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Caracas vive una normalidad que desafía toda lógica

Caracas vive una normalidad que desafía toda lógica
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Los venezolanos se manifiestan con calma y especulan con los pormenores de una opreación que no ha alterado aún sus vidas

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Caracas amanece con colas para comprar productos básicos pero con poco tráfico y movimiento. EFE Caracas vive una normalidad que desafía toda lógica

Los venezolanos se manifiestan con calma y especulan con los pormenores de una opreación que no ha alterado aún sus vidas

Jorge Benezra

Caracas

Lunes, 5 de enero 2026, 00:52

... desafía toda lógica política. A diferencia de cualquier otra sociedad que ante una decapitación de su liderazgo se sumiría en el caos, aquí la vida parece reanudarse con una extraña resignación. Más negocios abren sus puertas, el transporte público comienza a circular con regularidad y las compras nerviosas que vaciaron los anaqueles en las primeras horas han disminuido. Es una calma antinatural, el silencio que precede a una tormenta o, quizás, la aceptación colectiva de que el verdadero poder nunca residió completamente en el hombre que ahora duerme en una celda federal en Brooklyn.

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En el corazón de la capital, el chavismo intenta proyectar una imagen de control que nadie cree. La manifestación de lealtad en el centro de la ciudad, donde se ubican las sedes de los poderes públicos, se siente más como un ritual funerario que como una demostración de fuerza. Cientos de simpatizantes corean consignas que suenan a plegarias: «Maduro, aguanta, el pueblo te respalda». Pero las voces carecen del fervor revolucionario que caracterizó otras épocas. La procesión de lealtad no logra ocultar la profunda incertidumbre que se ha apoderado de los revolucionarios. Entre la multitud, las conversaciones giraban en torno a la deslealtad. «Esto fue una traición del entorno, no hay otra explicación», susurraba Gregorio Torres, un simpatizante que no salía de su asombro. La captura de Maduro, tan rápida y precisa, había dejado al descubierto las grietas en la estructura de poder que hasta entonces parecía inexpugnable.

Resistencia histórica

En la tarima, rodeado de la cúpula del Partido Socialista Unido de Venezuela, está José Vielma Mora, veterano del fallido golpe de 1992 junto a Chávez. Su presencia es un símbolo de la resistencia histórica, un puente entre el pasado glorioso y un presente que se desmorona. «Estamos haciendo una evaluación de daños. Sabíamos que esto podía pasar», admite con una gravedad que contrasta con la euforia revolucionaria de otros tiempos. «Ellos utilizaron todos sus recursos y su mayor tecnología para poder lograr su objetivo, pero seguiremos luchando. Nicolás Maduro es un gran hombre y es un revolucionario de corazón, aguantará». Sus palabras resuenan en un vacío de poder que se hace cada vez más evidente.

La designación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada, amparada en el artículo 233 de la Constitución, es un intento de mantener la continuidad del gobierno. Pero la legitimidad del chavismo ya estaba comprometida desde las controvertidas elecciones del 28 de julio de 2024, que desconoció la victoria de Edmundo González. Ahora, sin Maduro, el andamiaje constitucional se tambalea sobre cimientos de arena. Las fisuras profundas en la estructura del poder son imposibles de ocultar. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, denuncia la agresión estadounidense, pero lo hace en solitario, sin el respaldo visible del alto mando militar. Es un detalle que no pasa desapercibido.

Silencio

En las calles que rodean las sedes del poder en Caracas reina el silencio, reflejo del vacío de poder

Al otro lado de la ciudad, en la Plaza Altamira, el bastión histórico de la oposición, la atmósfera es de cautela casi palpable. Aquí no hay celebraciones desbordadas, sino una mezcla compleja de alivio y desconfianza. Milagros, una mujer que ha vivido en carne propia los rigores del chavismo, resume el sentir general con una honestidad que despierta. «Me sentí liberada al ver que llegó el gran día, pero al ver a Maduro encadenado y esposado, se me arrugó el corazón. Creo que Maduro se robó las elecciones, pero creo que no es un narcotraficante». Su ambivalencia es la de un país que ha perdido la fe en las soluciones mesiánicas. El recuerdo del 11 de abril de 2002, cuando Chávez fue derrocado por unas horas, es una herida que no cicatriza. «Los venezolanos ya no creemos en nada ni en nadie», afirma, y su escepticismo es el eco de una sociedad traicionada demasiadas veces. La presencia de las fuerzas de seguridad, aún leales al chavismo, es un recordatorio constante de que el poder no ha cambiado de manos por completo.

La comunidad internacional observa con una mezcla de aprensión y cálculo político que reconfigura el mapa geopolítico regional. Donald Trump, desde Washington, ha sido explícito en sus intenciones. Su equipo, integrado por el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Defensa Pete Hegseth, asumirá el control del país. La declaración abre la puerta a un protectorado de facto estadounidense y amenaza con una «segunda oleada de ataques mucho mayor» si no existe cooperacción. La tensión se extiende por toda la región, con advertencias directas a Colombia sobre la producción de cocaína y un futuro incierto para los aliados de Maduro en el continente.

Evaluación de daños

Los partidarios del régimen aún realizan una evaluación del daño que ha ocasionado el golpe

Más allá de las cifras que hasta ahora no existen oficialmente, la incursión militar estadounidense dejó un rastro de muerte y destrucción. Según reportes de la cadena Telesur, más de 40 personas, entre civiles y militares, perdieron la vida en los bombardeos contra Fuerte Tiuna y otras instalaciones militares. Una cifra que añade una nueva capa de dolor a una sociedad fracturada por décadas de polarización. Luis Quiñones, un hombre que se declara no chavista pero que se encontraba a la salida de la iglesia de La Candelaria, donde se convocó la concentración en apoyo a Maduro expresa una esperanza que resuena en muchos: «Yo solo pido que esto de Maduro sirva para sacar a los cientos de presos políticos que están en las mazmorras de este país». La reciente excarcelación de algunas decenas de presos políticos en la noche de fin de año, es un gesto que, para muchos, se queda corto ante la magnitud de la represión acumulada durante años.La captura de Maduro no es el epílogo de la crisis venezolana, sino el prólogo de un capítulo mucho más complejo y peligroso. El país se enfrenta a un abismo definido por la incertidumbre política. La pregunta ya no es si el chavismo puede sobrevivir, sino qué surgirá de sus cenizas y a qué costo. Con un liderazgo decapitado, una oposición fragmentada y la amenaza latente de la violencia interna, el vacío de poder es el mayor de los peligros. Los próximos días determinarán si Venezuela transitará hacia una democracia restaurada o si se sumergirá en un caos aún más profundo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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