La última de verano
Bodas de veranoLos padres parecían padrinos mafiosos que dedicaban la noche a recoger sobres de la familia
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Regala esta noticia Añádenos en Google Mesa preparada para un banquete de boda. (E.C.) 30/08/2026 Actualizado a las 00:10h.Me casé en la prehistoria de las bodas con encanto, cuando los langostinos eran tendencia, los caballeros recibían un puro de recuerdo y la corbata ... del novio se troceaba para sacar algo más que un juego de café. A nadie se le había ocurrido aún la sutil ordinariez de deslizar la cuenta corriente en la invitación. Las bodas eran una campaña benéfica para ayudar a dos pobres veinteañeros que empezaban a vivir juntos sin un duro. Los padres parecían padrinos mafiosos que dedicaban la noche a recoger sobres de la familia y a veces hasta se ponía precio a la liga de la novia. Había que sacar dinero como fuera.
Pero todo eso se ha acabado desde que han aparecido las wedding planner y han convertido las nupcias en un asombroso relato. Ana Parral es diseñadora de bodas. «Somos rompedoras, queremos algo diferente», me avisa. Y lo son desde el nombre comercial: Las Catalinas, «que no es el típico nombre de bodas ñoñas».
Ana y su equipo se hicieron virales desde Badajoz cuando organizaron una sesión de fotos de boda en un desguace. «El altar era un panel con óxido; el banquete, sobre un coche azul turquesa destruido; el baile, en una caseta sucia llena de herramientas oxidadas». El reportaje se publicó en Green Wedding Shoes, un importante blog americano, y tuvo repercusión mundial. A partir de ahí, han hecho una boda en Bilbao con el Tour de Francia formando parte involuntaria del atrezzo. Diseñaron el espacio VIP del Donostia Zinemaldia y hacen bodas por toda España en las que no se corta la corbata ni desfilan los camareros con bengalas, pero hay show cooking.
«Una boda no es un menú y una copa, sino una experiencia de cuidada estética que cuenta una historia de la pareja», resume Ana, que, a veces, cuenta con la ayuda eclesial de algunas diócesis donde se han prohibido los aficionados al clic. «Hay fotógrafos respetuosos, pero hay otros que son un poco saltimbanquis», razonaba el vicario de la diócesis de Coria-Cáceres. Y como los novios de ahora rondan los 40, es frecuente que resplandezca la calva del contrayente. Rocío, una amiga maquilladora, me facilita un consejo: «Lo mejor son los papeles anti-brillos de Mercadona».
Acabamos con el menú. Lo habitual es encontrarse con minucias de rimbombante presentación como esta que copié literalmente de un tarjetón de boda: «Lasca laminada de pluma ibérica ahumada con emulsión de tartar de mango, encurtido de aguacate, caviar de romanescu y crudités ensambladas con vinagreta de kéfir de lichi». Era una cucharita con un cachito de carne. Tal cual. Si quieren comer bien, procuren que los inviten a una boda en un pueblo del sur de Badajoz, donde se estila la barra libre de gambas y jamón ibérico de verdad, o en una aldea de las Rías Baixas, donde si se sirven menos de nueve mariscos distintos, al día siguiente crucifican a los novios en la tertulia de Novedades Carmiña.
Y una reflexión final: las bodas se han convertido en un espectáculo en el que casi nada es lo que parece. Un dato: dos de cada diez novios se casan con alzas en los zapatos. Mucha limusina, mucha barra libre y mucha lasca laminada, pero al final de la noche, en una esquina del salón, siete comadres dictarán sentencia: «¡Qué se habrá creído esa! Si su madre limpiaba escaleras». En las bodas, lo que importa no es lo que eres, lo que aparentas ser ni lo que serás, sino lo que has sido.
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