Francisco de Borja Giménez Larraz, diputado del Partido Popular en el Parlamento Europeo, posa delante de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar, en Zaragoza. Sara Fernández.
Reportajes UN LEGADO EN PIE Borja Giménez vio cómo ETA mató a su padre yendo al fútbol hace 25 años: "Otegi dijo que mis lágrimas eran 'de cocodrilo'"Un cuarto de siglo después, el eurodiputado del Partido Popular reconstruye el atentado, denuncia el blanqueamiento del entorno etarra y reclama memoria, justicia y relato frente al olvido generacional.
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Julio César Ruiz Aguilar Zaragoza Publicada 6 mayo 2026 02:43hBorja Giménez Abad tenía 17 años, acababa de terminar COU y caminaba junto a su padre hacia La Romareda cuando ETA decidió convertir aquel trayecto cotidiano en una escena irreversible.
Veinticinco años después, el hijo de Manuel Giménez Abad regresa a ese mismo recuerdo con una mezcla difícil de separar: el dolor que vuelve con precisión quirúrgica y la responsabilidad de sostener una memoria que, insiste, no puede diluirse en el tiempo ni en los matices.
"Es algo así como regodearnos en el dolor", admite ahora, en Zaragoza, en una ciudad que —dice— ha hecho del recuerdo de su padre un ejercicio colectivo de memoria democrática. Pero también es, añade, "una oportunidad única para honrar su figura y la de todas las víctimas del terrorismo".
Borja Giménez: “Me ha tocado ver como ETA asesinaba a mi padre” Sara Fernández
La escena fundacional de su relato no ha cambiado en un cuarto de siglo. Padre e hijo hablaban de planes de verano, de excursiones a la montaña, de pesca en el Pirineo. Una conversación trivial que, en retrospectiva, adquiere el peso de lo último.
"Yo estaba a las puertas de la universidad, esperando la selectividad. Iba a ser uno de los mejores veranos de mi vida", recuerda. El asesinato interrumpió ese tránsito y fijó una imagen que no ha dejado de acompañarle: la de un adolescente que, incluso antes de que ocurriera, ya vivía con miedo.
"Sabía que a mi padre le podía pasar algo", dice. No era una intuición abstracta. En Aragón se había desarticulado un comando un año antes. Su padre era una figura política visible. No tenía escolta.
El riesgo formaba parte de la vida cotidiana de muchas familias en España. "Ese miedo lo teníamos miles de jóvenes. A policías, guardias civiles, militares, empresarios, periodistas… A cualquiera le podía tocar". Pero le tocó a él.
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Un mes después del asesinato, Borja Giménez Abad se sentó a hacer la selectividad. La aprobó. Se fue una semana a Salou con sus amigos. Intentó reconstruir una normalidad que ya no existía. "Incluso a mí me cuesta entender cómo fui capaz de recomponerme", admite.
No lo explica como un acto individual de fortaleza, sino como una inercia colectiva: el apoyo de su familia, de sus amigos, de un entorno que, en su caso, actuó como red de contención. Esa diferencia —la respuesta social— es una de las líneas que separa su experiencia de la de otras víctimas.
"Aquí en Aragón ha habido un calor permanente", dice. Lo contrapone, sin necesidad de subrayarlo, a lo ocurrido en el País Vasco o Navarra, donde durante años el silencio, la presión ambiental o la ambigüedad política marcaron la vivencia de muchas familias.
Borja Giménez, en Zaragoza, durante la entrevista por el 25 aniversario del asesinato de su padre: memoria, política y una herida que no deja de reabrirse en cada aniversario. Sara Fernández.
El tiempo no ha amortiguado el impacto de la memoria. Lo ha reorganizado. Hoy, convertido en eurodiputado, insiste en separar su trayectoria política del legado de su padre, aunque reconoce que ambos están inevitablemente conectados. "Es un hecho que marca mi vida de forma absolutamente decisiva", dice.
Su vocación política existía antes, pero el asesinato la convirtió en reacción. "A mí me ha tocado ver cómo asesinaron a mi padre por defender unas ideas. Eso influye". No lo formula como herencia, sino como responsabilidad: la de no dañar con su actividad el nombre que lleva detrás.
Esa tensión entre lo íntimo y lo público atraviesa todo su discurso. Cada aniversario la reactiva. Cada entrevista la reabre. "Uno podría pensar que te conviertes en un autómata, que lo cuentas sin sentir nada. Pero no es así. Tiene un impacto emocional importante".
Revivirlo ante jueces, ante periodistas, ante cámaras, implica —dice— volver a colocarse en la posición de víctima, una condición de la que intenta salir en su vida cotidiana pero a la que regresa inevitablemente en determinados momentos. "Son días en los que necesito que pase el tiempo", reconoce.
Borja Giménez señala durante la entrevista con EL ESPAÑOL en Zaragoza. Sara Fernández.
Hacer justicia
El proceso judicial fue uno de esos momentos. Más de dos décadas después del asesinato, la Audiencia Nacional condenó al autor material tras su identificación en una rueda fotográfica. La sentencia no cerró la herida, pero introdujo un elemento que él define como alivio.
"Contribuye a curar, en cierto modo, la herida". No todos pueden decir lo mismo. Más de 300 asesinatos de ETA siguen sin resolverse. Ahí sitúa una de sus principales demandas al Estado: persistir. "Lo mínimo que le debe nuestro Estado de derecho a las víctimas es trabajar hasta la extenuación para arrojar luz".
Reconoce la dificultad que impone el paso del tiempo, pero insiste en la obligación institucional de no abandonar esa búsqueda. La memoria, para él, no es solo un ejercicio retrospectivo. Es una herramienta política en el sentido más amplio del término: una forma de fijar un relato.
"Recordar permite deslegitimar la violencia social, moral y políticamente", sostiene. También lo plantea como un mecanismo preventivo, una "vacuna" frente a la aparición de nuevos extremismos que puedan considerar la violencia como instrumento legítimo.
Borja Giménez conversa con EL ESPAÑOL en la plaza del Pilar, en Zaragoza, durante la entrevista por el 25 aniversario del asesinato de su padre. Sara Fernández.
Esa idea —la memoria como antídoto— se convierte en el eje de su intervención pública. En ese terreno, su discurso se endurece. Identifica tres riesgos actuales: el olvido, la equidistancia y la reescritura del pasado. "Las tres me preocupan", dice.
Señala actos de enaltecimiento del terrorismo en el País Vasco y Navarra, menciona agresiones a quienes denuncian esas prácticas y subraya el crecimiento electoral de EH Bildu. "Es una fuerza que no ha condenado el terrorismo y mantiene un discurso identitario y excluyente", afirma.
Critica también la relación del Gobierno con esa formación, a la que acusa de intentar "blanquear" su pasado. En ese punto, su posición es nítida: sin una condena explícita y sin colaboración para esclarecer los crímenes pendientes, no puede haber cierre real.
Esa idea conecta con otra preocupación: la transmisión generacional. Durante una visita reciente a Bilbao, cuenta, se encontró con jóvenes universitarios que no sabían quién era Miguel Ángel Blanco. No lo presenta como una anécdota aislada, sino como síntoma de una laguna.
"Debería formar parte del currículo educativo", propone. Reclama una enseñanza "objetiva y ajustada a la realidad" sobre el terrorismo en España y atribuye a los medios de comunicación un papel central en esa tarea.
La producción de documentales, las coberturas periodísticas y los actos institucionales, dice, ayudan a fijar ese relato en la memoria colectiva.
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En Zaragoza, ese trabajo ha cristalizado en una red de reconocimientos: una fundación que lleva el nombre de su padre, apoyada por todos los grupos políticos; homenajes anuales; una presencia constante en el espacio público.
La Fundación Manuel Giménez Abad, explica, ha trascendido el ámbito local y trabaja en cuestiones como el parlamentarismo o la descentralización, además de promover valores democráticos.
Destaca, sobre todo, su origen: un acuerdo transversal en una cámara fragmentada. "Ese es el gran éxito", dice, porque convierte el legado en un punto de encuentro y no de disputa. Sin embargo, la memoria también tiene un anclaje físico, concreto, que no admite abstracciones.
La calle donde asesinaron a su padre sigue ahí. La placa, también. Durante años, Borja Giménez Abad evitó pasar por ese punto. Cruzaba la acera. "Me costó mucho", reconoce. Incluso ahora, el gesto persiste.
Placa en la calle Cortes de Aragón de Zaragoza que recuerda el asesinato de Manuel Giménez Abad el 6 de mayo de 2001, colocada en el mismo punto donde ETA acabó con su vida. Sara Fernández.
Cada vez que pasa, dice, le pide algo a su padre. No especifica qué. No hace falta. El lugar funciona como recordatorio permanente de una escena que no ha perdido intensidad.
La reconciliación, en ese contexto, aparece como una palabra problemática. No la descarta, pero la condiciona. "Para que no haya un cierre en falso, es necesaria una asunción clara de responsabilidades", afirma.
Incluye en esa exigencia la condena explícita del terrorismo por parte de quienes considera sus herederos y la colaboración para esclarecer los crímenes pendientes. Sin esos elementos, sostiene, cualquier intento de pasar página corre el riesgo de diluir la distinción entre víctimas y verdugos.
Cuando se le pide que condense el legado de su padre en una frase dirigida a quienes no vivieron aquellos años, evita la fórmula cerrada. Prefiere describir rasgos: tolerancia, respeto al pluralismo, claridad en los principios democráticos.
Borja Giménez posa en la plaza del Pilar, en Zaragoza, la ciudad que convirtió el recuerdo de su padre en memoria compartida. Sara Fernández.
Recuerda también una idea que, dice, su padre repetía: la necesidad de alcanzar acuerdos en las cuestiones básicas. "Sobre eso, luego se puede discutir", resume. En esa línea sitúa su propia forma de entender la política, marcada por el diálogo y el respeto al discrepante, incluso en un contexto que, reconoce, tiende a lo contrario.
Veinticinco años después, el relato de Borja Giménez Abad no busca cerrar la historia, sino mantenerla abierta en un sentido preciso: el de la memoria como espacio de claridad. No hay concesiones en la identificación de responsabilidades ni en la descripción de lo ocurrido. Tampoco hay voluntad de convertir el dolor en elemento ornamental.
La escena inicial —un padre y un hijo camino del fútbol— sigue funcionando como punto de partida y de llegada. Todo lo demás, la carrera política, los debates sobre memoria, las discusiones sobre el presente, se organiza alrededor de ese instante que define una biografía y, en su planteamiento, también una parte de la historia reciente de España.