Sábado, 17 de enero de 2026 Sáb 17/01/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Tecnología

China domina el mundo de la energía renovable, pero tiene un talón de Aquiles: depende de Occidente más de lo que admite

China domina el mundo de la energía renovable, pero tiene un talón de Aquiles: depende de Occidente más de lo que admite
Artículo Completo 1,151 palabras
China ha logrado convertirse en el gigante que hoy conocemos: controla el procesamiento de los minerales críticos, lidera la fabricación de baterías y construye el 74% de la energía renovable del planeta. Sin embargo, tras esta imponente fachada de autosuficiencia, el gigante asiático esconde un talón de Aquiles que su propaganda intenta silenciar: una dependencia crítica de la tecnología, la maquinaria y la propiedad intelectual de ese Occidente al que intenta desplazar. La paradoja del dominio chino. Durante décadas, Occidente operó bajo un espejismo. Como explica la analista Gillian Tett en el Financial Times, las élites occidentales asumieron que fabricar cosas era un "trabajo sucio" de bajo margen que podía externalizarse. Mientras el mundo se obsesionaba con el software y el código, China construía silenciosamente la infraestructura física del siglo XXI. Hoy, Pekín posee lo que el inversor Craig Tindale denomina "soberanía de procesamiento": controla el 98% del galio, el 90% de las tierras raras y el 95% del polisilicio.  Pero este dominio es incompleto y vulnerable. El reciente fracaso de la empresa china Defu Technology en su intento de adquirir la luxemburguesa Circuit Foil por 204 millones de dólares —bloqueado por el gobierno de Luxemburgo— ha puesto de manifiesto que China no es autosuficiente en componentes de alta precisión. A pesar de que su balanza comercial alcanza un superávit récord, Pekín se vio obligado a importar 1.300 millones de dólares en láminas de cobre avanzadas solo el año pasado, un insumo discreto pero vital para que sus vehículos eléctricos de nueva generación puedan siquiera encenderse. En Xataka Europa se la jugó a un futuro donde "fabricar cosas" dejaría de ser relevante: ahora China le está mostrando su error El "cerebro" sigue siendo extranjero. La dependencia es más profunda de lo que parece. Un informe de la Universidad de Tsinghua revela datos demoledores: la industria eólica china aún importa el 60% de los rodamientos de sus rotores, el 70% de los módulos de transistores para la red eléctrica y, lo más sorprendente, el 100% de los módulos lógicos que controlan las turbinas en tiempo real. Consciente de este "cuello de botella", el presidente Xi Jinping ha presionado personalmente a sus fabricantes para "dominar las tecnologías clave". El esfuerzo está dando frutos —los medios estatales informan que la producción nacional de cojinetes subió al 60% en tiempo récord—, pero la brecha en la electrónica de alta gama sigue siendo el gran freno de mano. Incluso en sectores de vanguardia como el hidrógeno verde, donde Pekín tiene planes masivos, un estudio publicado en International Journal of Hydrogen Energy subraya que la industria china lucha por abandonar su dependencia de las membranas de intercambio de protones fabricadas en el extranjero. Pekín tiene las fábricas, pero Occidente sigue teniendo el "cerebro" y la química fina que hace que las máquinas funcionen. Del "Dilema de Malaca" al nacionalismo de recursos. Para entender el movimiento de piezas de Xi Jinping, hay que retroceder a 2003. Entonces, el líder Hu Jintao acuñó el "Dilema de Malaca": el miedo a que una potencia hostil bloquease el estrecho por donde pasa casi todo el petróleo que consume China. La apuesta por la energía limpia no fue solo una cuestión climática, sino una estrategia de seguridad nacional para romper esa cadena. Sin embargo, al intentar escapar de la dependencia del petróleo, China ha caído en la trampa de la geología. Aunque es el mayor refinador del mundo, es pobre en yacimientos propios de litio, cobalto o níquel. Como ha advertido un extenso reportaje del Financial Times, Indonesia o la República Democrática del Congo están endureciendo sus normas de acceso, obligando a Pekín a aumentar sus reservas estratégicas ante el temor de que el nacionalismo de recursos de terceros países interrumpa su cadena de suministro. El despertar de un Occidente "desarmado". En Washington y Bruselas han pasado de la complacencia a la contraofensiva. El secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, y sus homólogos del G7 se han reunido recientemente para crear un "precio suelo" para las tierras raras, buscando asfixiar la ventaja competitiva de los subsidios chinos. En Europa, el comisario de Industria, Stéphane Séjourné, ha lanzado un mensaje que ha hecho temblar a las juntas directivas: a través del programa ReSourceEU, la UE podría obligar legalmente a las empresas a diversificar sus compras para evitar que Pekín utilice los imanes permanentes como un arma geopolítica. Por su parte, la administración de Donald Trump apuesta por recuperar el control de la materia física mediante el crudo venezolano y guyanés. Sin embargo, como advierte Gillian Tett, esto podría ser una victoria pírrica: mientras EEUU pelea por los combustibles fósiles del siglo XX, China sigue desplegando redes de ultra-alta tensión para alimentar su carrera del futuro a la Inteligencia Artificial. El choque de los relojes. Reconstruir esta soberanía no es solo cuestión de capital; es cuestión de manos. El experto Craig Tindale postula que Occidente sufre un "cuello de botella humano": tras décadas de desindustrialización, los ingenieros que sabían operar plantas químicas y fundiciones se han jubilado. China, bajo el prisma de la planificación a largo plazo heredada del pensamiento confuciano, ha sincronizado su "reloj industrial" con el político, planificando a décadas lo que Occidente mide en trimestres financieros. La transición energética ha dejado de ser una misión humanitaria para convertirse en un campo de batalla total. China domina la escala y la ejecución, pero Occidente aún guarda las llaves de la innovación tecnológica y el control de los mercados de capitales. El mayor riesgo es que este choque de estrategias termine por frenar la descarbonización del planeta. Al final del día, la interdependencia entre China y Occidente es su mayor debilidad común, pero también la única garantía de que ambos bandos están obligados, tarde o temprano, a entenderse. Imagen | Freepik Xataka | El mercado del gas se vuelve impredecible: tenemos los tanques llenos y los barcos en camino, pero el precio sigue siendo un enigma - La noticia China domina el mundo de la energía renovable, pero tiene un talón de Aquiles: depende de Occidente más de lo que admite fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .
China domina el mundo de la energía renovable, pero tiene un talón de Aquiles: depende de Occidente más de lo que admite
  • Pekín controla el procesamiento, la escala y la ejecución, pero no todas las piezas críticas que hacen funcionar el sistema

  • EEUU y la UE despiertan tarde y con un problema adicional: ya no tienen suficientes manos industriales

Sin comentariosFacebookTwitterFlipboardE-mail 2026-01-16T20:31:27Z

Alba Otero

Editora - Energía

Alba Otero

Editora - Energía Linkedintwitter676 publicaciones de Alba Otero

China ha logrado convertirse en el gigante que hoy conocemos: controla el procesamiento de los minerales críticos, lidera la fabricación de baterías y construye el 74% de la energía renovable del planeta. Sin embargo, tras esta imponente fachada de autosuficiencia, el gigante asiático esconde un talón de Aquiles que su propaganda intenta silenciar: una dependencia crítica de la tecnología, la maquinaria y la propiedad intelectual de ese Occidente al que intenta desplazar.

La paradoja del dominio chino. Durante décadas, Occidente operó bajo un espejismo. Como explica la analista Gillian Tett en el Financial Times, las élites occidentales asumieron que fabricar cosas era un "trabajo sucio" de bajo margen que podía externalizarse. Mientras el mundo se obsesionaba con el software y el código, China construía silenciosamente la infraestructura física del siglo XXI. Hoy, Pekín posee lo que el inversor Craig Tindale denomina "soberanía de procesamiento": controla el 98% del galio, el 90% de las tierras raras y el 95% del polisilicio

Pero este dominio es incompleto y vulnerable. El reciente fracaso de la empresa china Defu Technology en su intento de adquirir la luxemburguesa Circuit Foil por 204 millones de dólares —bloqueado por el gobierno de Luxemburgo— ha puesto de manifiesto que China no es autosuficiente en componentes de alta precisión. A pesar de que su balanza comercial alcanza un superávit récord, Pekín se vio obligado a importar 1.300 millones de dólares en láminas de cobre avanzadas solo el año pasado, un insumo discreto pero vital para que sus vehículos eléctricos de nueva generación puedan siquiera encenderse.

En XatakaEuropa se la jugó a un futuro donde "fabricar cosas" dejaría de ser relevante: ahora China le está mostrando su error

El "cerebro" sigue siendo extranjero. La dependencia es más profunda de lo que parece. Un informe de la Universidad de Tsinghua revela datos demoledores: la industria eólica china aún importa el 60% de los rodamientos de sus rotores, el 70% de los módulos de transistores para la red eléctrica y, lo más sorprendente, el 100% de los módulos lógicos que controlan las turbinas en tiempo real. Consciente de este "cuello de botella", el presidente Xi Jinping ha presionado personalmente a sus fabricantes para "dominar las tecnologías clave". El esfuerzo está dando frutos —los medios estatales informan que la producción nacional de cojinetes subió al 60% en tiempo récord—, pero la brecha en la electrónica de alta gama sigue siendo el gran freno de mano.

Incluso en sectores de vanguardia como el hidrógeno verde, donde Pekín tiene planes masivos, un estudio publicado en International Journal of Hydrogen Energy subraya que la industria china lucha por abandonar su dependencia de las membranas de intercambio de protones fabricadas en el extranjero. Pekín tiene las fábricas, pero Occidente sigue teniendo el "cerebro" y la química fina que hace que las máquinas funcionen.

Del "Dilema de Malaca" al nacionalismo de recursos. Para entender el movimiento de piezas de Xi Jinping, hay que retroceder a 2003. Entonces, el líder Hu Jintao acuñó el "Dilema de Malaca": el miedo a que una potencia hostil bloquease el estrecho por donde pasa casi todo el petróleo que consume China. La apuesta por la energía limpia no fue solo una cuestión climática, sino una estrategia de seguridad nacional para romper esa cadena.

Sin embargo, al intentar escapar de la dependencia del petróleo, China ha caído en la trampa de la geología. Aunque es el mayor refinador del mundo, es pobre en yacimientos propios de litio, cobalto o níquel. Como ha advertido un extenso reportaje del Financial Times, Indonesia o la República Democrática del Congo están endureciendo sus normas de acceso, obligando a Pekín a aumentar sus reservas estratégicas ante el temor de que el nacionalismo de recursos de terceros países interrumpa su cadena de suministro.

El despertar de un Occidente "desarmado". En Washington y Bruselas han pasado de la complacencia a la contraofensiva. El secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, y sus homólogos del G7 se han reunido recientemente para crear un "precio suelo" para las tierras raras, buscando asfixiar la ventaja competitiva de los subsidios chinos. En Europa, el comisario de Industria, Stéphane Séjourné, ha lanzado un mensaje que ha hecho temblar a las juntas directivas: a través del programa ReSourceEU, la UE podría obligar legalmente a las empresas a diversificar sus compras para evitar que Pekín utilice los imanes permanentes como un arma geopolítica.

Por su parte, la administración de Donald Trump apuesta por recuperar el control de la materia física mediante el crudo venezolano y guyanés. Sin embargo, como advierte Gillian Tett, esto podría ser una victoria pírrica: mientras EEUU pelea por los combustibles fósiles del siglo XX, China sigue desplegando redes de ultra-alta tensión para alimentar su carrera del futuro a la Inteligencia Artificial.

El choque de los relojes. Reconstruir esta soberanía no es solo cuestión de capital; es cuestión de manos. El experto Craig Tindale postula que Occidente sufre un "cuello de botella humano": tras décadas de desindustrialización, los ingenieros que sabían operar plantas químicas y fundiciones se han jubilado. China, bajo el prisma de la planificación a largo plazo heredada del pensamiento confuciano, ha sincronizado su "reloj industrial" con el político, planificando a décadas lo que Occidente mide en trimestres financieros.

La transición energética ha dejado de ser una misión humanitaria para convertirse en un campo de batalla total. China domina la escala y la ejecución, pero Occidente aún guarda las llaves de la innovación tecnológica y el control de los mercados de capitales. El mayor riesgo es que este choque de estrategias termine por frenar la descarbonización del planeta. Al final del día, la interdependencia entre China y Occidente es su mayor debilidad común, pero también la única garantía de que ambos bandos están obligados, tarde o temprano, a entenderse.

Imagen | Freepik

Xataka | El mercado del gas se vuelve impredecible: tenemos los tanques llenos y los barcos en camino, pero el precio sigue siendo un enigma

Fuente original: Leer en Xataka
Compartir