- JUAN CARLOS MACHUCA*
El 23 de febrero de 2016 publiqué en estas páginas un artículo titulado "Brexit: Y si de verdad pasa, ¿después qué?". Lo abría con una frase que era, ante todo, un motivo de orgullo: "Nada es hoy igual que cuando llegué a Londres en el año 2000. Actualmente, la presencia española en Reino Unido se deja notar de manera abrumadora, no sólo por los miles de compatriotas que están trabajando aquí, sino también por la fuerte presencia de empresas españolas. El branding Made in Spain acompaña a la gestión de aeropuertos, líneas de metro y energía". Lo cerré con una frase que hoy releo con una mezcla de melancolía y satisfacción: "En cualquier caso, nada será igual". Pues bien: nada fue igual. Y, sin embargo, aquí seguimos.
Escribí aquello cuatro meses antes del referéndum del 23 de junio, desde la perspectiva de un abogado español en la City. Hoy vuelvo sobre aquellas reflexiones también como presidente de la Cámara de Comercio de España en Reino Unido, con veintiséis años de vida profesional y personal en este país y con algo que en 2016 solo podía intuir: la experiencia de haber vivido lo que realmente ocurrió.
En aquellos meses previos al referéndum, algunos éramos conscientes de que una hipotética salida nos afectaría en ámbitos tan vastos como el comercio, el derecho de la competencia, la política industrial, las inversiones extranjeras, la inmigración o los servicios financieros, y de que ante ese escenario la relación de los empresarios españoles con Reino Unido sería distinta. Advertimos que "de no preverse un adecuado régimen transitorio, se produciría un desajuste que afectaría a multitud de contratos, cuyas cláusulas de competencia y ley aplicable fueron negociadas en un contexto normativo expuesto únicamente a actos de la Unión". Señalé también que el Brexit podría tener cierto impacto sobre la idoneidad de firmar contratos sometidos al derecho inglés que exigieran acudir a los tribunales del país una vez que dejara de formar parte de la UE. No era catastrofismo: era planificación. Ninguno de esos cambios fue menor.
La mañana del 24 de junio de 2016 muchos de nosotros miramos el móvil, lo volvimos a mirar, cerramos la aplicación, la abrimos de nuevo y confirmamos que sí, que estaba pasando lo que estaba pasando. Desde entonces, como dirían los británicos con ese talento suyo para el eufemismo, "han pasado unas cuantas cosas". El Brexit efectivo supuso la salida de la Unión Europea y una adaptación al período transitorio cuya gestión marcó la diferencia entre unas empresas y otras. Diez años después, aquí seguimos: las empresas españolas tenemos más razones que nunca para defender y profundizar la relación hispano-británica. Si el Brexit pretendía alejar mundos, nosotros llevamos una década aproximándolos. El stock de inversión española en Reino Unido asciende a 91.000 millones de euros, una cifra que refleja un compromiso a largo plazo, no una presencia oportunista.
Los sectores que atraviesan un mejor momento son los vinculados a las grandes prioridades del mercado: infraestructuras, energías renovables, servicios financieros, telecomunicaciones y, más recientemente, defensa. Esta concentración de oportunidades atrae a las grandes corporaciones españolas y también a nuestras pymes. Si algo hemos aprendido en estos diez años desde el Brexit es que los mercados se ajustan, los empresarios se adaptan y quienes han sabido navegar por esta nueva realidad han encontrado ventajas competitivas reales.
Curva de adaptación
Hay, además, un efecto secundario que conviene señalar: la complejidad ha obligado a muchas empresas a profesionalizarse, a mejorar y a implantar estructuras más sólidas. Las que han superado esa curva de adaptación operan hoy con más músculo local y mayor competitividad. La fricción, en algunos casos, ha generado una empresa más robusta.
El panorama institucional es especialmente relevante en este aniversario. El Reino de España y el Reino Unido firmaron un Marco Estratégico Bilateral (Memorándum de Entendimiento) el 3 de septiembre de 2025, en Downing Street, con el objetivo de actualizar y estrechar los lazos entre ambos países en la era pos-Brexit. Hace apenas unos meses, la chancellor Rachel Reeves visitó España para reunirse con el vicepresidente primero del Gobierno y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, y se celebró el primer Diálogo de Comercio e Inversión entre ambos países. El Memorándum no es un documento burocrático: es una declaración de intenciones entre dos países que deciden, deliberadamente, seguir construyendo juntos. A ello se suman la reincorporación británica al programa Horizon, los avances en Erasmus+ y la cumbre de alto nivel prevista para el próximo 22 de julio, que abre un escenario genuinamente esperanzador.
España es hoy uno de los socios europeos más relevantes y cercanos para Reino Unido, y uno de los principales inversores en su economía. Y eso no es retórica: es un hecho que conlleva responsabilidad y, sobre todo, una enorme oportunidad.
Para mí los argumentos para estar aquí siguen siendo sólidos: seguridad jurídica, el peso financiero de la City, un mercado de 67 millones de consumidores con alta renta y una agenda clara en transición energética, digitalización e infraestructuras. Para las empresas españolas existe además un factor diferencial que, a veces, no valoramos internamente lo suficiente: gozamos de una buena reputación en el entorno empresarial británico. Nuestros empresarios, ejecutivos, ingenieros y empleados disfrutan de un reconocimiento real. Eso es un activo que no se improvisa.
Veintiséis años dan para mucho. Dan para confirmar que una ciudad fascinante que no es la tuya de nacimiento puede convertirse, con el tiempo, en tuya de verdad. Dan para ver transformarse un barrio, una profesión o una relación entre países. Y dan también para saber distinguir entre el ruido del momento y lo que de verdad permanece.
Lo que permanece, diez años después del referéndum, es esto: pese a los cambios, la relación entre el Reino de España y el Reino Unido es más profunda, más madura y resiliente de lo que cualquier voto puede deshacer. Yo la vivo cada día en la City, en los despachos, en las conversaciones con clientes y colegas de ambos lados. No es nostalgia: es la realidad cotidiana de miles de profesionales y empresas que han decidido, año tras año, seguir apostando por este mercado.
Escribí en 2016 que nada sería igual. Pero lo que no escribí, porque entonces no lo sabía con la misma certeza, es que lo que vendría después podía seguir mereciendo la pena. Hoy sí puedo decirlo: merece la pena. Lo afirma quien lleva más de un cuarto de siglo comprobándolo.
Juan Carlos Machuca. Presidente de la Cámara de Comercio de España en Reino Unido. Abogado de Uría Menéndez en Londres
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