Cuatro días han pasado desde que Villamanta recibió a cientos de desalojados que se vieron sorprendidos por un fuego devastador que ya se ha colgado la triste medalla del mas grande en la historia de España. Las literas siguen puestas una detrás de la otra, a diferencia del viernes pasado que estaban todavía apiladas en bolsas. Y ahora, en contraste con aquel viernes, las charlas ya no giran tanto en torno al incendio, sino a cuando podrán descansar en su propia cama. Pero por ahora solo queda esperar.
África y Santiago, ambos vecinos de Aldea del Fresno, observaban el cielo. No entendían porque solamente les dejaron diez minutos para volver a sus casas y recoger lo primero que viesen. «No da tiempo a nada. Los vecinos que no tenemos el fuego cerca estamos pensando ¿por que nos desalojan?» lamenta África, que desde entonces viaja con sus dos hijos cancelando y reservando habitaciones de hotel para pasar los días y preguntándose «¿a donde vamos otra vez con las maletas?».
En contraste, dentro del pabellón de Villamanta, un equipo de atención psicológica atiende estos días a los cientos de personas que no consiguen conciliar el sueño. No todos hablan por el desgaste mental y físico que cargan sobre sus hombros, pero esas cuatro noches han dejado una huella casi imborrable que necesitan que desaparezca. Es por ello que, esa tarde, algunos pasaron el rato jugando al bingo mientras otros esperaron con impaciencia que llegasen las nueve de la noche para la clase de yoga.
«Ya la gente está cansada. Llevamos cuatro días aquí, pues imagínate», resumió José Manuel, aunque enseguida aclara entre una sonrisa que prefiere que le llamen Pepe. Hace apenas unas horas pudo subir diez minutos a su casa. El tiempo justo para comprobar que los pimientos y los tomates de su huerto se habían secado. «No me dan ganas de hacer nada», reconoce apoyado sobre la puerta del pabellón.
En el espacio reservado para las mascotas, Matilde y Cristian cuidan de Darín, su perro, y de Linda, su gata. A su alrededor se apilan hasta nueve sacos de arena para los animales. «Han llegado las rebajas, parece ser», bromean, no sin antes agradecer toda la ayuda. Porque si algo ha crecido al mismo ritmo que la incertidumbre y el hartazgo, ha sido la solidaridad.
Es el caso de Maite que, sin ni siquiera estar desalojada, acudió al pabellón para echar una mano. Esa tarde colocó cinta adhesiva amarilla sobre el suelo de goma para evitar tropiezos. «Sé lo que me ha movido, el poder ayudar a toda esta gente», explica mientras ofrecía conversación para matar el aburrimiento. Muy cerca, Gema llena una bolsa de basura con desperdicios. Durante la dana que azotó la zona en 2023 perdió a su padre. Entonces fueron los vecinos quienes estuvieron a su lado y ahora siente que le toca devolver ese apoyo.
Por que entre literas, el incendio ya no se mide por las hectáreas que han ardido y siguen ardiendo, sino en noches fuera de casa y en personas que intentan mantener la rutina donde ya casi no existe.