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Bougainville, un país en ciernes

Bougainville, un país en ciernes
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El Parlamento de Papúa Nueva Guinea votará este año la independencia de esta isla de Oceanía, que podría convertirse en el Estado 194 del mundo

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Este paraíso está sustentado sobre 600 islas, 850 idiomas propios y un millar de tribus. Adobe Stock Bougainville, un país en ciernes

El Parlamento de Papúa Nueva Guinea votará este año la independencia de esta isla de Oceanía, que podría convertirse en el Estado 194 del mundo

Gerardo Elorriaga

Domingo, 22 de marzo 2026, 00:04

... el solomillo. Entre estos privilegiados aparece Louis Antoine de Bougainville, un hombre provisto de variopintas capacidades para la guerra y para la paz. Como militar, defendió el Canadá francés de los conquistadores ingleses, y en su calidad de matemático publicó una teoría del cálculo integral. Pero el planeta en el siglo XVIII era aún un mundo entrevisto y también quiso explorar las tierras de Levante. Entre otros descubrimientos para la mirada occidental, encontró cierta planta con flor de colores intensos y una isla cubierta por una tupida selva tropical, y a ambos les concedió su apellido. A lo largo del primer semestre de 2026, el territorio, de apenas 9.000 kilómetros cuadrados de superficie, verá reconocido formalmente el derecho a la independencia. La república de Bougainville nacerá, si no surgen contratiempos, en 2027 y será el Estado número 194 del planeta.

Ellos no lo sabían, pero el atraque de la fragata gala anticipaba la radical transformación de sus ancestrales modos de vida, basados en un sistema de clanes sin autoridad centralizada. A finales del siglo XIX, las potencias europeas se afanaban en la urdimbre de sus imperios y en 1889 Alemania conformó la colonia de la Nueva Guinea, formada por el sector oriental de la isla de Papúa y los archipiélagos colindantes, incluida las Marianas, adquiridas a España. Berlín y Londres se dividieron las islas Solomon, y Bougainville, situada entre las septentrionales, pasó a la Administración germánica.

La larga lucha del pueblo nativo se remonta a esa primera colonización. Los recién llegados se hicieron con las tierras más fértiles para desarrollar plantaciones de copra y cacao, e introducir la economía capitalista en un entorno hasta entonces ajeno a la modernidad. La reivindicación de las propiedades enajenadas y los derechos laborales ha sido una demanda prolongada durante un siglo, que también se ha extendido a su identidad cultural, compuesta por una treintena de lenguas propias.

La historia reciente, y muy tortuosa, de Bougainville, se resume en ocupaciones. Tras la derrota de los alemanes en la Primera Guerra Mundial, Australia, la potencia regional, se hizo con el control, ratificado en 1921 por la Sociedad de Naciones. Pero el apocalipsis llegó en 1942 tras la invasión japonesa. Los nipones desplegaron unos 60.000 soldados y los aliados, el doble de efectivos. El aislamiento, la rapiña y la brutalidad de los orientales provocaron hambrunas, desplazamientos masivos y muerte.

La paz fue un espejismo. Nuevamente, el país en ciernes pasó de unas manos a otras, sin que la voluntad indígena fuera escuchada. El régimen de Camberra la integró en el territorio autónomo de Papúa Nueva Guinea, formado por la mitad oriental de la isla de Papúa, que accedió a la independencia en 1975.

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Desastre ecológico

Esta última maniobra suponía el inicio de una guerra, aunque la hecatombe llegó antes de tomar las armas. El hallazgo de cobre y oro en el subsuelo alentó en 1972 una de las mayores explotaciones a cielo abierto del mundo a cargo de una multinacional australiana. El resultado medioambiental fue catastrófico. Mil millones de toneladas de desechos acabaron en los ríos. El desastre de la mina de Panguna alentó la rebelión y, tres años después de la apertura del yacimiento, se produjo la proclamación unilateral de independencia.

La joven Papúa Nueva Guinea no estaba dispuesta a prescindir de las regalías que le proporcionaba esta industria y que suponían una quinta parte del presupuesto nacional. Estalló una contienda brutal, prácticamente ignorada por el mundo, que devastó la isla entre 1989 y 1999. Aún hoy, los residentes desentierran e identifican cadáveres mutilados arrojados a fosas comunes. Las tropas papuanas, apoyadas por Australia con hombres, pertrechos y helicópteros, quisieron aplastar la rebelión impulsada por el Ejército Revolucionario de Bougainville (BRA) con una política de tierra quemada que provocó unos 20.000 muertos en una década, el 10% de la población.

La imposibilidad de una victoria por ninguna de las partes alentó conversaciones y un acuerdo de paz en 2001. A partir de aquí, se estableció una hoja de ruta que debería culminar en la definitiva asunción de la soberanía dentro de doce meses. Ishmael Toroama, líder independentista, ganó las elecciones en setiembre y se ha convertido en el padre de la patria. Hace siete años, un referéndum dictaminó que el 97.7% de los ciudadanos quiere otro futuro sin gentes allende los mares lleguen a sus puertos y, otra vez más, se hagan con el poder, los cultivos y el rico subsuelo.

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La población de Bougainville votó a favor de la independencia en 2019. R. C.

Las incertidumbres son muchas. En Oceanía, EE UU y China se disputan la hegemonía y Toroama parece dispuesto a ceder a Trump la preeminencia a cambio de apoyo efectivo. El país partirá de cero. El 80% de los bougainvilleanos depende de la agricultura de subsistencia y las entrañas de Panguna son hoy desmenuzadas por nativos. Arawa, la capital, sigue destruida desde la guerra. Crear una Administración exigirá recuperar la extracción sistemática.

'Buenas días' y 'buen probechu'

Oceanía figura en el imaginario occidental como el último Edén. El prolífico Bougainville describió Tahití como un paraíso y el pintor Gauguin buscó la felicidad en sus pequeños atolones. Pero la globalización y sus múltiples conflictos también han invadido este rosario de archipiélagos diseminados en el inmenso Pacífico. El cambio climático ya es una cuestión de estricta supervivencia. El aumento del nivel del mar amenaza la habitabilidad de Kiribati, Tuvalu o Tonga. La deforestación y la contaminación generada por la salvaje explotación de los recursos naturales también perjudican, por ejemplo, a Papúa Nueva Guinea. Aunque la región se considera modélica en el plano democrático y de respeto de las libertades públicas, también se experimentan graves tensiones intercomunitarias e incluso guerras civiles. Quizás el continente en las antípodas se nos antoje lejano y ajeno. Pero la historia contradice esta impresión. Las Marianas, ahora una dependencia de Estados Unidos, fueron bautizadas por Fernando de Magallanes en su viaje de circunnavegación de 1521 e incorporadas a la Corona española durante tres siglos. La aculturación dio lugar al chamorro, lengua criolla que subsiste y en la que perviven términos extraídos del castellano. Los nativos aún se saludan con un 'buenas días' y emplean en la mesa la expresión 'buen probechu'.

Una nube oscura pende, además, sobre esa pretensión de libertad, al alcan ce de la mano para sus 300.000 habitantes. El Parlamento papuano ha de ratificar el llamado Acuerdo Melanesio y existe el temor a que, en última instancia, el miedo paralice los trámites. La independencia de Bougainville sienta un precedente capaz de dinamitar la unidad de un país sustentado sobre más de 600 islas, 850 idiomas propios y unas 1.000 tribus. Provincias con denominaciones tan curiosas como New Ireland o East New Britain podrían seguir sus pasos y reclamar la autodeterminación. La clase política local debe decidir, aunque no hay margen de maniobra ni tiempo para cambios.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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