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Es difícil encontrar una metáfora más elocuente sobre la fugacidad de la vida que las estaciones ferroviarias. Entran y salen los trenes, parten y llegan los pasajeros, todo cambia cada día, nada es. Las estaciones de ferrocarril son lugares para la meditación sobre la flecha ... del tiempo.
Canfranc aparece una y otra vez en mis sueños. Oro, espías, el glamur de una época que no viví. Bellas mujeres que evocan a Mata Hari cruzan su enorme vestíbulo mientras cae la nieve en una noche de invierno. La ventanilla iluminada por una lámpara de un coche cama de Wagon Lits proyecta sombras recortadas en la penumbra. El vapor de la locomotora preludia la partida.
Retrocedo más de ocho décadas en el tiempo y veo a los oficiales de las SS en los andenes. Hay obreros que trasvasan el wolframio español a los trenes alemanes mientras soldados con una esvástica entregan oro en sacos a funcionarios del régimen de Franco. Viene de bancos suizos donde los nazis han depositado parte del oro robado a los judíos. El wolframio es esencial para los carros de combate de la Wehrmacht que ya han arrasado al Ejército francés y acaban de invadir Unión Soviética.
Reabierta en 1939 tras el final de la Guerra Civil, las SS ocupan la parte francesa de la estación de Canfranc, localidad de Huesca, construida por un acuerdo bilateral y de administración conjunta. Fue inaugurada en 1928 por Alfonso XIII. En 1915, se habían concluido las obras de un gran túnel en Somport que conectaba las vías ferroviarias de los dos países. A un lado, llegaban los trenes españoles con el ancho de vía ibérico. En el otro, se detenían los que arribaban por las vías de ancho europeo. Mercancías y viajeros tenían que cruzar para poder seguir su trayecto hacia el país vecino.
La estación internacional de Canfranc estuvo operativa hasta 1970 cuando un tren de mercancías francés descarriló provocando el derrumbe de un puente. El servicio que llegaba hasta Pau quedó interrumpido, pero se puso en marcha un transporte de autobuses que llevaba a los viajeros hasta la localidad aquitana de Bedous.
Un siglo después de su inauguración, Canfranc sigue impresionado por su ubicación y su monumentalidad. Situada a 1.200 metros de altitud, al pie de los Pirineos, sus techos y sus mansardas de pizarra contrastan con la silueta de las montañas. Sus dimensiones, con 241 metros de longitud y 75 puertas, parecen colosales en un pueblo de cientos de habitantes.
Diseñada con los cánones de la arquitectura palaciega francesa, tiene un gran vestíbulo central y cuatro cuerpos laterales. El interior es elegante y luminoso, realzado por una gran cúpula. En su interior, había taquillas, aduanas, tiendas, un bar y un hotel donde la leyenda dice que pernoctaban e intercambiaban información los espías.
Un siglo después de su inauguración, la estación sigue impresionado por su ubicación y su monumentalidad, situada a 1.200 metros de altitud, al pie de los Pirineos
El primer piso da acceso a los andenes, cubiertos por marquesinas metálicas. El segundo, abierto por vanos de medio punto, ofrece a la vista mansardas construidas con la pizarra del pueblo segoviano de Bernardos. Si uno cierra los ojos, podría pensar que se halla en algún palacio francés de los Borbones por su magnificencia.
La estación pasó hace unos años a ser administrada por el Gobierno de Aragón, que aprobó un plan en 2007 para su completa rehabilitación. La idea era recuperar el tráfico con Francia, algo que todavía no se ha podido llevar a cabo. Lo que sí hay es un hotel de cinco estrellas con gimnasio y spa. En la parte posterior del edificio, se habilitó un espacio para mostrar elementos de la actividad ferroviaria. Canfranc fue, es y será un sueño.
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