- JAMES FONTANELLA-KHAN, MYLES MCCORMICK Y CHRISTIAN DAVIES
Las espontáneas declaraciones políticas del presidente repercuten en las empresas y los mercados financieros.
Esta semana, en una planta de Ford en Michigan, Donald Trump se enfrentó a un empleado que lo abucheaba desde la fábrica. "Que te jodan", le espetó el presidente antes de levantarle el dedo corazón.
La agitación provocada por la visita del presidente estadounidense no es nueva para Ford. El mes pasado, el fabricante de automóviles sufrió una pérdida de 19.500 millones de dólares al cancelar la producción de su emblemático modelo F-150, totalmente eléctrico, tras la ofensiva de Trump contra las iniciativas ecológicas impulsadas por su predecesor, Joe Biden.
Desde su regreso a la Casa Blanca el año pasado, Trump ha trastocado industrias enteras sin previo aviso, adoptando el enfoque más intervencionista hacia las empresas que cualquier presidente en la historia reciente, según afirman los ejecutivos. El anuncio de Trump, justo después del inicio de 2026, de que Estados Unidos tomaría el control de la industria petrolera venezolana disparó las acciones de las refinerías estadounidenses ante la perspectiva de una avalancha de crudo. Pero también afectó a los ejecutivos del sector de shale estadounidense, que ya estaban preocupados por los bajos precios del crudo.
Incluso las declaraciones en redes sociales pueden sacudir a los gigantes corporativos: una amenaza de Truth Social la semana pasada de prohibir a los grandes inversores comprar viviendas unifamiliares hizo caer las acciones de las constructoras, mientras que una propuesta de límite a las comisiones de las tarjetas de crédito hizo caer a Visa, American Express y las acciones de algunos grandes bancos.
El alcance de Trump también se extendió al mercado de bonos hipotecarios de 11 billones de dólares: redujo ligeramente los costos de los préstamos a principios de este mes con una publicación que anunciaba planes para un programa de compra de activos de 200.000 millones de dólares.
"Maga se ha vuelto maoísta. Es capitalismo de Estado. No es ni remotamente conservador", opina Jeffrey Sonnenfeld, profesor de Yale y autor de Los Diez Mandamientos de Trump, un libro sobre cómo los ejecutivos pueden gestionar los dictados del presidente. Conscientes de los riesgos de provocar la ira del presidente, solo unos pocos ejecutivos de las mayores corporaciones estadounidenses se han atrevido a desafiarlo.
La semana pasada, el CEO de ExxonMobil, Darren Woods, restó importancia a los llamamientos de Trump a las empresas perforadoras para que inyecten miles de millones de dólares a Venezuela, tras asegurar que era "imposible invertir en el país" en una reunión en la Casa Blanca con el presidente, otros altos funcionarios y más de una docena de ejecutivos del sector.
El CEO de JPMorgan Chase, Jamie Dimon, también criticó duramente a Trump esta semana, al afirmar que los ataques al presidente de la Reserva Federal, Jay Powell, podrían elevar los tipos de interés y la inflación.
Tanto Dimon como Woods se enfrentaron a las reprimendas de un presidente que insiste en expresar sus opiniones sobre el mundo empresarial estadounidense.
Los líderes del sector afirman que los acontecimientos de las últimas semanas son un anticipo de lo que está por venir, y que es probable que la actitud vez más imperiosa de Trump se intensifique en 2026, con graves consecuencias para las empresas estadounidenses. "Este año será muy turbulento hasta las elecciones de medio mandato de noviembre", declaró el CEO de un banco de Wall Street. "Vamos a vivir el año más activo de su presidencia y estamos todos preparados", añadió.
Los ejecutivos creen que es probable que la lista de puntos conflictivos aumente. Después de Venezuela, los asesores señalan a Groenlandia, en la que Trump lleva tiempo interesado por su ubicación estratégica y sus recursos minerales, como un posible próximo objetivo. Esta perspectiva ya ha llamado la atención de empresas energéticas y mineras.
Para los jefes corporativos, mucho depende a menudo de su capacidad para forjar relaciones personales con Trump o cortejarlo con compromisos ostentosos.
"Trump es un presidente como ningún otro", reconoce un lobista con décadas de experiencia asesorando a consejeros delegados que tratan con administraciones estadounidenses. "Algunos lo ven como un fascista o un autócrata, otros como un dictador benévolo o incluso un genio. Sea cual sea la opinión, una lección contundente se ha arraigado en los consejos de administración: plantar cara a Trump suele ser una estrategia perdedora".
En privado, varios ejecutivos reconocen que no tienen muchas ganas de doblegarse a Trump. Pero los asesores afirman que ha surgido una estrategia pragmática: presentarse, hacer una promesa lo suficientemente grande como para halagar al presidente y luego hacer lo mínimo posible hasta que cambie el foco de atención. Un veterano banquero, que afirmó que los funcionarios de Trump lo detestaban por sus opiniones políticas, reconoce que muchos CEO prefeiren guardar silencio porque, a pesar del enfoque disruptivo de la administración, la economía se mantiene sólida y los precios de las acciones han subido en todos los sectores hasta alcanzar niveles récord tras una ola de ventas inicial provocada por la guerra comercial del presidente, que posteriormente se calmó.
La "Gran y Hermosa Ley", aprobada a finales del año pasado, también ha supuesto una ganancia fiscal inesperada para muchas empresas.
Un ejemplo de cómo cortejar a Trump se puso en evidencia en una cena en la Casa Blanca en septiembre, donde los CEO de las grandes tecnológicas, entre ellos Mark Zuckerberg de Meta, Sam Altman de OpenAI, Sundar Pichai de Google y Tim Cook de Apple, compitieron por ver quién ofrecía más miles de millones de dólares en inversión estadounidense.
El episodio, según ejecutivos y asesores, puso de relieve una lección que muchos ya habían interiorizado: con Trump, la imagen importa más que la precisión, y la deferencia pública a menudo cuenta más que los compromisos vinculantes.
Sin embargo, ese enfoque no siempre ha funcionado.
El presidente del gigante automovilístico coreano Hyundai, Chung Eui-sun, compareció junto a Trump en la Casa Blanca en marzo del año pasado para anunciar un aumento de la inversión total del grupo en Estados Unidos a 21.000 millones de dólares entre 2025 y 2028.
El gesto fue elogiado por Trump, pero no se molestó en proteger a Hyundai ni a Corea del Sur de los elevados aranceles al sector del automóvil del 25 % impuestos por el presidente dos días después. Por si fuera poco, en septiembre funcionarios de inmigración estadounidenses irrumpieron en una planta de baterías que Hyundai y LG estaban construyendo en el estado de Georgia.
Un asesor de alto nivel de CEOs de las mayores corporaciones estadounidenses afirmó que, a pesar del riesgo de una reacción negativa, algunos de sus clientes sentían que era su deber, tanto para con el país como para con los accionistas y empleados, utilizar la influencia de su empresa para contrarrestar algunas de las políticas de Trump que, en su opinión, podían perjudicar los intereses nacionales.
"La clave está en cómo se hace. Hay que encontrar una manera inteligente de actuar como líder corporativo, defendiendo los intereses de la empresa y del sector sin molestar al presidente", concluyó.
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