- PILITA CLARK
Los inversores pueden preferirlos en un momento determinado.
La cantidad de maneras en que los CEO se meten en problemas es una fuente de asombro constante. Cuando no están teniendo una aventura con una colega o desviando negocios a una novia, consumen drogas, espían al personal o hacen algo aún más peculiar, como ser grabados en vídeo dando patadas a un perro en un ascensor. Esa proeza la logró Desmond Hague, exjefe de la empresa estadounidense de catering deportivo Centerplate, en 2014. Dimitió poco después.
Pero la noticia de la marcha de Michael Rousseau de Air Canada marca un hito. Parece ser el primer CEO que deja una gran empresa por no hablar un idioma. En su caso, fue el francés, una lengua que virtualmente ignoró en un mensaje de vídeo para recordar a dos pilotos, uno de ellos originario de Quebec, de mayoría francófona, fallecidos en un accidente en el aeropuerto LaGuardia de Nueva York el mes pasado. El uso del inglés por parte de Rousseau provocó indignación en todo Canadá, especialmente en Quebec, donde tiene su sede Air Canada, la aerolínea más grande del país.
Como persona que siempre ha tenido dificultades con un segundo idioma, al principio sentí cierta lástima por Rousseau, quien intentó calmar la polémica diciendo que su francés seguía siendo deficiente a pesar de "las muchas clases recibidas durante varios años". Sin embargo, había prometido mejorar su dominio del idioma en 2021, el año en que fue nombrado CEO, cuando también se enfrentó a peticiones de dimisión tras revelarse que él y el francés eran dos extraños.
El caso de Rousseau es inusual, pero subraya la importancia que le damos a la forma en que los CEO hablan y se expresan. Curiosamente, si hubiera logrado dominar el francés, incluso con un fuerte acento, podría haber tenido un mejor desempeño del esperado. Tener acento extranjero puede ser una ventaja para los CEO, según un estudio reciente de académicos de la Universidad de Rhode Island que analizó hasta qué punto estarían dispuestos los estadounidenses a invertir hasta 10.000 dólares en una empresa ficticia llamada Chocodelight.
Los participantes se informaron sobre la reputación del CEO de la empresa a través de un artículo de una revista de negocios, y luego escucharon grabaciones de voces generadas por inteligencia artificial de directivos dando noticias potencialmente negativas sobre una revisión financiera con acentos estadounidense, keniano e indio. Resultó que si los extranjeros tenían buena reputación, atraían mucha más inversión que los CEO locales. Si ambos tenían mala reputación, el acento no influyó significativamente. ¿Por qué? No está claro, aunque algunos investigadores creen que se percibe que los CEO extranjeros son más trabajadores y cuidadosos que los locales, por lo que los inversores podrían no desanimarse por lo que consideran una mala noticia financiera aislada.
En cualquier caso, esto son buenas noticias para el creciente número de CEO nacidos en el extranjero en Estados Unidos, que ahora dirigen empresas que van desde Nvidia y Google hasta Microsoft y Tesla. Sin embargo, la mayoría de nosotros no somos CEO y vivimos en un mundo donde un acento extranjero no supone ninguna ventaja.
Una vez estudié en Estados Unidos, donde mis vocales australianas eran en su mayoría comprensibles, pero no siempre. Un día me encontré charlando con un grupo de amigos estadounidenses sobre cómo inscribirme en una clase impartida por el economista Jeffrey Sachs. "Me interesa mucho Sachs, pero creo que tendré que esperar hasta el próximo semestre", dije, sólo para ser recibida con abucheos ensordecedores de los estadounidenses, cuyos oídos me escucharon decir "sexo" en lugar de "Sachs". Logré tener una carrera después de este episodio, a pesar de que las investigaciones han demostrado durante años que tener acento extranjero puede hacer que alguien parezca menos competente, afectuoso y cualificado para un empleo.
Otro estudio, destacado en la Harvard Business Review el mes pasado, sugiere que incluso después de ser contratado, el azote oculto del prejuicio contra el acento puede dificultar que tus ideas y argumentos sean aceptados. Tras analizar más de cinco mil charlas TED impartidas en inglés, los investigadores descubrieron que los oradores con acento extranjero recibían sistemáticamente menos visualizaciones y "me gusta" online, sin importar de qué hablaran ni la calidad de sus charlas.
Esto sucede inconscientemente, porque el habla con acento requiere un mayor "esfuerzo cognitivo" y reduce la percepción de calidez y confianza, lo que a su vez disminuye la interacción. Aun así, este prejuicio se puede combatir. Las reuniones pueden reestructurarse para que las ideas de todos se compartan por escrito con antelación. O bien una sola persona, como el presidente, puede resumir las aportaciones de todos con un mensaje común.
En definitiva, concienciar a la gente sobre el problema puede mitigar su impacto. Esa es la esperanza, al menos, pese a la realidad de que el cambio probablemente sea lento.
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