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Dos dentistas trabajando en la boca de un paciente. AFPMiércoles, 25 de febrero 2026, 00:27
... estaba pendiente de un hilo y esta noche vendrá el ratoncito Pérez para cambiártelo por un óbolo, pero extracción por soplamocos. En otro orden menos chusco, 'La balada de Narayama', de Shohei Imamura, era una buena película japonesa de 1983, 'remake' de la misma historia rodada en 1958. Me impresionó en su momento. Cuenta la vida de una pequeña comunidad rural y agrícola que sobrevive a duras penas con lo poco que logra producir. Los viejos, al cumplir 70 años, son llevados por sus hijos a la cima del monte Narayama y abandonados allí para ceder los alimentos que reciben a los niños que nacen. La abuela de la historia, aunque no ha cumplido todavía esa edad, se rompe los dientes con una piedra para no poder masticar y acelerar que su hijo la lleve a la montaña a morir de frío y dejar su hueco en la pobre aldea.Las bocas con falta de piezas dentales son señal de menesterosidad. La sanidad pública no cubre implantes, puentes y demás prótesis dentales, cuyo precio es elevado. Se puede disimular el que a uno le faltan muelas, pero no el que hayas perdido dientes. En cuanto abres un poco la boca, se nota ese almenado oscuro que avergüenza tu habla y tu risa. Eran estremecedoras las bocas desdentadas y con dientes podridos de la gente (parecían viejos hasta los niños) que aparecía en el documental de Buñuel 'Las Hurdes, tierra sin pan' (1933), tan realista en su muestra de una pobreza casi metafísica que alcanzaba el surrealismo.
Y duele al leer el pasaje de los dientes quebrados en 'Lazarillo de Tormes', de la que nunca se supo su autor y que precede en bastantes años la novela picaresca del Siglo de Oro. Me refiero a cuando el cruel ciego descubre la argucia de Lázaro, para poder beberse su vino, del agujero tapado con cera en el culo del recipiente. Colocado debajo para no perder ni una gota, recibe en los dientes, que pierde para siempre, el fuerte golpe asestado con la jarra de barro, que se rompe y además del estrago dental le llena la cara de cortes, que luego el ciego le cura con el mismo vino.
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