Viernes, 24 de julio de 2026 Vie 24/07/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Cultura

Cambio de guardia

Cambio de guardia
Artículo Completo 1,436 palabras
El próximo fin de semana volverás a hacer una de esas cosas que solo los ingleses podríais convertir en atracción turística . Irás a Buckingham Palace , buscarás un hueco entre un matrimonio de Ohio y trescientos japoneses y esperarás pacientemente a que empiece el cambio de guardia. Me gusta imaginarte allí porque resume bien vuestro carácter. Un español necesita que ocurra algo extraordinario para detenerse a mirar y, sin embargo, vosotros sois capaces de quedaros fascinados viendo a unas personas sustituir ordenadamente a otras. Luego decís que no entendéis el humor español . En España también tenemos un cambio de guardia , solo que no sale en las guías de viaje, no lleva uniforme y no sirve como icono para los imanes de las tiendas de recuerdos. Sucede todos los últimos fines de semana de agosto . Mientras tú miras cómo unos soldados cruzan el patio de Buckingham, aquí millones de niños cambiarán de coche, de casa y de llaves. Habrá maletas demasiado grandes para cuerpos demasiado pequeños, mochilas llenas de bañadores húmedos, bicicletas mal colocadas en un maletero y peluches viajando de un dormitorio a otro como si fueran diplomáticos en misión permanente. Y es curioso, Nickie, porque hasta que uno no pertenece a ese ejército, no lo percibe. Sin embargo, de repente un día formas parte del relevo y descubres que España entera está llena de pequeñas ceremonias invisibles. Ves un coche parado en doble fila y ya no ves un coche; ves un padre que llega cinco minutos antes porque no soporta la idea de parecer impaciente; ves una madre que sonríe más de la cuenta para que el niño no aprenda el idioma de las despedidas; o ves un chaval cruzando la calle con una mochila y una bolsa de deporte y entiendes de golpe que no vuelve de entrenar. Que está cambiando de vida durante quince días .«España se llena de padres y madres haciendo relevos sin que nadie les preste atención»A partir de ese momento ya no puedes dejar de verlo nunca más. Es como cuando aprendes una palabra nueva y, de repente, aparece en todos los libros. España se llena de padres y madres haciendo relevos sin que nadie les preste atención. Vosotros tenéis a los 'beefeaters' y nosotros a padres separados cargando bicicletas Decathlon . No me negarás que lo segundo tiene bastante más mérito. Y, además, el protocolo es más complicado. En Buckingham basta con que los soldados no se equivoquen de puerta. Aquí hay que recordar dónde quedó el cargador del móvil, en qué casa está el inhalador, quién se llevó las zapatillas de fútbol, si la cita con el dentista era martes o el miércoles y dónde demonios apareció ese dinosaurio de plástico sin el cual, inexplicablemente, nadie puede dormir.Uno cree que la separación consiste en aprender a vivir solo, pero después descubre que consiste en lo contrarioLos ingleses tenéis la ventaja de que la ceremonia termina cuando acaba la música, pero la nuestra empieza entonces. Recuerdo que una vez me preguntaste cómo era posible que los españoles fuéramos capaces de discutir tan ferozmente sobre política y, media hora después, seguir compartiendo una fuente de calamares. Te respondí que España funciona igual que una comida de Navidad: nadie recuerda quién empezó la bronca y todo el mundo termina preguntando quién quiere más turrón. Pues bien, con los hijos sucede algo parecido. Los adultos llevamos años empeñados en convencernos de que somos los protagonistas de nuestra propia historia y, sin embargo, basta observar uno de estos cambios de guardia para comprender que somos solo secundarios de vidas ajenas . El protagonista siempre es el niño y eso es algo que algunos entienden demasiado tarde. Uno cree que la separación consiste en aprender a vivir solo, pero después descubre que consiste exactamente en lo contrario, en aceptar que tu vida deja de organizarse alrededor de ti para hacerlo alrededor de alguien que mide un metro veinte y todavía necesita que le recuerden que se lave los dientes.«El cuarto día llamas a un amigo para tomar una cerveza porque la casa se te cae encima»Hace unos años escuché a Santiago Segura decir que él no cambiaría la mitad del tiempo con sus hijas ni por Claudia Schiffer . Me hizo gracia porque inmediatamente aparecieron los especialistas en interpretar algo que, en realidad, nadie había dicho: que si eso era una falta de respeto hacia los divorciados, que si una pareja no puede mantenerse únicamente por los hijos, que si el amor romántico y que si la realización personal. Somos un país extraordinario: uno afirma que quiere pasar más tiempo con sus hijas y enseguida aparece un comité internacional dispuesto a explicarle por qué está equivocado. Yo, en cambio, entendí perfectamente de qué hablaba. Porque quince días sin tus hijos son una cosa rarísima. Los dos primeros te haces el valiente. Te dices que vas a aprovechar para leer esas novelas que llevan meses mirándote desde la mesilla, para salir a correr y para comer ensaladas. El tercero descubres que has cenado un yogur caducado delante del ordenador. El cuarto llamas a un amigo para tomar una cerveza porque la casa se te cae encima y el quinto empiezas a echar de menos cosas tan absurdas como encontrar un calcetín diminuto debajo del sofá o escuchar desde otra habitación un «papá» que, cuando llega, siempre parece inoportuno pero que, cuando desaparece, empieza a resultar imprescindible. «Cuando uno crece, descubre que la vida adulta consiste, en buena medida, en fingir serenidad mientras improvisas sobre la marcha»Y, sin embargo, Nickie, lo verdaderamente extraño es que uno nunca termina de acostumbrarse. Te acostumbras a dormir solo, a cocinar para uno, a que el cuarto de los niños permanezca sospechosamente ordenado y a que nadie deje vasos encima de la mesa. Te acostumbras incluso a esa libertad que antes te parecía un lujo pero que, cuando llega, descubres que no era libertad sino condena .Quizá por eso me conmueve tanto vuestro cambio de guardia. Porque, visto desde aquí, parece una ceremonia en la que nadie pierde nada. Unos soldados se marchan, otros llegan y la Corona permanece inmóvil, como si el tiempo no tuviera permiso para entrar en Buckingham. En España, en cambio, el protagonista nunca es el uniforme, sino aquello que cambia de manos. Y eso modifica por completo la ceremonia. Los ingleses entregáis un fusil. Nosotros entregamos un niño. No es lo mismo.Recuerdo que cuando era pequeño pensaba que los adultos lo controlaban todo: sabían conducir, pagaban las facturas, elegían el destino de las vacaciones y parecían capaces de resolver cualquier problema con una llamada de teléfono. Luego uno crece y descubre que la vida adulta consiste, en buena medida, en fingir serenidad mientras improvisas sobre la marcha. El próximo fin de semana, cuando veas salir a la Guardia de Coldstream por St. James's Palace camino de Buckingham, acuérdate de nosotros. Mientras la banda interprete una marcha militar y los turistas aplaudan convencidos de haber presenciado una tradición centenaria, aquí habrá miles de coches esperando delante de un portal, de un bar o de una gasolinera. No habrá tambores, casacas rojas ni caballos. Solo padres y madres intentando que el cambio resulte tan natural que los niños apenas perciban el esfuerzo. Porque las verdaderas ceremonias nunca necesitan espectadores. Les basta con que alguien, al cerrar la puerta de un coche, respire hondo un par de segundos antes de arrancar.Siempre tuyo.

El próximo fin de semana volverás a hacer una de esas cosas que solo los ingleses podríais convertir en atracción turística. Irás a Buckingham Palace, buscarás un hueco entre un matrimonio de Ohio y trescientos japoneses y esperarás pacientemente a que empiece ... el cambio de guardia.

Me gusta imaginarte allí porque resume bien vuestro carácter. Un español necesita que ocurra algo extraordinario para detenerse a mirar y, sin embargo, vosotros sois capaces de quedaros fascinados viendo a unas personas sustituir ordenadamente a otras. Luego decís que no entendéis el humor español.

En España también tenemos un cambio de guardia, solo que no sale en las guías de viaje, no lleva uniforme y no sirve como icono para los imanes de las tiendas de recuerdos. Sucede todos los últimos fines de semana de agosto. Mientras tú miras cómo unos soldados cruzan el patio de Buckingham, aquí millones de niños cambiarán de coche, de casa y de llaves. Habrá maletas demasiado grandes para cuerpos demasiado pequeños, mochilas llenas de bañadores húmedos, bicicletas mal colocadas en un maletero y peluches viajando de un dormitorio a otro como si fueran diplomáticos en misión permanente.

Y es curioso, Nickie, porque hasta que uno no pertenece a ese ejército, no lo percibe. Sin embargo, de repente un día formas parte del relevo y descubres que España entera está llena de pequeñas ceremonias invisibles. Ves un coche parado en doble fila y ya no ves un coche; ves un padre que llega cinco minutos antes porque no soporta la idea de parecer impaciente; ves una madre que sonríe más de la cuenta para que el niño no aprenda el idioma de las despedidas; o ves un chaval cruzando la calle con una mochila y una bolsa de deporte y entiendes de golpe que no vuelve de entrenar. Que está cambiando de vida durante quince días.

«España se llena de padres y madres haciendo relevos sin que nadie les preste atención»

A partir de ese momento ya no puedes dejar de verlo nunca más. Es como cuando aprendes una palabra nueva y, de repente, aparece en todos los libros. España se llena de padres y madres haciendo relevos sin que nadie les preste atención. Vosotros tenéis a los 'beefeaters' y nosotros a padres separados cargando bicicletas Decathlon. No me negarás que lo segundo tiene bastante más mérito. Y, además, el protocolo es más complicado. En Buckingham basta con que los soldados no se equivoquen de puerta. Aquí hay que recordar dónde quedó el cargador del móvil, en qué casa está el inhalador, quién se llevó las zapatillas de fútbol, si la cita con el dentista era martes o el miércoles y dónde demonios apareció ese dinosaurio de plástico sin el cual, inexplicablemente, nadie puede dormir.

Uno cree que la separación consiste en aprender a vivir solo, pero después descubre que consiste en lo contrario

Los ingleses tenéis la ventaja de que la ceremonia termina cuando acaba la música, pero la nuestra empieza entonces. Recuerdo que una vez me preguntaste cómo era posible que los españoles fuéramos capaces de discutir tan ferozmente sobre política y, media hora después, seguir compartiendo una fuente de calamares. Te respondí que España funciona igual que una comida de Navidad: nadie recuerda quién empezó la bronca y todo el mundo termina preguntando quién quiere más turrón.

Pues bien, con los hijos sucede algo parecido. Los adultos llevamos años empeñados en convencernos de que somos los protagonistas de nuestra propia historia y, sin embargo, basta observar uno de estos cambios de guardia para comprender que somos solo secundarios de vidas ajenas. El protagonista siempre es el niño y eso es algo que algunos entienden demasiado tarde. Uno cree que la separación consiste en aprender a vivir solo, pero después descubre que consiste exactamente en lo contrario, en aceptar que tu vida deja de organizarse alrededor de ti para hacerlo alrededor de alguien que mide un metro veinte y todavía necesita que le recuerden que se lave los dientes.

«El cuarto día llamas a un amigo para tomar una cerveza porque la casa se te cae encima»

Hace unos años escuché a Santiago Segura decir que él no cambiaría la mitad del tiempo con sus hijas ni por Claudia Schiffer. Me hizo gracia porque inmediatamente aparecieron los especialistas en interpretar algo que, en realidad, nadie había dicho: que si eso era una falta de respeto hacia los divorciados, que si una pareja no puede mantenerse únicamente por los hijos, que si el amor romántico y que si la realización personal. Somos un país extraordinario: uno afirma que quiere pasar más tiempo con sus hijas y enseguida aparece un comité internacional dispuesto a explicarle por qué está equivocado.

Yo, en cambio, entendí perfectamente de qué hablaba. Porque quince días sin tus hijos son una cosa rarísima. Los dos primeros te haces el valiente. Te dices que vas a aprovechar para leer esas novelas que llevan meses mirándote desde la mesilla, para salir a correr y para comer ensaladas. El tercero descubres que has cenado un yogur caducado delante del ordenador. El cuarto llamas a un amigo para tomar una cerveza porque la casa se te cae encima y el quinto empiezas a echar de menos cosas tan absurdas como encontrar un calcetín diminuto debajo del sofá o escuchar desde otra habitación un «papá» que, cuando llega, siempre parece inoportuno pero que, cuando desaparece, empieza a resultar imprescindible.

«Cuando uno crece, descubre que la vida adulta consiste, en buena medida, en fingir serenidad mientras improvisas sobre la marcha»

Y, sin embargo, Nickie, lo verdaderamente extraño es que uno nunca termina de acostumbrarse. Te acostumbras a dormir solo, a cocinar para uno, a que el cuarto de los niños permanezca sospechosamente ordenado y a que nadie deje vasos encima de la mesa. Te acostumbras incluso a esa libertad que antes te parecía un lujo pero que, cuando llega, descubres que no era libertad sino condena.

Quizá por eso me conmueve tanto vuestro cambio de guardia. Porque, visto desde aquí, parece una ceremonia en la que nadie pierde nada. Unos soldados se marchan, otros llegan y la Corona permanece inmóvil, como si el tiempo no tuviera permiso para entrar en Buckingham. En España, en cambio, el protagonista nunca es el uniforme, sino aquello que cambia de manos. Y eso modifica por completo la ceremonia. Los ingleses entregáis un fusil. Nosotros entregamos un niño. No es lo mismo.

Recuerdo que cuando era pequeño pensaba que los adultos lo controlaban todo: sabían conducir, pagaban las facturas, elegían el destino de las vacaciones y parecían capaces de resolver cualquier problema con una llamada de teléfono. Luego uno crece y descubre que la vida adulta consiste, en buena medida, en fingir serenidad mientras improvisas sobre la marcha.

El próximo fin de semana, cuando veas salir a la Guardia de Coldstream por St. James's Palace camino de Buckingham, acuérdate de nosotros. Mientras la banda interprete una marcha militar y los turistas aplaudan convencidos de haber presenciado una tradición centenaria, aquí habrá miles de coches esperando delante de un portal, de un bar o de una gasolinera. No habrá tambores, casacas rojas ni caballos. Solo padres y madres intentando que el cambio resulte tan natural que los niños apenas perciban el esfuerzo. Porque las verdaderas ceremonias nunca necesitan espectadores. Les basta con que alguien, al cerrar la puerta de un coche, respire hondo un par de segundos antes de arrancar.

Formarse en aerotermia: la iniciativa que está cambiando la vida a varios jóvenes en exclusión social

«Es mentira que gastes menos si dejas el aire acondicionado puesto todo el día. Está comprobado que hay que ponerlo cuando estás en casa»

Aspira y friega en la misma pasada: el robot Xiaomi S12 ideal para olvidarte de la escoba

Vicente Vallés ve lo que dice Feijóo sobre lo que hará si gana las elecciones generales y es claro

Máximo Huerta, sobre su infancia: «Mi padre era violento en casa. Me acostumbré a las palabras graves»

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
Compartir