- GILLIAN TETT
Lejos de la mirada pública, las autoridades intentan combatir el fuego digital con fuego.
¿Podría la IA desencadenar una crisis financiera? Esa fue una de las preguntas que quedó flotando en el ambiente de Nueva York esta semana, mientras los líderes mundiales se reunían para la Asamblea General de la ONU.
Y es que, mientras a algunos inversores les preocupa que la burbuja bursátil de la IA pueda estallar y/o que se produzcan impagos en la deuda de los centros de datos, muchos de los asistentes a la Asamblea se plantearon otra cuestión: ¿utilizarán seres humanos malintencionados la IA para lanzar ciberataques devastadores contra infraestructuras clave, como los mercados financieros?
De hecho, Bill Gates, fundador de Microsoft y de la Fundación Gates, cree que tales amenazas son tan reales que me confesó que la IA es, hoy por hoy, con diferencia, la tecnología más peligrosa jamás creada. Él aboga por que los gobiernos y las empresas tecnológicas implementen sistemas de supervisión de la IA capaces de detectar (y, cabe esperar, prevenir) cualquier intento de uso malintencionado.
Es posible que esto llegue a suceder; la noticia de que China y Estados Unidos estudian establecer una "línea directa" común para debatir los riesgos de la IA constituye un pequeño paso simbólico en la dirección correcta. Lo mismo ocurre con la frecuencia de estos debates en la Asamblea General de la ONU. Sin embargo, es necesario hacer mucho más. Y, mientras políticos, inversores y votantes asimilan estas ambiciosas promesas, deberían prestar atención también a otro ámbito menos glamuroso —y menos visible—: la regulación global.
Lejos de la mirada pública, entre los organismos supervisores están surgiendo debates sobre cómo afrontar los riesgos financieros derivados de la IA. Esto no se limita a los acuerdos globales de alto nivel, sino que implica el uso directo y pormenorizado de sistemas de IA con capacidad de actuación autónoma. En términos sencillos: algunos funcionarios están intentando apagar el fuego digital con fuego.
Puede parecer algo contraintuitivo. Sin embargo, fui testigo de un ejemplo a principios de este mes durante una reunión sobre regulación digital celebrada en Cambridge, organizada por una iniciativa de la que soy asesora. El encuentro fue convocado conjuntamente por Agustín Carstens (exdirector del Banco de Pagos Internacionales) y Ashley Alder (presidente de la Autoridad de Conducta Financiera de Reino Unido), e incluyó lo que se anunció como el primer *hackathon* mundial sobre "reguladores autónomos".
Participaron decenas de reguladores occidentales y no occidentales, tanto del ámbito financiero como del no financiero, y cerca de 300 equipos presentaron propuestas. De este intenso despliegue surgieron tres lecciones clave.
En primer lugar, los supervisores se dan cuenta de que no pueden permitirse esperar a que los políticos creen las leyes o estructuras normativas adecuadas para controlar la IA; el sector avanza más rápido de lo que cualquier legislatura puede actuar o alcanzar acuerdos diplomáticos. Como señaló un alto regulador: "Tenemos que ser muy creativos con las facultades que ya tenemos recogidas en la normativa".
No será tarea fácil, pues los burócratas tienden a ser conservadores por cultura. Sin embargo, es esencial: tal como ha señalado Carstens, un gran quebradero de cabeza para los bancos centrales es que la mayoría de las amenazas financieras derivadas de la IA quedan fuera de su ámbito de regulación. Basta con observar la exposición excesivamente concentrada de los bancos a los proveedores de servicios en la nube.
En Estados Unidos, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, está abordando este problema desde su posición de influencia; hace poco convocó a banqueros para analizar el modelo de IA Claude Mythos de Anthropic y la preocupación de que este pudiera detectar vulnerabilidades cibernéticas en el sistema financiero. En Reino Unido, el Banco de Inglaterra se ha comprometido a supervisar a las empresas de servicios en la nube como "proveedores externos críticos". El BPI está elaborando sus propios experimentos de innovación. No obstante, es necesario romper los compartimentos estancos en la regulación.
En segundo lugar: tal vez sea necesario replantearse el concepto de "explicabilidad", es decir, el grado en que los modelos digitales son transparentes, interpretables y sujetos a rendición de cuentas. Los reguladores llevan mucho tiempo exigiendo explicabilidad en el sector financiero, pero esto resulta difícil de imponer en el ámbito de la IA.
Algunos podrían considerar esto motivo suficiente para prohibirla, pero tal postura parece poco realista. Por ello, los principales organismos reguladores están adoptando discretamente un enfoque centrado en supervisar los resultados de los modelos de IA e implementar salvaguardas (como mecanismos de desconexión de emergencia), al tiempo que promueven una mayor claridad sobre la responsabilidad legal.
En tercer lugar: los reguladores deben pasar urgentemente a la acción práctica creando sus propias herramientas de IA, tanto para comprender la tecnología como para mejorar la supervisión. La buena noticia es que algunos ya lo están haciendo: en el *hackathon* de este mes se exhibió una impresionante variedad de agentes de IA. Algunos rastrean flujos de capital; otros controlan comportamientos gregarios en el mercado, riesgos de fraude, vulnerabilidades, asesores financieros automatizados (*robo-advisors*), entre otros aspectos.
Lo más llamativo es que muchas de las ideas más creativas no surgieron de instituciones occidentales, sino de lugares como India, Pakistán, Ruanda, Kenia o los Emiratos Árabes Unidos (donde, según se prevé, la mitad de los servicios gubernamentales utilizarán IA con capacidad de actuación autónoma para mediados de 2028).
Es poco probable que estos experimentos acaparen titulares o tranquilicen a los agoreros de la IA que reclaman medidas drásticas para frenar el avance tecnológico. Es comprensible: los gobiernos de Estados Unidos y China deben colaborar para contener los riesgos a alto nivel y aprender de otras iniciativas regulatorias globales, como las relativas a las finanzas o al armamento nuclear.
Sin embargo, mientras tanto, los inversores y los ciudadanos deberían apoyar a aquellos reguladores que, sin hacer ruido, intentan combatir la IA utilizando sus propias herramientas. Al menos, esto demuestra que la innovación en IA no espatrimonio exclusivo de los emprendedores del sector privado en Shenzhen o Silicon Valley; algunos funcionarios públicos también intentan aprovecharla para mejorar la supervisión. Las grandes empresas tecnológicas deberían respaldar esta iniciativa sin reservas.
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