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China ha convertido el Ártico en su particular "Canal de Panamá". Y eso explica la obsesión de EEUU con Groenlandia

China ha convertido el Ártico en su particular "Canal de Panamá". Y eso explica la obsesión de EEUU con Groenlandia
Artículo Completo 1,031 palabras
Parece que fue hace siglos, pero hasta hace no demasiado el Ártico fue visto como un territorio inhóspito, más asociado a mapas escolares y expediciones científicas que a las grandes disputas de poder. Sin embargo, el deshielo acelerado y los cambios en las rutas de navegación han convertido esa región aparentemente marginal en uno de los espacios más sensibles del tablero geopolítico, uno donde decisiones tomadas hoy pueden definir el equilibrio económico y militar de las próximas décadas. Dejar de ser periferia. Sí, durante décadas, el Ártico fue un espacio remoto, helado y secundario en la geopolítica global, una frontera natural que separaba bloques más que conectarlos, pero el deshielo acelerado ha transformado ese vacío blanco en un corredor estratégico donde comercio, recursos y disuasión militar se superponen.  Lo que antes era un límite físico hoy es una autopista emergente que acorta miles de kilómetros entre Asia, Europa y América del Norte, y ese simple cambio climático está reordenando prioridades estratégicas de las grandes potencias a una velocidad que ha pillado a muchos gobiernos a contrapié. En Xataka El problema de Groenlandia no es que no tenga minerales: es que sacarlos de allí es una pesadilla de ingeniería China y la Ruta Polar. China ha identificado antes que nadie el potencial de estas nuevas rutas y las ha integrado en su visión de largo plazo como una “Ruta de la Seda Polar”, concebida como un equivalente funcional al Canal de Panamá o al de Suez, pero bajo condiciones mucho más moldeables porque las reglas aún no están fijadas.  Buques de investigación, cargueros experimentales y rompehielos chinos ya están navegando por el Alto Norte, recopilando datos oceanográficos, cartografiando fondos marinos y probando trayectos que reducen a la mitad los tiempos de viaje entre Asia y Europa, al mismo tiempo que establecen una presencia que, como ocurrió en el mar de China Meridional, empieza siendo científica y comercial para acabar teniendo implicaciones militares inevitables. Submarinos, datos y guerra bajo el hielo. El elemento más inquietante para Washington y sus aliados no es solo el comercio, sino el subsuelo: el océano Ártico ofrece condiciones ideales para la guerra submarina, con capas de agua, salinidad variable y ruido natural que dificultan la detección por sonar.  Las inmersiones de submarinos de investigación chinos bajo el hielo, junto con el despliegue de buques “civiles” que en la práctica funcionan como plataformas militares encubiertas, apuntan a un objetivo claro: romper la histórica superioridad submarina estadounidense y preparar el terreno para que, en el futuro, submarinos nucleares chinos puedan operar cerca del continente norteamericano con mayor libertad y menor riesgo. La alianza sino-rusa. La expansión china en el Ártico se ve amplificada por su entendimiento con Rusia, que aporta experiencia, tecnología y acceso a rutas ya explotadas a lo largo de su costa norte, mientras recibe a cambio apoyo industrial y tecnológico clave para sostener su guerra en Ucrania.  Este eje convierte el Ártico en un espacio donde dos potencias nucleares coordinan a su manera patrullas aéreas, navales y potencialmente submarinas, abriendo la puerta a un escenario que durante la Guerra Fría era impensable: fuerzas asiáticas con capacidad de proyectarse rápidamente hacia el Atlántico sin pasar por cuellos de botella fácilmente vigilables. Groenlandia como bisagra. En este contexto, Groenlandia deja de ser una isla helada y escasamente poblada para convertirse en la bisagra que controla el flanco oriental del Paso del Noroeste, la puerta de entrada desde Europa a esa futura autopista ártica.  Quien tenga influencia decisiva sobre Groenlandia puede vigilar, condicionar o incluso bloquear el tránsito marítimo y submarino en una de las rutas más sensibles del siglo XXI, además de albergar radares, aeropuertos y sensores clave para la defensa del continente americano. Las urgencias. Aquí surge el renovado interés de Trump por hacerse con Groenlandia, que no responde a una excentricidad ni a un impulso imperial decimonónico, sino al reconocimiento de una vulnerabilidad estratégica emergente.  Washington observa cómo Pekín avanza en el Ártico del mismo modo que lo hizo en otros escenarios: llegando pronto, sentándose a la mesa cuando las normas aún no existen y asegurándose posiciones que luego resultan casi imposibles de revertir, lo que explica la presión sobre Dinamarca, la ampliación de capacidades rompehielos y la integración más estrecha del Alto Norte en la planificación de la OTAN. En Xataka Smart Home Querían un ascensor en un bloque viejo y no había espacio: la solución de la justicia ha sido ocupar parte de una vivienda Sin esclusas. En resumen, y a diferencia del Canal de Panamá, el Ártico no es una infraestructura cerrada ni regulada por tratados consolidados, sino un espacio en construcción donde la presencia temprana define el poder futuro. Para Estados Unidos, permitir que China consolide una posición dominante en estas rutas sería aceptar que su ventaja geográfica y naval puede erosionarse sin un solo disparo, simplemente dejando que el hielo se derrita y que otros escriban las reglas.  Groenlandia aparece así como la última pieza de un rompecabezas mayor: uno donde no se trata de comprar o invadir una isla, sino de decidir quién controla el tráfico, la seguridad y el equilibrio de poder en el próximo gran eje del comercio y la guerra global.  Imagen | RawPixel En Xataka | Un documento aclara “lo de Groenlandia” desde 1951. La Alemania de Hitler hizo posible un acuerdo para que EEUU haga lo quiera En Xataka | El oro del siglo XXI no está en Venezuela: lo saben China y Rusia y por eso EEUU quiere Groenlandia sea como sea - La noticia China ha convertido el Ártico en su particular "Canal de Panamá". Y eso explica la obsesión de EEUU con Groenlandia fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
China ha convertido el Ártico en su particular "Canal de Panamá". Y eso explica la obsesión de EEUU con Groenlandia

Groenlandia aparece así como la última pieza de un rompecabezas mayor

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Miguel Jorge

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Parece que fue hace siglos, pero hasta hace no demasiado el Ártico fue visto como un territorio inhóspito, más asociado a mapas escolares y expediciones científicas que a las grandes disputas de poder. Sin embargo, el deshielo acelerado y los cambios en las rutas de navegación han convertido esa región aparentemente marginal en uno de los espacios más sensibles del tablero geopolítico, uno donde decisiones tomadas hoy pueden definir el equilibrio económico y militar de las próximas décadas.

Dejar de ser periferia. Sí, durante décadas, el Ártico fue un espacio remoto, helado y secundario en la geopolítica global, una frontera natural que separaba bloques más que conectarlos, pero el deshielo acelerado ha transformado ese vacío blanco en un corredor estratégico donde comercio, recursos y disuasión militar se superponen. 

Lo que antes era un límite físico hoy es una autopista emergente que acorta miles de kilómetros entre Asia, Europa y América del Norte, y ese simple cambio climático está reordenando prioridades estratégicas de las grandes potencias a una velocidad que ha pillado a muchos gobiernos a contrapié.

En XatakaEl problema de Groenlandia no es que no tenga minerales: es que sacarlos de allí es una pesadilla de ingeniería

China y la Ruta Polar. China ha identificado antes que nadie el potencial de estas nuevas rutas y las ha integrado en su visión de largo plazo como una “Ruta de la Seda Polar”, concebida como un equivalente funcional al Canal de Panamá o al de Suez, pero bajo condiciones mucho más moldeables porque las reglas aún no están fijadas. 

Buques de investigación, cargueros experimentales y rompehielos chinos ya están navegando por el Alto Norte, recopilando datos oceanográficos, cartografiando fondos marinos y probando trayectos que reducen a la mitad los tiempos de viaje entre Asia y Europa, al mismo tiempo que establecen una presencia que, como ocurrió en el mar de China Meridional, empieza siendo científica y comercial para acabar teniendo implicaciones militares inevitables.

Submarinos, datos y guerra bajo el hielo. El elemento más inquietante para Washington y sus aliados no es solo el comercio, sino el subsuelo: el océano Ártico ofrece condiciones ideales para la guerra submarina, con capas de agua, salinidad variable y ruido natural que dificultan la detección por sonar. 

Las inmersiones de submarinos de investigación chinos bajo el hielo, junto con el despliegue de buques “civiles” que en la práctica funcionan como plataformas militares encubiertas, apuntan a un objetivo claro: romper la histórica superioridad submarina estadounidense y preparar el terreno para que, en el futuro, submarinos nucleares chinos puedan operar cerca del continente norteamericano con mayor libertad y menor riesgo.

La alianza sino-rusa. La expansión china en el Ártico se ve amplificada por su entendimiento con Rusia, que aporta experiencia, tecnología y acceso a rutas ya explotadas a lo largo de su costa norte, mientras recibe a cambio apoyo industrial y tecnológico clave para sostener su guerra en Ucrania. 

Este eje convierte el Ártico en un espacio donde dos potencias nucleares coordinan a su manera patrullas aéreas, navales y potencialmente submarinas, abriendo la puerta a un escenario que durante la Guerra Fría era impensable: fuerzas asiáticas con capacidad de proyectarse rápidamente hacia el Atlántico sin pasar por cuellos de botella fácilmente vigilables.

Groenlandia como bisagra. En este contexto, Groenlandia deja de ser una isla helada y escasamente poblada para convertirse en la bisagra que controla el flanco oriental del Paso del Noroeste, la puerta de entrada desde Europa a esa futura autopista ártica. 

Quien tenga influencia decisiva sobre Groenlandia puede vigilar, condicionar o incluso bloquear el tránsito marítimo y submarino en una de las rutas más sensibles del siglo XXI, además de albergar radares, aeropuertos y sensores clave para la defensa del continente americano.

Las urgencias. Aquí surge el renovado interés de Trump por hacerse con Groenlandia, que no responde a una excentricidad ni a un impulso imperial decimonónico, sino al reconocimiento de una vulnerabilidad estratégica emergente. 

Washington observa cómo Pekín avanza en el Ártico del mismo modo que lo hizo en otros escenarios: llegando pronto, sentándose a la mesa cuando las normas aún no existen y asegurándose posiciones que luego resultan casi imposibles de revertir, lo que explica la presión sobre Dinamarca, la ampliación de capacidades rompehielos y la integración más estrecha del Alto Norte en la planificación de la OTAN.

En Xataka Smart HomeQuerían un ascensor en un bloque viejo y no había espacio: la solución de la justicia ha sido ocupar parte de una vivienda

Sin esclusas. En resumen, y a diferencia del Canal de Panamá, el Ártico no es una infraestructura cerrada ni regulada por tratados consolidados, sino un espacio en construcción donde la presencia temprana define el poder futuro. Para Estados Unidos, permitir que China consolide una posición dominante en estas rutas sería aceptar que su ventaja geográfica y naval puede erosionarse sin un solo disparo, simplemente dejando que el hielo se derrita y que otros escriban las reglas. 

Groenlandia aparece así como la última pieza de un rompecabezas mayor: uno donde no se trata de comprar o invadir una isla, sino de decidir quién controla el tráfico, la seguridad y el equilibrio de poder en el próximo gran eje del comercio y la guerra global. 

Imagen | RawPixel

En Xataka | Un documento aclara “lo de Groenlandia” desde 1951. La Alemania de Hitler hizo posible un acuerdo para que EEUU haga lo quiera

En Xataka | El oro del siglo XXI no está en Venezuela: lo saben China y Rusia y por eso EEUU quiere Groenlandia sea como sea

Fuente original: Leer en Xataka
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