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Boris Epshteyn, el "psiquiatra" moscovita de Trump que lidera la ofensiva del presidente contra la Justicia de EEUU

Boris Epshteyn, el "psiquiatra" moscovita de Trump que lidera la ofensiva del presidente contra la Justicia de EEUU
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Trump presentó una demanda de 10.000 M contra el Servicio de Impuestos Internos y el Departamento del Tesoro, dos organismos que él mismo dirige. Epshteyn fue el principal arquitecto del plan, pero evitó que su nombre figurara en los documentos legales. Más información: El libro que destapa las miserias de Trump en la Casa Blanca: de su ayudante devota y aduladora a sus noches insomnes en Truth

Boris Epshteyn, el asesor que guió a Trump y a su equipo legal en sus casos penales federales durante la campaña de 2024. Nathan Howard Reuters

EEUU Boris Epshteyn, el "psiquiatra" moscovita de Trump que lidera la ofensiva del presidente contra la Justicia de EEUU

Trump presentó una demanda de 10.000 M contra el Servicio de Impuestos Internos y el Departamento del Tesoro, dos organismos que él mismo dirige.

Epshteyn fue el principal arquitecto del plan, pero evitó que su nombre figurara en los documentos legales.

Más información:El libro que destapa las miserias de Trump en la Casa Blanca: de su ayudante devota y aduladora a sus noches insomnes en Truth

Denver Publicada 19 julio 2026 01:41h Las claves

Las claves Generado con IA

Boris Epshteyn no necesita pisar un tribunal para decidir cómo pelea Donald Trump. El hombre que coordina su defensa casi nunca firma, casi nunca comparece y casi nunca afronta las consecuencias cuando la estrategia fracasa.

Su poder no procede de una brillante carrera jurídica, sino de una cualidad que el presidente valora por encima de casi todas: la lealtad. Cuando otros abogados le aconsejan detenerse, él encuentra la forma de seguir adelante.

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Esta semana, una jueza federal ha concluido que los abogados personales de Trump y varios altos cargos de su Gobierno utilizaron el sistema judicial para dar apariencia de legitimidad a beneficios personales y políticos.

Epshteyn participó en las conversaciones, pero ni siquiera figura en los documentos que han provocado las sanciones. Él marca la batalla; otros ponen la firma y pagan el precio.

El guardián del "sí"

Trump llama en broma a Epshteyn su "psiquiatra". Hablan con tanta frecuencia que se ha convertido en una presencia habitual en el Despacho Oval, a veces sentado en reuniones sin que los demás asistentes sepan siquiera por qué está allí.

Su particular terapia consiste en escuchar las quejas del presidente, compartir su indignación y transformar sus impulsos en una estrategia. Trump no acude a él para que le diga que está equivocado, sino para escuchar que todavía puede ganar.

Su poder también se exhibe fuera de los expedientes. Preside Trump Media, la empresa propietaria de Truth Social, y acompaña al presidente en acontecimientos tan alejados de los tribunales como las finales de la NBA. Viste trajes a medida, conduce un Bentley y suele reunirse con sus contactos en un conocido asador de Washington.

Donald Trump, con su mujer, Melania, y sus hijos Eric, Lara, Ivanka, Donald Trump Jr. y Barron en su investidura. GTRES GTRES

Ese estilo de vida ha alimentado las especulaciones sobre su fortuna dentro del propio círculo de Trump, aunque sus amigos sostienen que lleva una década viviendo exactamente igual.

Su historia comienza muy lejos de ese mundo. Nació en Moscú en 1982 y llegó a Estados Unidos a los once años con su familia judía como refugiado. Estudió Derecho en Georgetown, trabajó brevemente en finanzas y acabó descubriendo que su verdadero talento no estaba en los tribunales, sino ante las cámaras.

Durante la campaña de 2016 se convirtió en uno de los defensores televisivos más agresivos de Trump, dispuesto a justificar casi cualquier polémica en directo.

Quienes coincidieron con él en los platós lo describían como un personaje áspero y condescendiente, también fuera de cámara. Trump vio algo diferente: un hombre que nunca retrocedía.

Epshteyn ya conocía a Eric Trump, uno de los hijos del presidente, de la universidad. Pero su entrada definitiva en el círculo familiar se produce cuando el candidato lo ve defenderlo en televisión.

Eric Trump, durante la Super Bowl LIX Reuters

Durante el primer mandato ocupa un puesto menor y abandona pronto el Gobierno. Su gran oportunidad llega después de las elecciones de 2020. Mientras numerosos republicanos se distancian de Trump tras el asalto al Capitolio, él permanece a su lado y participa en la estrategia para impedir la certificación de la victoria de Joe Biden.

Su implicación en la trama de los "falsos compromisarios" —personas que se presentaron como los electores legítimos de estados ganados por Biden— le valió una acusación en Arizona por conspiración, fraude y falsificación. Epshteyn se declaró inocente.

El caso fue devuelto a un gran jurado después de que se detectaran deficiencias en la acusación inicial, que no había tenido en cuenta normas electorales relevantes.

Pero para la carrera de Epshteyn lo importante ya ha sucedido. Cuando Trump se queda aislado, él no se marcha. Esa lealtad durante la derrota le proporciona algo que ningún gran bufete puede comprar: acceso directo al hombre que vuelve a ganar la Presidencia.

Desde entonces, no se limita a coordinar su defensa. Filtra candidatos para trabajar con Trump, influye en nombramientos relacionados con el Departamento de Justicia y decide qué abogados consiguen acercarse al presidente. Su poder no procede tanto de sus conocimientos jurídicos como de controlar al cliente y determinar qué estrategia llega hasta él.

Esa influencia lo ha enfrentado incluso a otros favoritos de Trump. Elon Musk cuestionó su intervención en nombramientos como el de Matt Gaetz para dirigir el Departamento de Justicia.

La tensión terminó, según varios testigos, en una discusión a gritos durante una cena en Mar-a-Lago. Musk lo acusó de filtrar decisiones a la prensa. Epshteyn respondió que no sabía de qué hablaba. El hombre más rico del mundo acababa de llegar al círculo. Epshteyn llevaba casi una década sobreviviendo dentro de él.

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Ni siquiera una investigación interna logró apartarlo. Durante los meses en que Trump preparaba su regreso a la Casa Blanca, el abogado David Warrington examinó si Epshteyn había intentado sacar partido de su acceso al presidente.

Según su informe, habría pedido al futuro secretario del Tesoro, Scott Bessent, 40.000 dólares por sus servicios y una inversión de 10 millones en una liga de baloncesto. A un contratista le habría reclamado otros 100.000 dólares mensuales.

Epshteyn negó las acusaciones y las calificó de falsas y difamatorias. Warrington recomendó alejarlo de Trump. El presidente no le hizo caso.

Su empresa sigue cobrando 50.000 dólares mensuales del comité político que financió la campaña y Epshteyn permanece al lado de Trump. Ha sobrevivido a acusaciones penales, investigaciones internas y enfrentamientos con algunas de las figuras más poderosas del entorno presidencial.

En un círculo donde casi todos terminan expulsados o convertidos en enemigos, él continúa ofreciendo lo único que nunca decepciona: un sí.

Un abogado que acepta lo que otros rechazan

Pero lo más revelador de Epshteyn es que no construye su poder ganando casos ni compareciendo ante los jueces. No consta que haya intervenido formalmente en un litigio federal desde 2009. Su trabajo consiste en elegir la estrategia y encontrar a los abogados dispuestos a firmarla.

John Roberts, presidente del Supremo, y Donald Trump. Reuters

Entre ellos están Alejandro Brito, un litigante de Miami, y Daniel Epstein, descrito dentro del entorno de Trump como un jurista dispuesto a defender argumentos que otros rechazarían.

Muchas de esas ofensivas han terminado mal. Los tribunales han desestimado una demanda contra CNN, rechazado la primera versión de otra contra The New York Times y tumbado un intento de frenar la redistribución electoral de California.

También fracasó una demanda contra John Roberts, presidente del Tribunal Supremo, con la que pretendían obligar al Poder Judicial a entregar documentos mediante una ley que no se le aplica.

Pero obtener una sentencia favorable no siempre es el único objetivo. Las demandas permiten a Trump atacar públicamente a sus adversarios, obligarlos a gastar dinero y prolongar en los tribunales sus batallas políticas.

En ocasiones, la presión funciona. ABC pagó 15 millones de dólares para cerrar un litigio; Paramount, propietaria de CBS, otros 16 millones; y YouTube desembolsó 24,5 millones por haber suspendido la cuenta de Trump después del asalto al Capitolio. 22 de ellos fueron destinados al nuevo salón de baile de la Casa Blanca.

La vuelta de Trump al poder ha dado a esas demandas una fuerza distinta. Ya no proceden únicamente de un ciudadano particular, sino del presidente que encabeza una Administración cuyos reguladores conceden contratos, examinan fusiones y adoptan decisiones capaces de afectar a las empresas demandadas.

El equipo de Epshteyn ha convertido esa ambigüedad en una de sus armas más eficaces.

La operación que llevó la Justicia al límite

La estrategia alcanzó su máxima expresión con uno de los episodios más insólitos de la Justicia estadounidense reciente.

Trump presentó una demanda de 10.000 millones de dólares contra el Servicio de Impuestos Internos —la Hacienda estadounidense— y el Departamento del Tesoro, dos organismos de la Administración que él mismo dirige.

El fiscal general interino de Estados Unidos, Todd Blanche, habla en una audiencia en Washington. Reuters

Aquella reclamación desembocó en un acuerdo que protegía a Trump, sus hijos y sus empresas frente a futuras inspecciones fiscales. También contemplaba un fondo de 1.776 millones de dólares públicos para indemnizar a supuestas víctimas de la “instrumentalización” de la Justicia, entre ellas aliados del presidente y procesados por el asalto al Capitolio.

Epshteyn participó en las conversaciones, pero su nombre volvió a desaparecer de los documentos.

Alejandro Brito firmó la demanda y Daniel Epstein, el acuerdo. En representación del Gobierno lo suscribieron Todd Blanche y Stanley Woodward, dos altos cargos del Departamento de Justicia con vínculos profesionales anteriores con Trump y su entorno.

Sobre el papel, el presidente litigaba contra el Estado. En la práctica, personas procedentes de su propio círculo negociaban a ambos lados de la mesa.

La presión política obligó a retirar el fondo. Esta semana, la jueza federal Kathleen Williams ha impedido también que los términos del acuerdo puedan utilizarse en futuros procedimientos. Ha concluido que la demanda fue presentada con un propósito impropio y que el litigio sirvió para dar cobertura judicial a beneficios destinados a Trump y sus aliados.

Williams ha enviado el caso de Brito al Colegio de Abogados de Florida para que valore posibles sanciones disciplinarias y ha trasladado su resolución a los organismos profesionales donde ya hay procedimientos abiertos contra Blanche y Woodward.

Además, ha prohibido a Daniel Epstein actuar como abogado externo ante el tribunal federal del sur de Florida durante un año.

Epshteyn ha vuelto a quedar fuera. No había firmado la demanda ni el acuerdo, aunque participó en las conversaciones que lo hicieron posible.

El desenlace resume el sistema que ha construido alrededor de Trump: él encuentra la forma de avanzar, otros ponen su nombre en los documentos y, cuando un juez señala que se ha cruzado el límite, son también otros quienes pagan las consecuencias.

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