Hace muchos años se vio en Durán un cuadro maravilloso de Carmen Laffón. Se iba a subastar de allí a pocos días. Era una pintura de sus primeros años. Una obra importante, de considerable tamaño, en la que se apreciaban el trabajo concienzudo ... y la inspiración. Un jardín, una mesa con frutas, una jarra con flores, árboles, tal vez limoneros, y al fondo una casa de paredes blancas… Tenía algo de Vuillard y algo de Bonnard, y mucho ya de Carmen Laffón: el recogimiento, la seriedad… Y la obediencia: pintado como se dijo que pintaba el paciente Fra Angelico, de rodillas.
Corrí a participarle mi alegría, convencido de la suya por ese reencuentro fortuito. No había entonces móviles para enviar fotos, y fui describiéndole el tema. «Lo recuerdo perfectamente», admitió muy seria, y añadió: «Me das una noticia triste. Ese cuadro lo tenía un amigo. Los cuadros sólo se venden por una de estas tres razones, y las tres son tristes: porque su dueño ha muerto, porque necesita el dinero o porque ha dejado de gustarle». Y por supuesto, ni me dijo su nombre ni preguntó el precio de salida. Qué distinción la suya.
Carmen Laffón era una mujer menuda, menos tímida de lo que daba a entender su formalidad, y con ojos vivarachos, oscuros y risueños. De una finura espiritual sobresaliente.
En una ocasión fue a ver una exposición de Ramón Gaya. Le dejó una nota escrita. Le contaba en pocas palabras lo mucho que le habían emocionado sus pinturas, y le daba en ella tratamiento de «maestro». Con qué respeto, qué de verdad estaba dicho. Y emocionaba también.
Estuvimos en la que fue su casa de Sanlúcar. Aun no habiendo conocido a su dueña, bastaría para saber cómo fue en vida, refinada y discreta
El verano pasado estuvimos en la que fue su casa de Sanlúcar. De ensueño, como sus cuadros. Aun no habiendo conocido a su dueña, bastaría para saber cómo fue en vida, refinada y discreta. Ciento ochenta grados libres de estorbos: a un lado Bajo de Guía, enfrente el Coto de Doñana, al otro el océano, y siempre la desembocadura del Guadalquivir delante, lejos y en la mano, que habría dicho Romero Murube. Desde aquel lugar se ven pasar los barcos todo el día y toda la noche. Los que van a Sevilla y los que vuelven de allí. Pensé: «Un ángulo me basta, entre mis lares, / un libro y un amigo, un sueño breve, / que no perturben deudas ni pesares». Desde ese ángulo pintó ella cientos de cuadros de ese mar que es río, y de ese río que es mar, entre laguna salobre, como Venecia, y estuario, como Lisboa. También ha pintado centenares de cuadros de su huerto y de su jardín, a un lado de su casa. Les pasa a ese huerto y a ese jardín lo que al Guadalquivir en Sanlúcar: que el jardín tiene mucho de huerto y el huerto mucho de jardín, mezclados y ordenados el bancal de berenjenas y tomates con los dondiegos, los jazmines y los nardos, los liños de limoneros con los magnolios, las fresas con la viña.
Me habría gustado haberle preguntado por qué en sus paisajes no puso nunca los barcos, teniéndolos tan a la mano
El sobrino de la pintora nos mostró solícito y encantador muchos de los cuadros que ahora se exponen en el Museo Thyssen. Aquí o allá, qué misteriosos resultan. Cuánto amor en lo que hizo. Nada tan misterioso como el amor que llegamos a sentir por las personas, las cosas, los paisajes. 'El arte del paisaje' tituló su discurso de entrada en la Academia de San Fernando, en el 2000. Relata un viaje en barco por el Guadalquivir, desde Sanlúcar a Sevilla, y habla en él con sencillez de su vida, desde niña. Arranca con una frase de Kenneth Clark: «Los hechos se convierten en arte por medio del amor, que los unifica y los alza hasta un plano de realidad más elevado, y, en el paisaje, este amor que lo abraza todo está expresado por la luz».
Me habría gustado haberle preguntado por qué en sus paisajes no puso nunca los barcos, teniéndolos tan a la mano. Desde lejos no hay barco feo. No hay ninguno que no te susurre su melancólica canción: «Ay mi dulce amor, / este mar que ves tan bello, / es un traidor». Carmen no los pintó, pero habló de ellos con amor en su discurso. «Recuerdo a Friedrich cuando [desde mi casa] vislumbro al anochecer barcos, oscuros y silenciosos, señalando rutas y adentrándose en el océano».
Adentrada ya en las sombras, nos llegan de ella, ahora, de nuevo, providenciales fulgores, como los de aquel faro de Chipiona que ella también rememoraba, «iluminando a intervalos el jardín». «Grandiosidad de la naturaleza sencilla», resumió.
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