Byung-Chul Han (Seúl, 1959) vuelve a poner de manifiesto su demostrada pericia para nombrar la enfermedad cuando los demás empezamos a percibir los síntomas. En 'Sin respeto' se ocupa de una sociedad que, mientras presume de estar muy conectada, apenas tolera que el otro ... siga siendo otro.
A juicio de Han, sólo hay respeto si subsiste una distancia que preserva al otro de nuestro afán de asimilárnoslo. Como ocurre con sus mejores hallazgos, desde la sociedad del cansancio hasta la psicopolítica, pasando por el infierno de lo igual, la facilidad con que la fórmula se deja repetir oculta la considerable densidad filosófica que contiene.
Esta hondura se hace particularmente visible cuando Han opone a la política de Carl Schmitt, encerrada en la disyunción entre amigo y enemigo y por ello incapaz de concebir al otro fuera de la adhesión o la hostilidad, una suerte de política de la amistad cuya trabazón intelectual está bien armada.
Una vez establecido cómo las tribus digitales convierten la opinión en identidad y la discrepancia en agravio, hace concurrir la verdad factual de Arendt, la razón comunicativa de Habermas y, por mediación de Agamben, el heteros autos aristotélico, ese «otro mismo» que, lejos de confirmar al yo, lo desclausura y abre en él la dimensión del ser-con. De ahí que Han concluya que «la política del futuro será la política de la amistad» (p. 53).
El bigote de Mendoza y el moño de Byung-Chul Han
A partir de esa ontología de la alteridad, Han sigue las sucesivas figuras sociales del respeto, desde la antigua 'aidós', que reunía veneración y temor reverencial en tanto que presuponía un orden común ante el cual avergonzarse, hasta el 'shaming' contemporáneo, ceremonia expulsiva bajo cuya desvergüenza se oculta una mengua del respeto por uno mismo («La violencia es la máscara de la vergüenza», p. 62).
De aquí pasa a la extinción de modelos ejemplares, que exigen reconocer una distancia entre cuanto somos y aquello a lo que aspiramos (distancia difícilmente concebible en el régimen horizontal del rendimiento), y a la abolición de la 'auctoritas', que llega a su paroxismo con la aparición de la inteligencia artificial como «antimaestro» (p. 107). El respeto es, según Han, opuesto a la sociedad de la transparencia, pues requiere sustraer al otro de la avidez instrumental. Abolida esa reserva, la alteridad queda convertida en materia disponible para el deseo.
Tampoco es del todo convincente la topología que atribuye al orden vertical los ideales, el aura, la narración y la autoridad
Las flaquezas del libro proceden de la misma facultad que le confiere su fuerza, pues Han, cuya prosa gnómica sobresale en la acuñación del diagnóstico, pierde tino cuando ha de precisar las relaciones entre dignidad moral, autoestima, reconocimiento social o admiración, fenómenos que, aunque avecindados bajo el nombre común del respeto, distan de ser intercambiables y habrían requerido una discusión más detenida con Hegel y Axel Honneth.
Tampoco es del todo convincente la topología que atribuye al orden vertical los ideales, el aura, la narración y la autoridad, y descarga sobre el horizontal la transparencia, el consumo, la información y la indiferencia, soslayando las jerarquías hereditarias y las obediencias ciegas del verticalismo o aquellas formas de reciprocidad y cooperación que mal cabe reducir a mercado.
Enseña el refranero pedir peras a un árbol que produce otro fruto, más pequeño y más salado, y esperar de Han un programa cerrado sería equivocarse de autor. El que nos ocupa se expresa por medio de elegantes fogonazos aforísticos y, en ocasiones, navajazos nietzscheanos, que obligan al lector a demorarse precisamente mientras denuncia un mundo que ha perdido la capacidad de demora, pero no ofrece sistemas filosóficos y tampoco soflamas mitineras.
'Sin respeto' devuelve espesor filosófico a una palabra que el uso cotidiano había terminado desdibujando y nos recuerda que respetar implica aceptar en el otro una zona a la que no tenemos derecho de acceso. En un tiempo que confunde la comunicación con la disponibilidad permanente, semejante recordatorio dista mucho de ser una cortesía. Es, antes bien, la condición de posibilidad de la vida en común.
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