: en mucho lo tiene, me temo.El libro, con todos los estigmas de la autoedición, es apasionante. «De divulgación y de entretenimiento», adelanta en el prólogo. Y así es. Por momentos parecería que estuviéramos en una novela de Baroja , de Stevenson, de Melville. «La localización de un punto en la superficie terrestre está determinada por dos medidas. La latitud y la longitud. Medir la latitud no presentó ningún problema a lo largo de la historia. Se trataba de medir la altura del sol sobre el horizonte. Incluso sobre un barco en un mar en movimiento podía hacerse con cierta precisión [mediante sextantes, octantes y un sinfín de instrumentos náuticos]. La medida de la longitud, sin embargo, presentó dificultades desde el primer momento. Para conocer la posición era necesario saber la hora exacta del lugar de partida o referencia y el tiempo transcurrido hasta llegar al nuevo punto o la velocidad de traslado. La medida de distancias en el mar se hacía con una cuerda con nudos [de ahí proviene el término «nudo» para medir la velocidad]. La navegación en el mar era totalmente imprecisa ».John Harrison (1693-1776) fue autodidacta, taciturno, de una grandísima modestia, extremado melómano y, por si fuera poco, afinador de campanasLa búsqueda de la longitud fue desde siempre una quimera codiciada por todos los imperios. Quien la conociese, domaría los mares y dominaría el mundo (los errores de cálculo eran la perdición de flotas enteras, que preferían ser pasto de los piratas en las rutas ya conocidas, a aventurarse en lo desconocido). Bien lo experimentó Felipe II en propia armada.La carrera para resolver «la cuadratura del círculo», como también se conoció la longitud, la encabezaron los británicos del siglo XVIII, seguidos de cerca por los españoles. Unos en el mar, otros en tierra firme (Jorge Juan y sus caballeros del «punto fijo», como aquí se conoció a estos geómetras). Unos, siguiendo a Newton , convencidos de que la solución estaría en la medición exacta del tiempo, y otros, partidarios de José de Mendoza y sus cálculos a base de tablas astronómicas lunares.La batalla la ganaron los astrónomos, geógrafos, marinos y relojeros británicos, al frente de los cuales estuvo John Harrison . Fascinante personaje (1693-1776): autodidacta, taciturno, de una grandísima modestia, extremado melómano y, por si fuera poco, afinador de campanas (las fabricaba su hermano). En el cuarto de sus cinco relojes decisivos empleó diecinueve años y aunque el poderoso Consejo de la Longitud reconoció su talento, tardoneó en concederle los fabulosos premios (de hasta 20 mil libras) con que esa institución estimulaba la investigación horológica (siguiendo, por ejemplo, al capitán James Cook a bordo de su Discovery).No hay vánitas en pintura en la que no figure una ampolleta o un reloj y nadie representa mejor la melancolía que el emperador Carlos V reparando sus relojes en el retiro de Yuste. Y sin embargo, ningún libro más jovial que este del amigo Novoa (por tal lo tengo ya, sin habernos vuelto a ver), guardado junto a otro, regalo de Jiménez Lozano, sobre relojes de sol , que daría para otra página de estas.«Los escritores han de decir», según Correas: ««en tal tiempo se hizo esto», y los caballeros «en tal tiempo me hallé en esto»». Lo cierto es que esto se ha escrito porque cierta mañana del mes de junio se hallaba uno en el Rastro, donde impera el clan de los mendigos que allí van, como príncipes, a pasar el tiempo.

Si acaso fascina tanto el tiempo y, consecuentemente, el modo de medirlo, es porque es un bien que a todos se nos da al nacer, reyes o mendigos. Tasado, eso sí, misteriosamente. ««El tiempo y yo, para otros dos» fue muchas veces repetido por el ... rey don Felipe II, dando a entender lo mucho que uno puede hacer con la vida y tiempo», nos dice Gonzalo Correas, contemporáneo suyo, en su inagotable 'Vocabulario de refranes'.

Un domingo del pasado junio le abordó a uno en el Rastro un desconocido. El encuentro fue muy breve. Me preguntó si podía regalarme un libro, y se excusó por no llevarlo encima. Prometió traerlo al domingo siguiente, pero ese día no pude yo, y se lo dejó a un amigo: 'Los relojes de John Harrison y la búsqueda de la longitud'. Lo editó en 2024 la Asociación de Amigos del Telégrafo de España y su autor, Ramón Novoa Mombiedro, añadió esta dedicatoria: «Para A.T. con la seguridad de que, siendo escritor, sabrá reconocer el esfuerzo de una investigación profunda, que va a encontrar en estas líneas. Con afecto R.N.».

Que el señor Novoa no pertenece a nuestro gremio de escritores salta a la vista: en mucho lo tiene, me temo.

El libro, con todos los estigmas de la autoedición, es apasionante. «De divulgación y de entretenimiento», adelanta en el prólogo. Y así es. Por momentos parecería que estuviéramos en una novela de Baroja, de Stevenson, de Melville. «La localización de un punto en la superficie terrestre está determinada por dos medidas. La latitud y la longitud. Medir la latitud no presentó ningún problema a lo largo de la historia. Se trataba de medir la altura del sol sobre el horizonte. Incluso sobre un barco en un mar en movimiento podía hacerse con cierta precisión [mediante sextantes, octantes y un sinfín de instrumentos náuticos]. La medida de la longitud, sin embargo, presentó dificultades desde el primer momento. Para conocer la posición era necesario saber la hora exacta del lugar de partida o referencia y el tiempo transcurrido hasta llegar al nuevo punto o la velocidad de traslado. La medida de distancias en el mar se hacía con una cuerda con nudos [de ahí proviene el término «nudo» para medir la velocidad]. La navegación en el mar era totalmente imprecisa».

John Harrison (1693-1776) fue autodidacta, taciturno, de una grandísima modestia, extremado melómano y, por si fuera poco, afinador de campanas

La búsqueda de la longitud fue desde siempre una quimera codiciada por todos los imperios. Quien la conociese, domaría los mares y dominaría el mundo (los errores de cálculo eran la perdición de flotas enteras, que preferían ser pasto de los piratas en las rutas ya conocidas, a aventurarse en lo desconocido). Bien lo experimentó Felipe II en propia armada.

La carrera para resolver «la cuadratura del círculo», como también se conoció la longitud, la encabezaron los británicos del siglo XVIII, seguidos de cerca por los españoles. Unos en el mar, otros en tierra firme (Jorge Juan y sus caballeros del «punto fijo», como aquí se conoció a estos geómetras). Unos, siguiendo a Newton, convencidos de que la solución estaría en la medición exacta del tiempo, y otros, partidarios de José de Mendoza y sus cálculos a base de tablas astronómicas lunares.

La batalla la ganaron los astrónomos, geógrafos, marinos y relojeros británicos, al frente de los cuales estuvo John Harrison. Fascinante personaje (1693-1776): autodidacta, taciturno, de una grandísima modestia, extremado melómano y, por si fuera poco, afinador de campanas (las fabricaba su hermano). En el cuarto de sus cinco relojes decisivos empleó diecinueve años y aunque el poderoso Consejo de la Longitud reconoció su talento, tardoneó en concederle los fabulosos premios (de hasta 20 mil libras) con que esa institución estimulaba la investigación horológica (siguiendo, por ejemplo, al capitán James Cook a bordo de su Discovery).

No hay vánitas en pintura en la que no figure una ampolleta o un reloj y nadie representa mejor la melancolía que el emperador Carlos V reparando sus relojes en el retiro de Yuste. Y sin embargo, ningún libro más jovial que este del amigo Novoa (por tal lo tengo ya, sin habernos vuelto a ver), guardado junto a otro, regalo de Jiménez Lozano, sobre relojes de sol, que daría para otra página de estas.

«Los escritores han de decir», según Correas: ««en tal tiempo se hizo esto», y los caballeros «en tal tiempo me hallé en esto»». Lo cierto es que esto se ha escrito porque cierta mañana del mes de junio se hallaba uno en el Rastro, donde impera el clan de los mendigos que allí van, como príncipes, a pasar el tiempo.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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