Uno de los aspectos más llamativos de LineShine es que, a diferencia de la mayoría de las supercomputadoras de última generación, no emplea unidades de procesamiento gráfico (GPU). Su funcionamiento se sustenta exclusivamente en unidades centrales de procesamiento (CPU), componentes ampliamente utilizados en teléfonos inteligentes, computadoras personales y laptops, pero poco habituales en sistemas de computación científica de gran escala.
Otro elemento destacable es que toda su infraestructura está compuesta por hardware y software desarrollados en China. La arquitectura de LineShine se basa en la plataforma LingKun y está integrada por cerca de 45,000 procesadores LX2. Cada uno cuenta con 304 núcleos de procesamiento y opera a una frecuencia de 1.55 GHz.
Los nodos se conectan mediante una red de alta velocidad denominada LingQi, diseñada para reducir al mínimo la latencia y agilizar el intercambio de información. En conjunto, el sistema funciona con Kylin OS, un sistema operativo basado en Linux y utilizado con frecuencia en infraestructuras científicas y gubernamentales del país asiático.
Agréganos a tus Fuentes Preferidas en Google para seguir nuestro contenidoArrowUn mensaje claro de China para EE UU
El regreso de China a la cima de la clasificación TOP500 ha sido interpretado como un logro que va más allá de poseer la supercomputadora más veloz del planeta. Como sostiene Jimmy Goodrich, investigador principal del Instituto para el Conflicto y la Cooperación Global de la Universidad de California, con este avance “China espera convencer al mundo de que los controles a las exportaciones son inútiles”.
Durante la primera administración de Donald Trump y a lo largo del mandato de Joe Biden, Estados Unidos impuso estrictos controles de exportación sobre componentes, software y plataformas vinculados con la computación avanzada, con el objetivo de frenar el progreso tecnológico chino. En respuesta, Beijing adoptó medidas similares.
Estas restricciones se han intensificado durante la actual gestión de Trump, especialmente por aranceles y limitaciones a la importación de GPU, chips avanzados y otros componentes relacionados con la inteligencia artificial (IA), tecnología que hoy constituye la base de una parte significativa de las supercomputadoras más potentes del mundo.
Jack Dongarra, miembro del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad Texas A&M y uno de los coautores del TOP500, explica que estas restricciones han obligado a China a invertir en el desarrollo de nuevas arquitecturas y tecnologías para construir supercomputadoras capaces de competir con los sistemas de mayor rendimiento de Estados Unidos, pese a no contar con acceso a determinados recursos de última generación.